Opinion · Otras miradas

Chelsea Manning: reprogramar el mundo y a una misma

Víctor Sampedro

Catedrático de Comunicación Política

Víctor Sampedro
Catedrático de Comunicación Política

Con un cuentacuento (los cursis dicen storytelling) se desactivó el activismo digital que encarnaron Julian Assange y Chelsea Manning. Los medios, preñados de info-entretenimiento, se cebaron en su sexualidad. La corrección política teñida de feminismo sirvió para colgarle a Assange la etiqueta que más podía perjudicarle: un prepotente incapaz de controlarse. A Manning le negaron el valor gay y la audacia queer de la que ha hecho gala.

La prensa se tragó un cebo irresistible: los casos de dos víctimas de un sátiro sexual, el jefe de Wikileaks. Dos asaltos de cama en una semana. Nos contaron los forcejeos y las insistencias, las negativas no aceptadas, los preservativos rotos o retirados de forma subrepticia. Presentaron a unas mujeres heridas en su libertad sexual, avasalladas por un macho alfa irrefrenable. ¡Entraba en los dormitorios ajenos igual que en los archivos secretos! ¡Nos amenazaba a todas y todos! ¡Por igual!

Desaparecieron las simpatías y los apoyos del público femenino y “feminista”. El progresista se refrenó, confundiendo la dimensión privada con la pública de Assange. Se le aplicó la correción política, un fundamentalismo legalista, exigiéndoles resolver sus cuentas pendientes en Suecia antes de proseguir su cruzada. Aunque acabase como Manning, extraditado y sin casi garantías jurídicas, encerrado de por vida. Lo cierto es que todos se desentendieron de la suerte de las mujeres que Assange supuestamente había vejado. Este se ofreció a declarar a distancia o en la embajada ecuatoriana. La negativa a que pudiese hacerlo desprotegió a aquellas dos chicas, paralizando sus procesos.

La crítica a la generación Wikileaks combina la corrección política – de un falso feminismo – y la homofobia. A Snowden le salva tener una novia de pasarela. El cuento mediático debía llegar a todos los públicos y orientaciones. Y no tiene que resultar coherente. Funciona igual.

En el caso de Assange la libertad sexual se antepuso a la libertad de información. El desplazamiento del debate sobre las filtraciones, su impacto en el periodismo y la opacidad del pode, supuso el olvido de unas utopías digitales con carga revolucionaria. Arraigó en un mercado-mundo donde la entrepierna ofrece el único lugar de autonomía. Pero la homosexualidad de Manning y su solicitud de cambio de sexo sirvieron para denigrarle. Representa, en cambio, a quienes siguen construyendo y defendiendo una Internet libre. En ella forjaron su identidad digital, reconocida por sus valores y destrezas, no por los genitales.

Cuando en el instituto era Bradley, Manning plantó cara a la homofobia. Declaró su orientación sexual en la milicia, teniéndolo prohibido. En el juicio por sus filtraciones se declaró arrepentido en el último momento, solo para rebajar la condena. Cuando la recibió, abrió de nuevo la boca sin permiso. Exigió lo prohibido: un tratamiento que le diese cuerpo de mujer.

Chelsea aprovechó su encierro para liberarse: migrando a un cuerpo femenino. En prisión se declaró libre y dispuesto a ganar libertad. Sin embargo, la falta de coraje ha sido asociada a su persona. Nunca debió estar en el frente. Este desequilibrado intentó suicidarse dos veces. Cuando dijo “Soy Chelsea Manning, soy una mujer”, los medios no vieron más. Olvidaron que el ejército norteamericano ocupa el puesto 40 de una relación de 103 países, en respeto a los derechos de gays, lesbianas, bisexuales y transexuales.

La generación Wikileaks es queer. Escapan de la monodieta heterosexual y de la disyuntiva del género binario. La homosexualidad reaparece en el caso Snowden, vía Glenn Greenwald (el periodista que dio a conocer sus filtraciones) y su novio, acosado por la policía. Ambos residentes en Brasil por la prohibición estadounidense del matrimonio gay. Sin inclinaciones sexuales limitadas por sus cuerpos hicieron aparición pública. No en los suplementos de tendencias, las secciones de sociedad o “salud” sexual. En las primeras planas de todo el mundo. Con toda su potencia política. Frente al ejército y la administración con más poder en el mundo. Nadie lo percibía, nadie lo hizo notar.

En los sesenta, la píldora conllevó la emancipación femenina respecto a las tareas reproductivas. Ahora la homosexualidad, la bisexualidad y la transexualidad son las barreras a saltarse. En los altares, en los quirófanos de la Seguridad Social, en las escuelas, en los seminarios… y en los calabozos. Monsieur Foucault no cabría de  gozo analizando cómo los hacktivistas desafían la biopolítica del poder (su intromisión en todos los aspectos vitales y corporales).

Quienes cambian el código informático y lo conciben como libre y abierto, para usar y modificar a conveniencia, también sueñan con re-programar sus cuerpos. Son una tropa no violenta, libertaria y libertina. Opuesta a los youtubers, makers, influencers, emprendedores… y demás fantoches de la banalidad y la auto-explotación digital. Forman parte de una cultura que llegó antes a las pantallas de cine. Lana Wachowski (nacida como Laurence “Larry”) y Lilly Wachowski (nacida como Andrew) codirigieron Mátrix, la trilogía icónica de los hacktivistas que ahora con veinte años (Manning), treinta (Snowden) o cuarenta (Assange) protagonizaron una revolución digital aún negada. La pastilla roja permitía entrar en el videojuego Mátrix y reprogramarlo para que ganasen los buenos. Cambiar el mundo, las reglas de juego y cambiarse a sí mism*s. Es el programa revolucionario por excelencia.

Este texto remezcla y actualiza contenidos del libro El Cuarto Poder en Red.