La lucha continúa, Carlos, y la vamos a ganar

17 Abr 2017
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Alejandro Torrús
Redactor de Memoria Histórica de ‘Público’

Hace ya cinco años que me obligaste a sentarme frente a ti. A relajarme. A dejar de hacer preguntas y a reflexionar sobre una. “¿Crees que todo esto que hacemos es para reparar la historia y estar bien con nuestra memoria?”. Me lo preguntaste así. A bocajarro. Tímido y cortado, no sabía qué responder. Los periodistas siempre tenemos miedo a quedar como los inútiles que somos delante de nuestras fuentes. Balbuceé algo que no recuerdo muy bien y entonces vino la explicación.

Soy incapaz de entrecomillar aquellas palabras (nunca llegaría a la altura de lo que dijiste) pero viniste a transmitirme la idea de que esto no era Memoria Histórica o, al menos, no sólo era eso. Me hablaste de que la lucha por la Justicia de las víctimas del franquismo es presente y futuro, nunca pasado. Por nuestro presente y por el futuro de las nuevas generaciones. De que se haga Justicia con nuestros mayores depende que nosotros podamos vivir en un país mejor, que garantice mejor nuestros derechos y que nos asegure que nunca más volverá a pasar lo que pasó. Y que nunca más quedará impune. Además, añadiste a la ecuación el componente internacional. “Si hoy violan los derechos de los argentinos, mañana podrán ser los tuyos. La justicia universal no es más que aplicar la solidaridad entre los pueblos”. De esa frase sí que me acuerdo. Cómo olvidarla.

Hoy te has ido. Pero con nosotros queda todo lo que nos has enseñado. Nos queda tu ilusión, tus ganas de luchar y tu convencimiento de que la lucha por los Derechos Humanos siempre se gana. Recuerdo uno de tus excelentes discursos sobre la pronta victoria de las víctimas del franquismo. Levantaste al público, que te aplaudía con fervor. Te pregunté que por qué decías que todo iría bien si casi nunca sucede con las víctimas más humilladas de este país. Me dijiste entonces que la lucha por los Derechos Humanos siempre se ganan, pero que las batallas son largas y hay que mantener a las tropas con ilusión y con ganas de luchar.

Y aquí seguimos, Carlos. En la lucha. Tú nos enseñaste que aquellos que cierran hoy las puertas de la justicia universal en España, que aquellos que niegan la justicia para las víctimas de la dictadura, que protegen al torturador Billy el Niño, que nos impiden buscar a los bebés robados… no son más que cómplices de un genocidio. Que podrán acumular todos los cargos, insignias, poder y medallas, pero que nunca tendrán nuestro respeto.

Dice el famoso tango, ese que tanto nos gustaba, que el siglo XX fue y será una porquería. Y vaya si lo fue. Que los que hoy se llaman señores bien pueden ser ladrones. Y eso que cuando se compuso Cambalache la inmensa mayoría de tragedias del siglo XX todavía no habían tenido lugar. El siglo XX aún tendría que ver aún, entre otras barbaridades, la Guerra de España y la feroz represión franquista que se extendió durante 40 años, el asalto al Palacio de la Moneda, la dictadura militar argentina y sus viajes de la muerte y tantas y tantas invasiones.

Por eso tú fuiste tan importante, Carlos. Porque si en el siglo XX, como dice la canción, nos hemos revolcado en el lodo de los cochinos… tú, Carlos, tú nos ayudaste a limpiarnos, a ponernos ropa limpia y a salir ahí fuera a pelear por nuestra dignidad y por la de los nuestros. Y tu batalla fue infatigable. Ni una maldita silla de ruedas pudo frenarte. Afrontaste con una sonrisa cada uno de los reveses de la vida y para colmo tenías una broma que gastar a cada uno de los que te rodeábamos. “Che, Alejandro, ¿que nos hizo el Elche hoy? ¿Ganamos la Liga o nos están robando?”, me decías a menudo.

Hoy solo se me ocurre despedirme de ti lanzándote el mensaje que tantas veces me mandaste tú a mí. Que la lucha sigue. Que nunca termina. Y así será, Carli. Tienes todo mi compromiso de que no vamos a parar ni un segundo. Que vamos a seguir denunciando injusticias, tejiendo redes, construyendo solidaridad y siguiendo tu ejemplo. La lucha sigue, Carlos, y vamos a ganar.

Gracias por tanto. Gracias de todo corazón.


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