PSOE: el órdago y el quiero

29 Sep 2016
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Enrique del Olmo
Sociólogo y militante socialista

Cuando se echa un órdago en el mus, o se tienen las cartas que te garantizan la partida o te expones a que el “quiero” del contrincante desnude a todos con sus cartas. Esto acaba de suceder en el PSOE y todo el mundo tiembla para el momento de descubrir la jugada

El anuncio de Pedro Sánchez de intentar formar gobierno, convocar Congreso, y realizar primarias ha removido las estancadas aguas del PSOE. Este golpe encima de la mesa del secretario general tiene la virtud de obligar a todo el mundo a retratarse incluso a sí mismo. Las 17 dimisiones de los opositores ha desnudado la crisis en toda su crudeza. Este es un PSOE en decadencia política y electoral evidente, mucho más allá de Pedro Sánchez.

En la crisis social y de legitimidad del sistema que se abrió entre 2011 y 2015, el PSOE primero con Rubalcaba y luego con Sánchez se movió entre acompañar el movimiento —y lo hizo sobre todo en la lucha de las mareas— y mantener con reformas el sistema. Apuntaló la sucesión a la Corona, con un papel protagónico de Felipe y de Rubalcaba y optó por el sistema en lugar de apostar por el cambio. En estos dos años de Pedro Sánchez, el PSOE ha vivido haciendo equilibrios entre el cambio y la continuidad del sistema bipartidista (por eso no apostó decidido por la reforma electoral). Los poderes internos siempre han jugado por un establishment reformado mientras la base electoral contemplaba con ilusión un cambio más profundo (y no es casual que la hipótesis más apoyada por el electorado socialista haya sido siempre el acuerdo con Podemos). Los Felipe, Guerra, Díaz, Page, Vara han apostado de forma velada o explícita porque gobierne el PP, y sobre todo se han negado en rotundo a cualquier acuerdo con Podemos que es para muchos de ellos el enemigo principal, aunque no les importase apoyarse en los morados para gobernar autonomías y municipios. La batalla de los próximos meses es, en definitiva, esa: un PSOE aferrado al bipartidismo, ciego ante las reivindicaciones territoriales, y pensando que con referencias vagas al Estado del bienestar y aprovechando los errores de Podemos va a volver de forma natural a ser lo que fue o, por el contrario, apertura de un proceso cuasirefundador con movilización del entorno socialista hacia un nuevo partido renovado, como ha sucedido en Gran Bretaña. Esta tensión ha cristalizado en un punto clave que ya se manifestó el 20-D: acuerdo con Podemos y apertura de diálogo con los nacionalistas para formar gobierno o dejar gobernar a Rajoy. El momento de la definición está servido

Los socialistas que no apoyamos en aquellas primarias a Pedro Sánchez, y además votamos en contra de ese acuerdo-tapón con Ciudadanos, no podemos dejar de reconocer que su resistencia frente a las baronías (vaya término para un partido que se dice republicano) ha permitido mantener viva la tenue posibilidad de un gobierno progresista alternativo al PP y a Rajoy. Porque ese es el fondo de la discusión planteada. Pedro Sánchez no es Corbyn, es decir, no es alguien con un proyecto claramente de izquierdas dispuesto a empujar un cambio profundo en el país e impulsar una política alternativa en la Unión Europea (sus posiciones ante la crisis griega o su distanciamiento del laborista inglés lo atestiguan).  Sánchez es un producto típico de la “cuadra” de Blanco (ahora también “opositor”) expertos en sobrevivir en los vaivenes de los diversos aparatos y capaces de adaptar sus opciones políticas al sol que más calienta. Sin embargo, por las razones subjetivas que sean: instinto de supervivencia, ver al alcance la Moncloa, ensimismamiento… ha tenido un comportamiento que políticamente ha sido positivo, como sus acuerdos en autonomías y ayuntamientos en mayo, su doble “no” a Rajoy y su actual intento de formar alternativa a Rajoy. Ello no puede ocultar, los múltiples errores y miedos y comportamientos autoritarios que plagan su gestión: aceptación de las líneas rojas, acuerdo con C’s, antiPodemismo primario, criminalización de los nacionalistas, veto a la propuesta de Ximo Puig de candidaturas unitarias al Senado, intervenciones manu militari en autonomías como Madrid… Pero esto no es sólo responsabilidad de Sánchez, los barones han sido entusiastas palmeros del rechazo a Podemos, del españolismo frente a la cuestión catalana y del acuerdo con Ciudadanos, todo ello es producto de un partido a la deriva que ha desaprovechado una gran ocasión de desplazar a Rajoy y el PP.

Hay que recordar que Sánchez fue encumbrado por los mismos que hoy son sus más encarnizados “opositores” (Susana, Page, Tomás Gómez, Lambán, Puig) el llamado “pacto de la estabilidad”.  La crisis abierta ha dejado a los opositores a Sánchez en una situación políticamente complicada, hacerles aparecer como los que están porque perviva Rajoy. El bloque opositor solo ha dado batallas políticas para garantizar que el PSOE no se iba hacia un gobierno de izquierdas, así el Comité Federal de diciembre llenó de líneas rojas el camino de Sánchez a la Moncloa y que al plegarse a las mismas se metió en el callejón sin salida del acuerdo con Ciudadanos. Una amalgama de posiciones donde no ha aparecido ninguna voz, exceptuando coyunturalmente Puig, que marcase un camino diferente al del pacto con Rivera y permitir al PP gobernar.

Vayamos por un momento al debate político. Los mantras con los que se han manejado los barones, los jarrones chinos, la baronesa y la misma Ejecutiva Federal son ajenos a los valores del socialismo: “España por encima del PSOE”, “Lo primero es la gobernabilidad”, “No pactaremos con los que quieren romper España”, “Ni con los independentistas, ni con la izquierda populista”, “Que gobierne el PP es lo lógico”.  En el PSOE no se ha hecho una lectura adecuada del nuevo momento de la izquierda en España donde aparecen de forma nítida dos cuestiones: la izquierda es plural y, es imprescindible el entendimiento con mayores o menores grados de intensidad. Las políticas de casa común o de sorpasso no aportan más que deterioro a las opciones progresistas, como se ha visto con enorme claridad el 20 D y el 26 J.

¿Y Podemos, que pinta en esta situación del PSOE? Pues mucho. Si la dirección de Podemos asumiese en profundidad que la continuidad de Rajoy o las terceras elecciones suponen una derrota del impulso de cambio que ellos han liderado, se hubiesen planteado una oferta clara a Pedro Sánchez para que optase a la presidencia del Gobierno con un gobierno propio, sin pretendidos gobiernos conjuntos (inviables por múltiples razones en el actual escenario) pero sí con un acuerdo de investidura sencillo que contemple los temas laborales, sociales y de género y a la vez sitúe la cuestión territorial en la senda del diálogo y de la tregua en la confrontación con Cataluña. Ello hubiese abierto la ventana de oportunidad de un apoyo mayoritario en la Cámara sin descartar trabajar para que Ciudadanos se abstuviese gracias a cuestiones necesarias para los de Rivera como la reforma electoral o medidas anticorrupción que han sido su bandera. Igual que el PSOE, Podemos tiene que leer esta situación nueva de una izquierda plural y obligada a entenderse frente a la derecha, sin que ninguna fuerza sea subsidiaria de otra. Podemos debe salir de la política de regate corto y efectos mediáticos para aprovechar el inmenso caudal que le han dado los ciudadanos por dos veces consecutivas. La discusión no es entre moderación y radicalismo, sino entre ser útiles y fiables para la gente (más de 5 millones de votos) o centrarse en las cuitas internas (organización de los círculos) que toda organización tiene. Y ahora ante la crisis del PSOE tiene un reto que no puede abordar con el criterio de “a ver que pesca” sino formulando una política de cambio inclusiva capaz de re ilusionar a socialistas, podemitas y a toda la gente que quiere poner fin al ciclo negro del PP.

La crisis del PSOE es una mala noticia para el conjunto de la izquierda y mucho más para los millones de personas que se sienten identificadas con el partido de Pablo Iglesias Posse, la derecha se frota la manos porque a pesar de todos los ataques a la población y la corrupción endémica del PP, sale victorioso de un ciclo político donde tenía todas las cartas para perder y donde la izquierda ha sido incapaz de dar una salida política al esfuerzo de la gente.


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