El quinto poder

23 Mar 2017
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Máximo Pradera

En los años 30, George Orwell se llevó tal decepción con el «nivelito» de la prensa en España que dejó escrita la siguiente reflexión en «Homenaje a Cataluña»:

Ya de joven me había fijado en que ningún periódico cuenta nunca con fidelidad cómo suceden las cosas, pero en España vi por primera vez noticias de prensa que no tenían ninguna relación con los hechos, ni siquiera la relación que se presupone en una mentira corriente.

Casi un siglo después, la Universidad de Oxford corrobora las palabras del escritor, a través de un informe publicado por el Instituto Reuters para el estudio del periodismo: los medios comunicación de España son los menos creíbles de los once países consultados en Europa y los segundos menos creíbles de los doce estudiados de todo el mundo.

La confianza en las noticias de los medios españoles es la más baja de los ocho países europeos analizados en dicho estudio, pero los españoles son los que más interés muestran por las noticas: el 85 %. Esto me lleva a pensar que tuvo razón aquel magistrado que dijo en una sentencia que en España se confunde el «interés público» con «el interés del público». Una cosa es la información relevante, capaz de formar la opinión de los ciudadanos y de orientar su voto en unas elecciones,  y otra muy distinta la información anecdótica o morbosa, que solo es puesta en circulación para atraer lectores o espectadores, al objeto de captar publicidad; de modo que la reflexión del magistrado no se me antoja como un simple juego de palabras, sino como una conclusión acertadísima. La periodista Angels Barceló me confesó una vez, en la charleta previa que Fernando Schwartz y yo manteníamos con los invitados de Lo + Plus, que a ella la escaleta de su telediario no se la hacía el director de informativos de Tele 5, sino el departamento de marketing.

Tan alejado está el verdadero periodismo – el de quién, qué, cómo, cuándo y por qué – del periodismo que se hace en este país, que uno de nuestros informadores «de referencia» me recuerda cada día mas al pintor Orbaneja de El Quijote, que cuando le preguntaban qué pintaba, respondía: «Lo que saliere»; y si por ventura pintaba un gallo, escribía debajo: «Este es gallo», porque no pensasen que era zorra.

Del mismo modo, este veterano periodista termina siempre dando paso al telediario con la muletilla «y ahora, más periodismo», no vaya a ser que los espectadores, aturdidos por las intoxicaciones de unos, las majaderías de otros, y la música épica de fondo, vayan a pensar que lo que se cuece en ese plató se parece más a un programa de corazón para atraer anunciantes que a un debate periodístico para formar a la opinión pública.

Si la frase «ya conocen las noticias, ahora les contaremos la verdad», con la que cada noche abre El Intermedio, nos sigue haciendo sonreír, es porque no ha perdido, al cabo de los años, ni un ápice de su vigencia.

Lejos de agachar la cabeza en señal de humildad o de vergüenza por la precaria salud de la información en España, los medios en nuestro país sacan pecho como si fueran los guardianes de las esencias democráticas y/o los garantes de los derechos constitucionales y ni admiten la crítica ajena ni practican la tan necesaria autocrítica. Aún recuerdo con estupor como decenas  de periodistas (además de juristas, politicastros y otros animales, que diría Gerald Durrell) se lanzaron a degüello sobre Manuela Carmela por lanzar una web municipal con el noble fin de rectificar noticias falsas o incompletas. ¡Totalitarista! – gritaron sus adversarios –. ¡Quiere acabar con la libertad de expresión! ¿Cuál será el siguiente paso, encarcelar disidentes?

Ni qué decir tiene que también la Asociación de la Prensa de Madrid se sumó con entusiasmo al decreto de excomunión mediático.

Sí, esa misma APM que hoy aún sigue sin reconocer que su denuncia por acoso de los dirigentes de Podemos, en la que no aporta ni un solo hecho ni menciona ni una sola fuente («tenéis que creerme porque lo digo yo» – afirmó su Presidenta en TVE), se parece mucho más a un escrito de difamación para desacreditar al único partido que inquieta al Poder que a una legítima defensa de la libertad de información de sus afiliados.

El Cuarto Poder se ha subido a la parra y necesita a gritos, al menos en España, de un Quinto Poder que limite sus excesos. A la espera de que llegue Pablo Iglesias con sus purgas y sus checas (modo irónico ON), nos tendremos que conformar, de momento, con la Universidad de Oxford. Con la ventaja enorme de que cuando lleguen sus denuncias, ni siquiera tendremos que darnos por aludidos, porque aquí, del Presidente para abajo, nadie tiene ni pajolera idea de inglés.


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