Sentido literal y sentido figurado

20 Ene 2017
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Máximo Pradera

Guionista, periodista y presentador de radio y televisión

El pasaje más inquietante de la sentencia que condena a César Strawberry a un año de cárcel por publicar 6 tuits de mal gusto dice así:

La afirmación de que César Montaña no perseguía la defensa de los postulados de una organización terrorista y de que tampoco buscaba despreciar a las víctimas, es absolutamente irrelevante en términos de tipicidad. La estructura típica del delito previsto en el art. 578 del CP no precisa la acreditación de con qué finalidad se ejecutan los actos de enaltecimiento o humillación.

Si estos párrafos resultan tan alarmantes es porque la sentencia elimina de un plumazo cualquier uso del lenguaje que no se ciña al sentido literal de las palabras. A partir de ahora, como ocurre en los textos jurídicos, donde hay que estar al tenor literal de artículos y cláusulas de leyes y contratos (in claris non fit interpretatio, latinajean los jurisconsultos), también en las redes sociales queda proscrito el sentido figurado del lenguaje.

La sentencia del Supremo nos prohibe, por ejemplo, el recurso a la ironía.

Los juristas no pueden usarla del mismo modo que a los católicos les está prohibido fornicar. Pero esa no es razón ni para que los no juristas tengamos que renunciar a ella, ni para que los ateos no puedan acostarse cuándo, cómo y con quién les dé la gana.

Si yo digo, por ejemplo, en un tuit

 ¡Ahora sólo nos falta que asesinen a Menganita! 

pero resulta evidente, por el contexto, que lo digo en sentido figurado, es decir, que pretendo decir exactamente lo contrario de lo que digo, me resultará ya imposible, según esta sentencia, defender por qué dije lo que dije, es decir, no podré acreditar el sentido último de mi tuit. El Supremo se limitará a proclamar: ¿Vd. ha dicho que hay que asesinar a Menganita? ¡Es enaltecimiento del terrorismo, porque el Código Penal no reconoce otro uso del lenguaje que no sea el literal!

La sentencia del Supremo, en una mezcla torticera de ignorancia retórica y de mala fe jurídica, se ciñe al tenor literal de los tuits de Strawberry, como si se tratara de párrafos de un texto jurídico, al afirmar que se está difundiendo un mensaje en el que se contiene una evocación nostálgica de las acciones violentas de un grupo terrorista que se menciona con sus siglas de forma expresa y en el que se invita a otro grupo terrorista, fácilmente identificable por la identidad de algunas de sus víctimas, a repetir el secuestro más prolongado de nuestra reciente historia.

¿De verdad está Strawberry diciendo lo que la sentencia dice que dice? ¿O el rapero está usando el lenguaje de una manera que no se usa en Derecho pero sí en el lenguaje muchas veces figurado de un texto periodístico o poético?

El análisis del primer tuit nos permite comprender el sentido (la finalidad) de todo el lote supuestamente delictivo, porque los seis tuits emplean el mismo recurso expresivo.

“El 11 de noviembre de 2013, a las 21:06 horas: “el fascismo sin complejos de Aguirre me hace añorar hasta los GRAPO”.

Igual que en la frase «como no te acabes las lentejas, te mato», que le podría decir una madre a un hijo melindre en un momento de irritación, no podemos estar al tenor literal de las palabras, sino que es preciso descodificar el mensaje para llegar a su auténtico significado, lo mismo ocurre en todos y cada uno de los tuits de Strawberry.

El recurso literario empleado por la madre, y que la sentencia ignora de forma incomprensible, se llama en retórica «hipérbole», es decir, exageración. Para los de la Logse, recordemos que

La Hipérbole o Exageración es una figura retórica que consiste en una alteración exagerada e intencional de la realidad que se quiere representar. Tiene como finalidad conseguir una mayor expresividad.

La madre cree que su hijo entenderá mejor la rabia que siente al ver que le desprecia sus lentejas si compara su estado de ánimo con el de un asesino en un crimen pasional.

Lo mismo cabe decir de los tuits de Strawberry.

De la misma manera que no es posible inferir de la frase de la madre que ésta tenga intención de asesinar a su hijo, tampoco es legítimo llegar a la conclusión, como hace la sentencia, de que Strawberry está invitando a los Grapo a que vuelvan a asesinar a rivales políticos.

El sentido de la frase de Strawberry, una vez descodificado el mensaje utilizando nuestros conocimientos básicos de retórica, aprendidos en el colegio, es más bien:

 El cabreo que siento hacia las políticas de Aguirre es de tal intensidad que es comparable al que sentían los Grapo hacia sus víctimas.

El tuit no habla ni del Grapo ni de los muertos que causó, habla de la irritación que le produce a Strawberry la política de Esperanza Aguirre, que por cierto ni siquiera es mencionada en la sentencia.

¿Que es de pésimo gusto y de una muy limitada capacidad expresiva tener que recurrir a un atentado terrorista para expresar un estado de ánimo, por muy virulento que sea? Estamos de acuerdo. Por eso Strawberry solo tiene 8000 followers en Twitter y no 80. 000 mil, que son los que tendría si los regüeldos que sube a la red tuvieran el más mínimo interés.

No es necesario que el Código Penal exija al juzgador que acredite la finalidad o sentido con que se dice algo, sino el sentido común y la cultura general:  esa que nos enseñó que cuando Quevedo escribió lo de érase un hombre a una nariz pegado, no estaba informando, en plan forense, de que la nariz de Góngora era más grande que su cuerpo, sino solo de que era ridículamente grande.

El mismo razonamiento vale para el resto de los tuits objeto del escándalo, de ahí que el voto particular de Perfecto Andrés Ibáñez tipifique las manifestaciones de Strawberry, con muy buen criterio, como simples exabruptos.

Strawberry, en el legítimo uso de su libertad de expresión (protegida por el Art. 20 de la Constitución) está expresando el aborrecimiento que le producen Aguirre u Ortega Lara, y lo expresa de la manera más aborrecible posible, porque solo pretende provocar. La hipérbole es literariamente deleznable y de mal gusto, pero es un tropo, no un delito.

Y si después de estas explicaciones de 1º de la ESO, el Supremo sigue sin entenderlo, solo podré ya exclamar ¡Llévame, Señor!

Pero lo exclamaré en sentido figurado, no tengo ninguna intención de morirme todavía.

No, al menos, hasta ver como esta ridículo sentencia es tumbada en Estrasburgo.


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