Opinion · Otras miradas

Chicote en La Moncloa

Víctor Sampedro

BlancoCatedrático de Comunicación Política

Víctor Sampedro Blanco
Catedrático de Comunicación Política

Pesadilla en la Casa Blanca, donde Trump cocinará en gran media nuestro futuro económico, político y bélico. Y pudiera ser que, en unos años, un trasunto de Chicote se instalase en la Moncloa y haciéndose cargo de los fogones y los sumideros. Los dos hosteleros, Trump y el de “Pesadilla en la cocina” labraron su popularidad en los mal llamados reality shows, maquinarias destinadas a fabricar celebridades, erigiendo en famoso al más falso, al mejor embaucador y al más trepa.

El poder ha sido desplazado de las plazas y los parlamentos a los platós televisivos que imitan la realidad. Mejor dicho, la construyen como un falso documental, con un guión populista que se quiere hacer pasar por popular. Nos instalan en los juegos del hambre y la humillación. Competición por la subsistencia material y discursos del odio, a la búsqueda desesperada de reconocimiento y autoestima.

Hay una televisión que hace tiempo llamamos McTele por fabricarse con las reglas de la comida basura. (1)Ha de resultar barata para el consumidor – que forma parte del negocio y trabaja para él: se sirve la comida, recoge los restos… (2) La McTele es un formato empresarial muy lucrativo: explota los datos de la audiencia y a los participantes, con encuestas en tiempo real y un trabajo basura próximo al esclavismo. Y (3), por último, la McTele, como la comida rápida, resulta desastrosa para la salud. Si mucho McDonalds tapona las arterias con colesterol, la McTele convierte en inservible los canales de deliberación y representación democráticas.

El triunfo de Trump ha dejado claro que el régimen político que nació en el ágora ha sido secuestrado por los pseudoperiodistas, que lo han transformado en pseudocracia: un régimen que lleva instalado aquí, España, hace tiempo. Pseudo en griego es mentira. Y en las pseudocracias, los presstitutes (pseudo-periodistas que hacen relaciones públicas y propaganda, disfrazándolas de información: los Inda y los Cebrianes de turno, vamos) y los políticos de la mentira (los Rajoy y los Hernando de turno) degradan la democracia hasta convertirla en su antítesis.

Ojalá se tratase de la política y el periodismo de la post-verdad que algunos denuncian, sin copiar entera la reciente portada de The Economist. No, han instalado el gobierno de la mentira, que antes experimentamos con el triunfo del Brexit en el Reino Unido y del NO en Colombia. Alternativas que salieron refrendadas de las urnas y que fueron defendidas con falsedades, medias verdades, sin exponer las consecuencias de su aplicación, sin aclarar siquiera como hacerlas factibles… cuando no lo eran.

Claro que el público se equivoca. Más bien le equivocan. Ocurre cuando quienes tienen que representarle le ofrecen una alternativa que siempre es un mal menor (la mentirosa y corrupta Clinton) o propuestas impracticables pero atractivas. Las más fáciles y rentables de fabricar: expulsar a los inmigrantes (latinos) que sostienen la economía y cerrar las fronteras a los estigmatizados (árabes).

Quien sostenga que la gente quiere tele-política basura es que no se ha enterado de que la entrevista de Évole a P. Sánchez desbancó a Operación Triunfo (El regreso). La McTele de los triunfitos zombies – cocinada al alimón entre TVE, Prisa y Telefónica – fue superada en audiencia por la revelación de que los poderes fácticos – entre los que figuran las corporaciones citadas – vetaron un gobierno de progreso e impusieron a Rajoy. Mariano no es Donald, pero – como él – basa su poder en la mentira: desde los hilos del Prestige a las redes de la Gürtel. “Nuestro Trump es Rajoy y el de los rusos Putin”. Acaba de soltármelo Xoán, de 9 años.  Y pregunta “¿Por qué en cada país hay un Trump, papá?”

Nos gobernará alguien que dice una mentira cada tres minutos y cuarto. Un personaje – en el sentido pleno, porque la persona es devorada por el personaje – que comenzó a comprar-erigir su capital simbólico en The Apprentice. Era un programa de McTele en el que Donald Trump a partir de 2003 decía una sola línea de guión: “I hire you or I fire you” (te contrato o te despido), la única disyuntiva que los amos presentan al precariado. Nos gobernará alguien que ha dicho: “cuando eres una estrella, te dejan hacerles cualquier cosa. Agarrarlas por el coño”.

Como dice Gwenda Blair, su biógrafa, The Apprentice “Le regaló diez años haciéndose el jefe frente al público americano, siendo el CEO, contratando gente, despidiéndola entre aplausos, siendo el tipo que todo lo arregla y todo lo sabe,  convertido en la gran figura autoritaria y patriarcal”

Y continúa: “Creo que ha impresionado a un montón de gente, que confía en él y eso le convierte en alguien digno de confianza“. Eso se combina con el fenómeno de los realities televisivos en los que resultan aceptables cosas que no son verdad. Y así se ha acabado legitimando algo que no es del todo cierto y cambiando la idea de lo que era una versión aceptable de la realidad”.

La unión entre capital financiero y simbólico (las dos expresiones de riqueza más legitimadas hoy en día, los becerros de oro del periodismo y la política profesionales) le permiten a Trump tenernos bien agarrados. Que encima esto se presente como antisistema es la mejor prueba de la falta de profesionalidad del pseudo-periodismo y sus prestitutos.

Nos tienen agarrados. Y (toda) la culpa no es de los británicos, los colombianos y los norteamericanos. Votaron deslumbrados por la hoguera de las vanidades y los fuegos de artificio de unos políticos profesionales mentirosos y de unos periodistas profesionales de la mentira, tan narcisistas como los ególatras que encumbran. Si sus audiencias no les abandonan y si sus compañeros de espectáculo no les denuncian – en las tribunas del Parlamento y de la Prensa – seguirán engañando a la población y recortando nuestros derechos civiles. Xoán (les juro que es cierto) cierra: “Menos mal, papi, que fuimos a Estados Unidos antes de que mandase Trump. Porque si no nos haría pasar cien controles (pasamos tres) para ver la Estatua de la Libertad”.