Entre restauraciones, progresismos populistas y huelgas antisistema (2)

21 Mar 2017
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María García Yeregui
Profesora de historia e investigadora en ciencias sociales

La huelga por un salario justo, la movilización masiva por el trabajo digno y la toma de calle en defensa de los derechos han seguido palpitando en la ciudad argenta del Río de La Plata, Buenos Aires, y en su provincia bonaerense. La semana pasada, continuando con las grandes manifestaciones de la anterior, se movilizaron las organizaciones piqueteras (la respuesta de los desempleados masificados de la década privatizadora del 90, cuando como trabajadores desocupados la huelga dejó de ser su herramienta de defensa) y los trabajadores de la denominada economía popular (cartoneros, cooperativas, fábricas recuperadas y un largo etc. de millones de personas que trabajan en lo que se conoce como economía informal). Mientras, la huelga docente continuó 2 días más en Buenos Aires capital y 3 en la provincia. Y el ruidazo de las cacerolas en los barrios, acompañando a las ollas populares y los cortes de calle, se oyó en la jornada del miércoles como respuesta a la continuidad gradual del “tarifazo” (subidas en la luz y el gas de alrededor del 400% en un año) y al empobrecimiento generalizado (del 70% de la población activa, el 32.2% está por debajo del umbral de la pobreza y el 6.3% en la indigencia), reeditando el grito de unidad que caracterizó al 2001: “piquete y cacerola, la lucha es una sola”.

Así las cosas, tanto las sibilinas como las estridentes tácticas del guión (tecnológicamente construido y reproducido) de las tradicionales fuerzas de la restauración trascolonial en el gobierno (con resabios católicos incluidos, pero, eso sí, bien modernizadas) envolvieron la atmósfera. Han invadido el escenario con su estrategia del ciudadanismo de raza y clase, de la figura del ciudadano de orden (posmoderno), de aquel sueño europeizante, blanco y republicano liberal, perdido, que constituye el polo de una posición irreconciliable con el piquete. Saben que cuentan con una base social (más allá de ellos mismos y su clase como beneficiarios de la tasa de ganancia) que responde y reproduce esos ideologemas con extrema naturalización: no es casualidad que Macri gobernara cívica y participativamente la ciudad de Buenos Aires desde 2007 hasta su victoria en las elecciones presidenciales. Imaginarios y posiciones que están siendo ideológicamente azuzadas para que, mientras sus señores hablan ilusionados del “diálogo de la nueva Argentina que ha nacido” y hay una deliberada poca presencia de policía para lo que ha solido ser habitual frente a una constante movilización, reclame “que hagan algo contundente” y avale las futuras acciones represivas… al tiempo.

Voces con espectro de corto, medio y largo alcance (que deberemos recordar de cara a lo que venga) vienen desplegando un abanico entre lo porno y esperpéntico, jugando con la paranoia y la psicosis, por un lado, mientras por otro aparecen el dopaje naif del discurso de la energía positiva, el cambio y lo nuevo en contraste con el sosiego recto de lo ‘religiosamente’ calculado. Este último fue presentado con unas eficientes máscaras para la farsa: “el marco legal (aunque sobre la mesa halla fallos judiciales que se contraponen porque, mira tú por dónde, la ley es interpretable), la fe (buena), los valores (los suyos) y la vocación de diálogo (en igualdad histórica de condiciones, claro)”. Así las enumeró la recatada y férrea María Eugenia Vidal, gobernadora de la provincia bonaerense, en la rueda de prensa contra la huelga docente. Por ello ha sido bautizada, por un articulista de El País, como la Thatcher argentina.

Lejos de lo que pareciera semejante titular para el imaginario y la conciencia de muchos, la comparación está dentro de un guión favorable a la firmeza de la supuesta nueva dama de hierro. Primero, porque reproduce la acotación de espectro político entre ellos y del progresismo populista: neoliberalismo sí o no, capitalismo siempre. Y lo hace en un contexto internacional en el que la derecha que ha llegado al poder en USA, por fuera del establishment político tradicional, es tildada de proteccionista y, según muchas lecturas, con su populismo estaría rompiendo con el “libre y global” paradigma neoliberal que, sin embargo, Macri y los suyos representarían, para tranquilidad de propios y extraños.

Segundo, porque reduce toda la situación nacional a un sólo conflicto laboral de trabajadores públicos además, después de lo sucedido en la manifestación de las centrales sindicales, en la que las bases desbordaron la contención para la gobernabilidad macrista que venía practicando la burocracia sindical. La táctica pretende desactivar la legitimidad de otras resistencias en caso de que en la mesa de negociación docente, la extorsión del gobierno (todos comen caviar a final de mes) de la conciliación obligatoria, finalmente se imponga. La guerra psicológica de bajar la moral del enemigo estaría desplegada en el momento oportuno: el de desgaste para mantener la huelga, por el esfuerzo que supone para los trabajadores.

Tercero, porque también reduce el conflicto a la táctica polifacética que viene usando el macrismo: el de la victimización gubernamental. El poder democráticamente elegido resistiría contra las organizaciones sindicales que amenazarían con derrocarlo, en una situación que no generaron ellos (herencia recibida) y en la que no pueden hacer más. Apelan entonces a los altos índices de endeudamiento de la Provincia y del país (disparada la tasa al 7.5 % con Macri en la Casa Rosada). Dicho dibujo está construido sobre silencios. Nada se dice sobre cómo se ha incrementado la deuda externa en este año como consecuencia directa de la entrega macrista al capital financiero trasnacional. Nada sobre el ajuste (“gradual”, por qué será) en favor de seguir manteniendo los niveles de beneficios de sectores como el agronegocio de transgénicos, responsable de un claro ejemplo de necropolítica (Mbembe) silenciado, con 13 millones de afectados por glifosato y otros venenos (Piovano). Ni mentar los 90 mil millones de rebaja a las retenciones a las exportaciones, ni los 19 mil millones condonados a empresas concesionarias del servicio eléctrico. Ni palabra sobre el incremento de 40 mil millones en el gasto militar. Pero repetidamente se dice que con tantos reclamos que “extorsionan en la calle”, el gobierno no tiene suficiente para todos. Refiriéndose a un acampe frente al ministerio de trabajo para el cobro de planes sociales, al corte de ruta y a las ollas populares que se llevaron a cabo por el cumplimiento de la Ley de Emergencia Social (10.000 millones), aprobada por el congreso y el senado, negociada por el gobierno tras las movilizaciones de la CTEP (Confederación de los Trabajadores de la Economía Popular) a final del año pasado.

Pobrecita, la gobernadora bonaerense quisiera hacer más pero no puede pagar una subida de más del 19% a los docentes (tras 4 días de huelga la pasada semana, la oferta se incrementó un punto). Durante el 2016 ha habido una inflación del 40.3% y se prevé para este 2017, tirando muy por lo bajo, otro 20%. Ella, María Eugenia, les ofrece “el mejor salario posible que les podemos pagar”. Y en esta faceta de la estrategia discursiva, afirma que sabe que no son ellos sino “la dirigencia sindical” la que “tiene cautiva a los niños, sus familias y, también, a los docentes”. Porque cree firmemente esto, ya ha decretado que va a pagar un premio monetario a los docentes que no han seguido la huelga.

Pues bien, la realidad de las bases docentes que explica que durante las 4 primeras jornadas de paro, de los 7 días de huelga que llevan, fuera secundada por más del 80% de los trabajadores, es que el sueldo base de un maestro bonaerense está por debajo de la línea oficial de pobreza. Pero ella y los suyos no paran de jugar con el prototipo del maestro vocacional culposo por reclamar un salario. Y es que el trabajo docente, en función de ese arquetipo, ha de ser (como consecuencia del reguero histórico de la iglesia católica, que emana la gobernadora por doquier) vocacional, reactualizando un viejo dicho por todos conocido: “pasar más hambre que un maestro de escuela”.

Y es que cuando la mano de obra no requiere ser enseñada porque sobra para asegurar la rueda de la acumulación por desposesión (Harvey) del modelo que la globalización capitalista le ha asignado a esta parte del mundo llamada Argentina; y al estado-nación le sobran argentinos que fabricar, resurgen con más fuerza las conceptualizaciones culturales de la vocación religiosa para la enseñanza, mientras la escuela pública se vacía. La vocación del modelo religioso vuelve a vertebrar con más fuerza el trabajo educativo, como una herencia viviente de cuando la Iglesia, como institución, monopolizó la educación, lo cual, lejos de los imaginarios de la experiencia, fue por una cuestión de su propio reparto de poder y no por ninguna “vocación religiosa” con la infancia.

Pero el ejemplo más repulsivo de esta estrategia nos lo brindó el presidente del gobierno nacional. En este contexto Macri puso la cota más alta con su posverdad individualizada: en su cuenta de Facebook colgó una foto de Hiroshima destrozada por la bomba nuclear arrojada por el gobierno de EEUU, en el centro se ve un maestro frente a unos niños en sus pupitres, dando clase a la intemperie, en medio de esa devastación desoladora. Por su fuera poco, comentó: “para que un país pueda levantarse, la escuela nunca debe parar”. El cinismo sin límites, el uso de una de las más atroces masacres administradas de la historia. Nauseabunda demagogia que aleja a su persona de poder rozar siquiera a percibir lo que significaron los maestros republicanos en España o las campañas de alfabetización.

La gobernadora lo explicitó con mucha rectitud y “vocación de diálogo y no de conflicto como otros”: va “a dar la batalla por la educación” contra las huelgas porque “muchos ciudadanos (de bien) les votaron para eso”. Demonizó, así, una vez más, a los docentes que luchan por sus derechos laborales con la dicotomía de los buenos y los malos maestros, los que son ciudadanos y los que no se merecen dicho título. Y esto, a pesar de que con ello contradice -para eso tiene hegemonía material y comunicacional- su táctica principal: la polarización con el desmenuzado kirchnerismo, que deja como culpables a los sindicalistas y dentro de las víctimas también a los docentes. Ha captado la tensión entre la dirigencia del sindicalismo y las bases trabajadoras del país (muy inteligentemente porque como venimos diciendo, ellos siempre aprenden), que al grito de “hace falta ya una huelga general” forzaron la concreción de la fecha, finalmente anunciada para el próximo 6 de abril.

Sin embargo, cuando remarca esa estrategia de los intereses sindicalistas para derrocar gobiernos usando, engañando a la base docente, Vidal olvida su otra estrategia, la demonizadora de largo alcance del mal maestro que secundó 10 años de “malas prácticas” con huelgas “indecentes”. Así se destapa la quimera de las estrategias porque en su contradicción reconoce que la lucha por el salario digno se hizo igualmente con el kirchnerismo en el poder, que la cosa viene de largo y que por tanto no cuela que ahora lo hagan los sindicalistas K para acabar con su gobierno, en contra de los profesores. Las huelgas docentes responden a una medida de fuerza de las bases que se ha venido repitiendo en las consecutivas aperturas de cursos anteriores porque una sencilla y contundente razón: los sueldos de la escuela pública no son dignos, en la provincia son de pobreza, in crescendo en la escalada inflacionaria desde 2012 (a la inflación del 2016 se debe sumar el 27% del 2015, el 24% del 2014, el 28.3% del 2013 y el 25.6% del 2012).

Siguen con la campaña de desprestigio, pero las necesidades son obstinadas y descubren el cinismo de las sonrisas falsarias. Así lo cantan los piqueteros para quien quiera verlo: “Soy piquetero, cortaremos la ruta, la situación no da más, solo pido trabajo con este fuego, porque nadie me escucha voy a luchar, la lucha no es sólo nuestro mejor tributo es también nuestra única esperanza”.


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