“¡Maldita Europa!”

19 Oct 2016
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Augusto Klappenbach
Escritor y filósofo

Esta fue la frase que pronunció en su idioma un refugiado –quizás más de uno- cuando, después de meses de vagar por el mundo arriesgando su vida todos los días con la esperanza de ejercer su derecho, reconocido en la legislación internacional, a pedir asilo en un país seguro, sólo se encontró con vallas y policías agresivos al llegar a las fronteras europeas. Y conviene aprovechar el impacto de la emisión del excelente documental que acaba de emitir el programa Salvados de Jordi Évole para hablar del tema, porque es seguro que inmediatamente volverá el silencio de la mayoría de los medios de comunicación sobre este problema. Hasta que alguna fotografía de un niño agonizante logre conseguir un espacio efímero en las portadas.

Según este documental unos cuatro millones de desplazados  subsisten de mala manera en países fronterizos con Siria. En Turquía dos millones, en el Líbano, más de un millón y unos 600.000 en Jordania, países todos ellos que carecen de medios para atenderlos y en los cuales la mayoría de los refugiados  malviven en campos de refugiados insalubres que esperan la llegada del invierno para que sus pésimas condiciones de vida se vuelvan insoportables. Mientras tanto de la miserable cuota de 160.000 acogimientos aprobados por la Unión Europea no se ha cumplido ni  el uno por ciento (en concreto, un 0.8%). Países como Hungría y Polonia, que se han negado a aceptar la cuota que les corresponde, no han recibido ninguna sanción de la Unión Europea, siempre pronta a castigar a los Estados que no cumplan con sus cuotas de déficit o practiquen proteccionismo comercial. Mientras en Grecia se ven obligados a hacerse cargo de un número de refugiados muy superior al de sus posibilidades, en España el número de acogidos no pasa de algunas decenas.

Pero nada demuestra más el cinismo de nuestra Europa que lo sucedido con la operación Mare Nostrum. Como se recordará, esta operación realizada en 2013 por la marina de Italia pretendía controlar el flujo de inmigrantes y refugiados en el Mediterráneo, consiguiendo salvar la vida a unas 155.000 personas en un año. Debido a su alto coste, Italia pidió ayuda a la Unión Europea para financiar la operación, pero en su lugar la Agencia Europea de Fronteras prefirió reemplazar la operación Mare Nostrum por la operación Tritón, mucho más barata y dirigida ya no a tareas de salvamento sino a evitar la inmigración ilegal. El resultado fue que la mortalidad en el Mediterráneo aumentó diez veces en un año.

Muchos Estados de la Unión disponen de una marina de guerra con abundantes recursos humanos y técnicos. La única explicación de que estos medios dediquen su tiempo a intrascendentes ejercicios dentro de sus fronteras en lugar de patrullar el mar donde mueren miles de inmigrantes y refugiados consiste en la terrible suposición de que Europa prefiere esa cuota de muertos antes que convertir el Mediterráneo en un lugar de tránsito seguro, temiendo el consiguiente efecto llamada y el aumento de refugiados e inmigrantes que logren el objetivo de convertirse en huéspedes molestos de los países europeos.

Se suele aducir el argumento de que una invasión de refugiados superaría las posibilidades de acogida de nuestros países, olvidando otras migraciones peores, como las que se produjeron en la segunda guerra mundial. ¿Se produciría esta saturación si cada uno de los 27 países de la Unión Europea se hicieran cargo de un número de refugiados proporcional a sus habitantes? ¿Y si también los Estados Unidos asumieran parte de su responsabilidad, ya que contribuyeron eficazmente a aumentar la inestabilidad de Medio Oriente con sus aventuras en Afganistán e Irak, entre otras cosas? Pero ni siquiera es necesario considerar esa posibilidad, cuando ni se ha intentado cumplir el acuerdo para recibir a una mínima parte de esos desplazados; parece claro que no se trata de un problema de posibilidades de acogida sino de falta de voluntad para resolver el problema.

¿Habrá que repetir que el derecho de asilo es un derecho y no una concesión caritativa de los Estados? No solo en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, sino en la Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea se establece con absoluta claridad el derecho de quienes sufren persecución y peligro de sus vidas a ser acogidos en otro país. Muchos fracasos de la Unión Europea, como la política del euro, la lucha contra los paraísos fiscales o la armonización fiscal pueden explicarse y hasta comprenderse por las dificultades que implican los acuerdos entre veintisiete Estados económica y culturalmente diferentes. Pero la política miserable que se está llevando a cabo con los refugiados está demostrando que el gobierno de la Unión ha logrado conciliar las dos dimensiones más peligrosas de la política: la estupidez y la maldad. Y sería de desear que los políticos españoles, absortos en sus pequeñas luchas intestinas, encontraran tiempo y energías para denunciar esta flagrante violación de los derechos humanos.


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