La islamofobia como síntoma

12 Dic 2016
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Jaume Asens 
Teniente de alcalde de Derechos de la Ciudadanía, Transparencia y Participación de Barcelona

Una islamofobia rampante, cada vez más institucionalizada y naturalizada, galvaniza el viejo continente europeo. Su expansión se ha convertido en uno de los mayores peligros que encharca la convivencia y la cohesión social de nuestras ciudades. La conmemoración del Día contra la islamofobia exige, por ello, un balance. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? En tiempos de crisis, las políticas de la austeridad suelen alimentar el miedo, la xenofobia y el racismo. Con ingredientes como el prejuicio y la ignorancia, los mismos que recortan derechos envenenan el debate público. Colocan los focos sobre los más vulnerables, los recién llegados o los diferentes. En medio del empobrecimiento de buena parte de la sociedad, la intención es clara. Se quiere apuntar hacia abajo a la hora de señalar responsabilidades, en vez de hacerlo hacia arriba.

Los vientos más fríos vienen del este. En Polonia, por ejemplo, el partido Ley y Justicia ha llegado al poder con un discurso de nacionalismo, catolicismo y xenofobia. En Hungría el gobierno ultra-conservador explota el discurso anti-refugiados y organiza consultas sobre la idoneidad de acogerlos. La fórmula se expande también por el corazón de Europa. En Austria el xenófobo Norbert Hofer se ha quedado a las puertas de ganar las elecciones.  La ultraderechista Marine Le Pen aspira a ser la Donald Trump francesa con promesas como la retirada de la educación gratuita para las personas de origen extranjero. La extrema derecha holandesa también crece en todas las encuestas. Su líder Wilders agita propuestas como cerrar todas las mezquitas, prohibir el Corán o exigir “menos marroquíes en Holanda”.

Con esos mimbres, entender cómo se construye el discurso del odio es el primer paso para combatirlo. ¿Cómo surge la islamofobia del siglo XXI? Pretender reducir el fenómeno a una simple actualización del viejo conflicto entre el occidente cristiano y el oriente islámico es un acto de miopía. Se presenta, en la actualidad,  más  bien como un combate mesiánico para erradicar el oscurantismo. Con tintes de fundamentalismo laico pero también a veces con delirios de cristiandad que hinca sus raíces en el colonialismo. El ex-presidente Aznar, por ejemplo, invocaba el mito de la Reconquista para señalar que  “nosotros ya les echamos hace siglos”. Y en una muestra de ignorancia, declaraba que los atentados del 11-M no estaban vinculados con la guerra de Iraq. Sus razones –según él- se remontaban al siglo VIII cuando “España rechazó ser un trozo más del mundo islámico”.

El discurso de la islamofobia está construido sobre tópicos. Los más recurrentes son los que asocian el islam con algo bárbaro, irracional, inferior, impermeable en el tiempo, la geografía o las culturas. Son todos falsos. Otro lugar común, tras el 11-S y el 11-M, es vincularlo a la violencia o al terrorismo. Se tiende a equiparar a árabes con musulmanes, musulmanes con islamistas, e islamistas con terroristas. El esquema mental es simple. Entre los musulmanes, como entre los cristianos, hay diferencias abismales. Se reduce, a pesar de eso, toda su riqueza a una unidad ficticia. Los actos de unos pocos, por otro lado, se acaban asociando al grupo entero. Y se enfatizan los fanatismos mientras se ocultan las formas del Islam democrático, humanista o su influencia histórica sobre la civilización occidental. Hay monjes budistas que se han dedicado a masacrar mujeres y niños. ¿A alguien se le ocurriría asociar budismo con violencia? Con el islam, eso se hace constantemente. Todo vale contra él.

La hostilidad creciente hacia las comunidades musulmanas tiene que ver con la promoción de esa visión de las cosas. También beben de esa fuente intervenciones bélicas como la ocupación Palestina, la invasión a Afganistán e Iraq. O la proliferación de todo tipo de guantánomos repartidos por todo el mundo. Esa es en verdad la gran victoria del fascismo islamista, de Al Qaeda y el Estado Islámico. Tras la derrota de las revoluciones árabes, el aumento del racismo europeo contra las minorías musulmanas engrosa de forma ininterrumpida sus filas. Ello sucede, incluso, entre los propios europeos de origen musulmán. De hecho, la islamofobia es, junto a la exclusión sociolaboral de los jóvenes de origen migrante, la gran fábrica que alimenta el injustificable yighadismo radical en Europa. Gregroy Bateson nombró en los 60’ a este fenómeno como “cismogénesis complementaria”: los enemigos se retro-alimentan como acción de respuesta a la acción del otro..

Cuenta Alba Rico que, con el auge de la fobia al islam, los musulmanes europeos son “los judíos de hoy”. Hay que protegerlos para que no les ocurra lo mismo que a los” judíos de ayer”. Como Hitler lo hizo con el antisemitismo, la islamofobia es un sentimiento explotado electoralmente por Netanyahu en Israel, Donald Trump en EEUU o Lepen en Francia. La mansedumbre con que aceptamos agresiones islamofóbicas obedece al mismo esquema de la judeofobia de antaño. La deshumanización del otro fue, de hecho, lo que desembocó a mediados del siglo pasado en las cámaras de gas. Cuando se analizan las causas del holocausto judío, una sobresale por encima de las otras. La judeofobia se había naturalizado hacía décadas en amplias capas de la sociedad europea. Allí está, como cuenta Hanna Arendt, la razón del desdén con que no pocos aceptaron su exterminio.

¿Cómo evitar que vuelva a repetirse la historia? Contra la propagación del discurso del odio, el miedo, y la intolerancia, el mejor antídoto es el reconocimiento de la diversidad religiosa, política y cultural en el mundo del Islam. Desmontar uno a uno los tópicos es fundamental en la pedagogía democrática para desautorizar al populismo xenófobo. Con ese objetivo, en Barcelona estamos impulsando un Plan contra la Islamofobia. Se pretende también, con su implantación, erradicar la discriminación, exclusión y aislamiento de la población musulmana.

La islamofobia se manifiesta hoy en día en actos anodinos, rutinarios, enraizados en nuestros hábitos y con nuestras opiniones. Las instituciones democráticas deben velar para que esas pulsiones, al despertarse, no lleguen a traducirse en manifestaciones de rechazo. Como cuando se expulsa de un centro educativo a una estudiante por llevar el velo. O cuando se la agrede o insulta en la vía pública. También, pero, cuando se rechazan espacios de culto con el pretexto que “son incompatibles con la tradición y culturas autóctonas”. Frente a esos signos de intolerancia, la normalidad con la que se incubó el antisemitismo en las mentes europeas debería mantenernos en guardia. Y recordar que la degradación del sentido crítico y la indiferencia ha sido siempre una  espoleta que ha activado todo tipo de persecuciones y crímenes.  El mandato que proviene de los campos de exterminio seguirá, precisamente, vivo hasta que no dejemos de tratar a los palestinos, árabes y musulmanes en general como a los judíos de los años treinta.


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