De París ha venido el señorito Wert

29 Mar 2017
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Cristina Fallarás

La periodista María Llapart sostenía el micrófono de La Sexta ante el ex ministro de Educación José Ignacio Wert. Ayer, martes. Este hombre, hoy embajador ante la OCDE por amor, ha descendido de París dicen que para comparecer ante la comisión de Educación y Deportes del Congreso. Dicen… Y que se trataba de participar en algo que llaman Pacto de Estado Social y Político para la Educación, aunque nadie cabal entendería su presencia ni por la parte del pacto, ni por la de lo social, lo político o lo educativo. O sea, que el tipo sencillamente estaba.

Entre el barullo de periodistas, Llapart enfrentó al españolizador de catalanes y le recordó que, cuando colgaron su retrato “oficial”, no permitió la presencia de la prensa. Su retrato, 20.000 euros de estampa repantingada.

“Vamos a ver, señorita…”, respondió él a la periodista, “yo no soy ministro de Educación”.

Señorita.

En ese “señorita” hay un mundo. Un mundo viejo cubierto de caspa, mundo de faja y sacristía perfumado de mugre, bragueta y dentadura.

Asimetría, se llama puestos a ser correctos. O sea, que el ex ministro Wert jamás le habría espetado a un periodista un “Vamos a ver, señorito”.

Los partidarios del señoriteo se defienden pronunciando la palabra “galante” y también la palabra “cortesía”. Dan rodeos, ceden el paso, se ofrecen a pagar la copa y olvidan –o no— que se trataba de señalar a aquellas mozas que aún estaban sexualmente disponibles. Se solía preguntar a las mujeres jóvenes: “¿Señora o señorita?”. Y así uno sabía a qué atenerse, quedaba claro si la hembra ya tenía dueño o seguía libre.

No lo digo yo.

Ya en el Plan de igualdad del Instituto de la Mujer de 1988 se exigía eliminar la expresión “señorita” en los formularios administrativos. Literalmente: En el proceso de renovación del lenguaje administrativo se incluirá el control y eliminación, en su caso, de este tipo de discriminaciones en las circulares, impresos y formularios utilizados por la Administración.

La Unesco lo explica en esta guía (página 13) que publicó el Ministerio de Educación y Ciencia en 1991. Y hay más referencias, pero se trata, en resumen, de lo siguiente: la palabra señorita “distingue una mujer casada de una soltera”. Y en 2008 el Parlamento europeo publicó unas normas para las traducciones en las que se advierte que se debe evitar el término señorita en castellano, junto con otras recomendaciones de uso no sexista.

Todos estos detalles institucionales se los debo a Marisa Soleto, que me auxilia cuando me pierdo en literaturas, y me centra los datos.

A mí, lo primero que se me ocurre es acudir al diccionario de la Real Academia, ese bonito suelo de cemento contra el que nos estrellamos las mujeres cuando caemos del guindo.

O sea:

señorito, ta. Del dim. de señor.

  1. m. y f. Hijo de un señor o de persona de representación.
  2. m. y f. coloq. Persona, especialmente si es joven, a la que sirve un criado.
  3. m. coloq. Joven acomodado y ocioso.
  4. f. Término de cortesía que se aplica a la mujer soltera.
  5. f. Tratamiento de cortesía que se da a maestras de escuela, profesoras, o también a otras muchas mujeres que desempeñan algún servicio, como secretarias, empleadas de la administración o del comercio, etc.

 

Podría, llegada a este punto, arrancar una petición para que nuestra magna institución repare lo que ya lleva tiempo asumido incluso en los ministerios, y ya es decir. Pero no merece el esfuerzo. En asuntos femeninos, la cola es larga:

Mujer. Del lat. mulier, -ēris.

  1. f. Persona del sexo femenino. 2. f. mujer que ha llegado a la edad adulta. 3. f. mujer que tiene las cualidades consideradas femeninas por excelencia. ¡Esa sí que es una mujer! U. t. c. adj. Muy mujer. 4. f. Esposa o pareja femenina habitual, con relación al otro miembro de la pareja. 5. interj. U. para indicar sorpresa o asombro, o con un matiz conciliador, exclusivamente cuando el interlocutor es una mujer. ¡Mujer, no te enfades!
  2. Mujer de gobierno: 1. f. desus. mujer de su casa. 2. f. desus. Criada que tenía a su cargo el gobierno económico de la casa.
  3. Mujer de la calle: 1. f. mujer normal y corriente. 2. f. Prostituta que busca a sus clientes en la calle.
  4. Mujer del partido: 1. f. prostituta.
  5. Mujer fatal: 1. f. mujer que ejerce sobre los hombres una atracción irresistible, que puede acarrearles un fin desgraciado.
  6. Mujer mundana: 1. f. p. us. prostituta.
  7. Mujer objeto: 1. f. mujer que es valorada exclusivamente por su belleza o atractivo sexual.
  8. Mujer orquesta: 1. f. mujer que lleva sobre sí un conjunto de instrumentos que toca simultáneamente como espectáculo. 2. f. mujer que se ocupa de diversas tareas o funciones, simultaneándolas o compatibilizándolas.
  9. Mujer pública: 1. f. prostituta.

Nos olvidamos de todo esto, como acaba en el olvido aquella definición de sexo débil que tanto dio que hablar y sigue ahí. Somos lenguaje. En toda la historia de la Real Academia Española, no llega a una docena las mujeres que han ocupado silla, frente a los casi 500 hombres. Somos lenguaje, de eso se trata, ahí se sienta una de las explicaciones a todo este desastre. Afortunadamente, de vez en cuando llega de París un señorito y nos lo vuelve a recordar.


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