Mujer encaramada a sus tacones informa sobre degollada

07 Mar 2017
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Cristina Fallarás
Periodista y escritora

A las 20:02 h las imágenes de la fachada de un piso de barrio pobre dan paso a la presentadora del telediario de la noche.  Hace algunos años que parecen décadas, las mujeres se quejaban de que sólo los hombres presentaban informativos en horario de máxima audiencia. En ese tiempo hemos aprendido que la toma del tipo de fachada que abre el programa suele corresponder a un asesinato. También hemos aprendido a llamarlo Violencia de Género.

Todos esos datos podrían servir para celebrar algún tipo de avance de cuyo nombre no quiero acordarme.

La presentadora ronda los treinta. Permanece de pie enfundada en un ceñido vestido rojo de tirantes que se ensancha a partir de la cadera y va a morir a medio muslo en un revoloteo primaveral que contradice la nieve con la que cerrará el programa. Está sola. Se dirige a la cámara en medio de esa soledad acharolada que transmiten los platós vacíos. La gran mesa que queda justo detrás de ella, mesa con silla, pone una tilde sobre el desamparo.

Cualquier mujer que a esa hora esté frente al televisor piensa lo cruel que resulta, habiendo un asiento, obligar a la profesional a permanecer tiesa y encaramada a unos tacones de palmo. Informa de que otro hombre ha matado a su mujer. Asegura que van 20 “en lo que llevamos de 2017”. Poner el contador a cero es una trampa bigotuda. No es cierto que el 1 de enero de 2017 a las 00.01 h no hubiera ninguna asesinada por su marido, pareja o ex. Ese día, a esa hora, podríamos decir que cerca de 900 mujeres han sido asesinadas desde que se cuentan estas cosas. El contador a cero es una práctica deportiva. Matar no es un deporte, aunque en ocasiones lo parezca.

La periodista se detiene en el detalle de que, a la víctima, antes de hacerla saltar por los aires, le habían rebanado el cuello. En ese momento, mientras una da vueltas a la cantidad de daño que puede infligir un solo presunto, la atroz cantidad de mensajes que encierra su acto, la presentadora cambia el peso de su cuerpo de una pierna a otra, y la espectadora no puede dejar de darse cuenta. Es espectadora, y se pregunta si la chica lleva las piernas al aire, como los brazos, o enfundadas en finísimas medias color carne. Afuera, el arranque de marzo amenaza nieve.

Aferrada a un puñado de folios, narra cómo el hombre, tras degollar a su esposa y después encender la mecha que ha provocado la explosión del apartamento, ha salido a la calle y ha pedido un pitillo. Habla entonces un vecino, el clásico vecino del clásico “eran una pareja normal”. Cuenta que el asesino tenía jirones de ropa pegados a las quemaduras, cuenta que alguien le ha dado el cigarrillo, cuenta que, tras encenderlo, el presunto se ha desplomado. La espectadora sabe que, si alguien le quitara los folios, la profesional del plató podría caer desde la nada desdeñable altura de sus tacones. Hay cansancio en ese pensamiento.

Todos esos datos podrían servir para preguntarnos si los avances que celebramos no serán también fuego de caldera manipulada: La joven mujer que ha llegado a presentar el telediario en horario de máxima audiencia de pie, enfundada en un sucinto vestido de tirantes, desde lo alto de sus tacones; y la construcción del relato de la violencia machista a base de asesinatos propios de una película gore.

Todos esos datos podrían servir para poner en evidencia que basar nuestra idea de la violencia machista en sangre, muerte y atrocidades, además de dejar el resto de maltratos como anécdota, sirve para ocultar el maltrato que representa la presentadora que nos lo está narrando.

 

(PD:

Este artículo se ha redactado tomando dos realidades: la manera en la que se presentan las jóvenes presentadoras de algunas cadenas y el asesinato de la hondureña Erika Lorena B.A. en la calle San Ciriaco de Vicálvaro el pasado 1 de marzo)


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