Opinion · Otras miradas

La falta de acceso a medicamentos básicos está creando una alarma social hasta ahora desconocida

Juan Manuel Garrote Díaz

Secretario General de la Organización Médica Colegial, promotora de la campaña ‘No es Sano’.

En 1855 se fabricó el primer medicamento sintético Phenacetin, del cual derivó el paracetamol y en 1899 se sintetiza por primera vez la aspirina a partir de extractos de corteza de sauce. Estos dos medicamentos tan vigentes hoy en día, fueron los dos primeros, y dieron paso a la farmacopea moderna. A lo largo del siglo XX se han dado unos pasos gigantescos en la evolución de los medicamentos que han conseguido, junto a la higiene y a la buena alimentación, aumentar la esperanza de vida en España de 34 años en 1900 a 82 en 2016. Medicamentos como los antibióticos, cardiotónicos, broncodilatadores o anticancerosos no solo han ayudado sobremanera a aumentar el número de años vividos, sino también la calidad de ellos.

La industria farmacéutica ha ido creciendo, junto a la mejora de los diagnósticos médicos, y el medicamento se ha convertido en un bien tangible para la humanidad. Desde aquel medicamento primigenio que ya sintetizó un laboratorio farmacéutico y a partir de elementos orgánicos hasta hoy, como todas las industrias, la evolución ha sido portentosa. Ya no se fabrican medicamentos específicos en las boticas, con los matraces y las balanzas de precisión, sino que ya hay fábricas de medicamentos que ajustan las dosis perfectamente, y evitan cualquier tipo de contaminación por otros productos.

Cada vez menos, y ya es casi testimonial, los medicamentos se descubren a partir de materia orgánica, no se buscan las plantas en los bosque brasileños, sino que ya se conocen miles de moléculas y su propiedades y se van buscando combinaciones que aumenten una potencia de acción, alarguen o acorten su tiempo de efecto o encuentren una acción desconocida hasta ahora. De tal forma que las grandes industrias farmacéuticas con potentes equipos de investigación que trabajaban en sedes propias ya son, en líneas generales, un recuerdo.

La investigación se realiza en este momento de forma deslocalizada, en pequeños o pequeñísimos grupos de estudio, que generalmente están vinculados a universidades u hospitales, trabajan en una línea y, a veces, encuentran un resultado novedoso o innovador en un medicamento y buscan un comprador. Esta nueva forma de encontrar medicamentos ha hecho que también se modifique la estructura conceptual de la industria farmacéutica, aproximándola más al mundo del negocio, de la compraventa, y alejándola del mundo de la investigación. Este cambio de estructura ha hecho posible que cada vez se sea más capaz de conocer los costes y los beneficios y ha posibilitado que el mundo del medicamento y las empresas que negocian en este sector, sea la tercera fuente de riqueza económica en el mundo.

Todo este desarrollo que a primera vista pudiera parecer muy tecnológico, tiene un componente social enorme. En un reciente informe, Farmamundi afirma que una de cada tres personas en el mundo no tiene acceso a medicamentos esenciales, y es así porque su precio lo hace inaccesible a ese grupo de personas desfavorecidas. Últimamente, un medicamento contra la hepatitis C, el sofosbuvir, ha conmocionado al mundo por un afán mercantilista, de tal forma que el laboratorio farmacéutico que compró la patente, en escasos meses había cubierto el coste del fármaco y a partir de este momento todo eran ganancias. Los estados, para evitar que la industria farmacéutica pierda, establecen una serie de años de propiedad de la patente para que compensen gastos y adquieran ganancias, pero en este caso, un medicamento que se podría vender con una ganancia para la empresa de 300 €, se vende por 40.000 euros, dejando a la economía dedicada a sanidad de muchos países tambaleándose. Es paradójico que el hecho de diagnosticar una enfermedad, sumado el sueldo de médicos, enfermeras, técnicos de laboratorio, edificios de atención al paciente, pruebas complementarias, etc.,  se acerque a los 100 euros y su tratamiento sea de 40.000 €. La especulación sobre la vida humana se hace insoportable.

Pero no es este el único argumento de lo que parece un abuso del poder económico sobre los estados y los países, la industria farmacéutica gasta más del 30% de su presupuesto en publicidad, marketing e influencia sobre el sector, de tal forma que el marketing ejercido sobre medicamentos es mayor que el que se hace sobre automóviles. ¿Y por qué es esto? Pues porque no todos los medicamentos son esenciales, algunos aportan innovación y mejora para la salud y otros en cambio son novedades, modifican alguna característica que no aporta nada sustancial, pero si permite aumentar el tiempo de propiedad de la patente, no poder fabricar un medicamento genérico y conservar un precio elevado.

Todo este entramado de interés económico que atenta sobre la salud de los pacientes y la equidad del sistema sanitario, ha tenido como consecuencia que movimientos ciudadanos intenten hacer oír su voz, como defensa de la vida, y es así como en torno al movimiento No es Sano diversas organizaciones y ONG se han agrupado para intentar ser oídos por las fuerzas políticas y económicas e intentar dar la vuelta a este sin sentido que provoca que los pueblos conozcan el remedio a sus enfermedades y no tengan acceso a ellos.

En el año 2015, la Organización Médica Colegial publicó un trabajo sobre la visión social y clínica del medicamento, del cual extrajo algunas conclusiones:

– En la aprobación de nuevos medicamentos debe garantizarse que representan alternativas eficaces y seguras, evitando la inclusión de nuevos fármacos que no hayan demostrado tales cualidades, muy especialmente al haber utilizado en los estudios muestras pequeñas de pacientes.

– La patente como valor nunca puede anteponerse al valor absoluto de la vida. En consecuencia el beneficio de la patente no puede estar por encima de los resultados en salud.

– En las autorizaciones de medicamentos por los organismos supranacionales (FDA, EMA) ocurren errores que dan por bueno un medicamento que no lo es, por benevolencia, por conflictos de intereses poco claros o porque no se publican los errores graves.

– El uso excesivo, insuficiente o indebido de los medicamentos tiene efectos nocivos para el paciente y constituye un despilfarro de recursos. La combinación de la formación y supervisión de la actividad profesional –auditorias clínicas- y resultados en salud, la educación de los consumidores y la garantía de acceso a los medicamentos esenciales en cantidades suficientes es eficaz para mejorar su uso racional

– No se publican todos los resultados de los estudios de investigación médica, falta transparencia al ampararse la industria investigadora en el secreto empresarial. El seguimiento de cualquier tratamiento busca obtener la máxima efectividad del mismo y en el caso del fármaco, minimizar los riesgos causados por su uso, mejorar la seguridad farmacológica, contribuir a un uso racional y mejorar la calidad de vida del paciente. Todo ello forma parte de la prescripción, todo ello son objetivos que debe realizar el médico.