Vistalegre 2: dar voz a la mayoría

12 Ene 2017
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Javier Mestre
Carlos Fernández Liria *

Hay en el interior de Podemos, y también entre sus votantes, un clamor mucho más importante que todas las luchas de facciones que se puedan enfrentar en Vistalegre 2. Y es un llamamiento general a la unidad y a la búsqueda de acuerdos. Es un clamor de los votantes, de las bases, de los círculos, de los inscritos y de la mayor parte de la organización. La gran mayoría de los implicados en Podemos está harta de rivalidades internas y apuesta por crear espacios para llegar a acuerdos, en un marco en el que pluralismo interno de la organización sea fructífero políticamente en lugar de disuasorio. No hay más que buscar la fórmula para integrar la pluralidad, en lugar de suprimirla buscando estrategias para ganar votaciones. Es algo que se está pidiendo desde todas las tendencias y desde todas partes, desde la “abuela de Podemos”, a los integrantes del manifiesto “#El Abrazo”, los “Profesores de Podemos” o, ahora también, el Colectivo Mayo 2011. Es algo que coincide también con las voluntades que han puesto públicamente de manifiesto tanto Pablo como Iñigo en múltiples y recientes ocasiones.
En este momento histórico, sería una irresponsabilidad imperdonable que Podemos no saliera unido y cohesionado de su congreso estatal. Pero no vale cualquier forma de unidad, y mucho menos cualquier tipo de cohesión interna. Si Podemos tiene algún sentido, será porque se prepara para ser la alternativa de Gobierno que el pueblo español espera y necesita para sacudirse de encima el yugo del régimen que ha resultado en una de las sociedades más corruptas y desiguales de Europa. El proyecto no tiene otro recorrido aceptable. No puede convertirse en un partido más de la izquierda empeñado en sobrevivir a la espera de tiempos mejores. No hay tiempo. El deterioro social y ambiental crece exponencialmente y en nuestro país, ante los ojos atentos de la buena gente de medio mundo, se juega un capítulo clave de la transformación que tiene que hacer viable una vida digna para todo el mundo en un planeta a salvo. Tenemos una responsabilidad gigantesca, y ahora se mide si estamos o no a la altura.
Para poder afrontar semejante tarea, Podemos ha de emerger de Vistalegre 2 con todas sus fuerzas. Tras dos intensos años de batalla electoral, ahora toca reagruparse para reemprender la ofensiva. No sobra nadie. Se trata de construir el instrumento de un pueblo harto que se empeña en tener un presente digno y un futuro esperanzador y sostenible. Podemos debe ser la organización puntera y acogedora capaz de vehicular ese proyecto de país que ya es de sentido común, que es sentido comúnmente por la enorme cantidad de gente que no se resigna. Por tanto, el proyecto debe ser abierto y no excluyente, integrador. Debe ser capaz de apoyar a la gente que lucha y servir a la gente que sueña. Ha de tener un vientre acogedor, sano y democrático, y una corteza dura para resistir los ataques y crecer y ganar a pesar de todos los despliegues de fuerza de los poderosos que se benefician del desastre.
Vistalegre 2, aun con todos los errores que se han cometido hasta el momento, sigue siendo la oportunidad de buscar los consensos y encontrar los acuerdos amplios que hagan posible que el partido de la gente sea estable y positivo en su interior y pueda volcar todas sus energías en su misión histórica. No hay enemigos internos, hay diferentes puntos de vista que están obligados a encontrar puntos de encuentro político y un marco de convivencia y trabajo aceptado y sentido como propio por todos y todas.
En lo político, es mucho más lo que nos une que lo que nos separa. No ha de ser tan complicado esforzarse en encajar las diferentes perspectivas y llegar a acuerdos concretos en los asuntos más espinosos, tras un debate en profundidad para aportar unos y otros en la definición de un proyecto de país y una estrategia amplia que agrupe varias estrategias distintas en un plan común. Se trata de ceder y encajar para recoger lo más posible, dentro de la coherencia marcada por lo que sin duda todos y todas compartimos.
En lo organizativo, se trata de conseguir un marco democrático de legitimidad redoblada que sea aceptado y querido por el conjunto de la militancia, incluidos los inscritos e inscritas que no pueden permitirse participar en el día a día del movimiento, pero que apoyan y deciden desde sus vidas privadas. Es importante que ese marco sea genuinamente democrático, pero también ágil y capaz de adaptarse a la realidad territorial, política y social del país. Podemos necesita que sus decisiones emanen de unos órganos de dirección que integren las distintas sensibilidades con un espíritu enriquecedor y no como un campo de batalla para facciones. Para ello es imprescindible que se busque el consenso y se encuentren acuerdos muy amplios sobré cómo nos estructuramos, cómo se asignan los recursos, cómo se resuelven los conflictos, cómo lidiamos con el día a día de la política, cómo vamos a crecer y cómo vamos a integrar a nuevas gentes con nuevos pareceres. Los acuerdos deben ser claros y todo lo satisfactorios que se pueda, para que luego se respeten a pies juntillas y la maquinaria pueda echar a andar por sí misma, sin los excesos de informalidad y falta de organicidad que han caracterizado la vibrante trayectoria del partido desde Vistalegre 1 hasta hoy. Esta vez, es un clamor de las bases que la dirección de Podemos debe ser plural, verdaderamente representativa de las gentes que pueblan el proyecto por toda España.
Que una parte se imponga sobre el resto es un lujo que no nos podemos permitir. Que el conjunto de la organización no respete y siga la política acordada por la mayoría, tampoco. La dinámica de confrontación, por mucho que se decida en una votación democrática, sólo lleva a enquistar el mal ambiente y cercenar la capacidad de intervención hacia afuera del movimiento, porque se habrá terminado de convertir en el típico partido de izquierda poblado de facciones que vuelcan su ímpetu en una batalla interna de nunca acabar. El faccionalismo no es una maldición ineludible, y no se resuelve con la victoria aplastante de una de las tendencias… mucho menos con una victoria pírrica. Ha llegado la hora de invocar el espíritu del 15M. Ya menos ingenuos, sabiendo los límites del democratismo, conocemos también las virtudes del diálogo y el trabajo por consensuar y unificar.
Las bases no van a perdonar nunca a los dirigentes de Podemos que no se pongan de acuerdo de verdad, limpiamente, con la ingenua determinación que puede hacer duradera la reconstitución del proyecto. Son ya dos mil doscientas las personas que han firmado el manifiesto #El Abrazo. Se trata de un ejemplo muy significativo del sentir de las bases, porque esta iniciativa parte de un puñado de militantes de la provincia de Ávila donde no encajan para nada etiquetas como “errejonista” o “pablista”. Del grupo promotor de la iniciativa parte ahora la idea de presentar un documento político y organizativo prácticamente en blanco, como superficie a la disposición de todos para escribir los fundamentos de un consenso. Si efectivamente el documento #ElAbrazo no es aprovechado por unos y otras para dialogar, los militantes abulenses se han comprometido a tratar de hacer, lo mejor que puedan, una síntesis entre las principales propuestas para demostrar que, desde planteamientos democráticos en lo organizativo y con la perspectiva histórica del proyecto de país que compartimos, es factible y más que razonable el acuerdo.
El Colectivo mayo 2011 camina ahora en una dirección muy semejante, abriendo un espacio para la discusión en torno a los temas más importantes que afectan al programa político de Podemos. No se trata de rivalizar entre facciones, sino de conformar la “voluntad general” de Podemos para librar el verdadero antagonismo que tenemos por delante, el que hay que librar en el parlamento y en las calles frente a la casta y sus representantes. Es preciso hablar sobre el cambio de modelo productivo, la lucha contra el machismo o la reforma constitucional que propone Podemos. En ambos casos se trata de prestar un espacio en blanco para que se oiga la voz que no está representada en ninguna facción o grupo de presión, una voz que es a todas luces la mayoritaria.

 

Javier Mestre es profesor de lengua y literatura y escritor
Carlos Fernández Liria es profesor de la Universidad Complutense de Madrid


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