Tu obituario, el barrio

20 Abr 2017
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Andrea Momoitio
Periodista

“No solamente nuestros recuerdos, sino también nuestros olvidos, están alojados”

La Poética del Espacio, Gastón Bachelard

El barrio en el que nos conocimos está abarrotado de carnicerías halal, de tiendas de electrónica, de muebles de segunda mano, de ultramarinos gestionados por población china, de bares de toda la vida, de estudios de arquitectura, espacios de diseño de moda; de iniciativas sociales déspotas, de pequeños proyectos de intervención social, de banderas de Ongi etorri errefuxiatuak, de idiomas de todo el mundo, de prostitución, de droga, de basura, de policía, de cámaras de seguridad, de dependencia, de redes, de solidaridad; es un barrio en el que se se trapichea con descaro y necesidad, donde huele a pegamento y nos damos de bruces con nuestro racismo. Llevo viviendo por aquí, en distintas casas, desde hace más de ocho años y estas calles me han enseñado infinidad de cosas. Algunas, prefería no haberlas aprendido, pero esa de la que no estoy orgullosa también soy yo. Estas calles son el único escenario posible para todos los aprendizajes de calle que él me ofreció con una generosidad que define también la impronta de este barrio. Aún es pronto para que hable de él sin que un nudo me tome el estómago y como estoy leyendo a Bachelard escribo de las calles que nos vieron ser amigos para que nuestra historia no sea poesía perdida, para que su vida no quede en el olvido, para que su sonrisa siga tan presente en estas calles como lo está en mí. Nuestros recuerdos construyen ciudad.

Es una zona muy céntrica de Bilbo que está viviendo ese proceso que desde la sociología se ha llamado gentrificación. La palabra es impronunciable y sus efectos, devastadores: suben los precios de los alquileres a un ritmo vertiginoso, la gente más mayor se queda sin espacios, la presencia policial aumenta para proteger los intereses comerciales, las aceras se ensanchan para que quepan más terrazas, aumentan las iniciativas para abrir el barrio al mundo obviando que el mundo ya está aquí dentro. Ahora, en unos soportales en los que dormían cada noche algunos personas, han abierto un bar precioso. Lo han llamado Happy River, con tó el deskaro, que dirían las Tremenda Jauría. De un vistazo, mi barrio no se ve, por eso quiero contarlo. Quiero contar que en este barrio vivimos con dificultades, sin lograr una convivencia real, pero que resistimos ante la violencia institucional y policial que nos limita a todas; que mi vecina canta por las mañanas y mira mal a los moros de nuestro portal; que M. engancha del pescuezo a los chavales que intentan robar; que en El Chicote los botellines cuestan un euro y en el Berebar se come de lujo; que el vino dulce de el gallego es un vício y que me encantan los pelos morados de la madre de A.; que las gitanas de la plaza me vacilan desde que bailé con ellas en una fiesta de pijamas; que a veces voy al Bihotz porque ponen buena música y buena cerveza, pero que siempre me enfado con los precios; que la gente de Solidaridad Internacional tiene amplis que nos suelen dejar para fiestas; que en Médicos del Mundo trabaja P.; que en Las Cortes hay una pollería a la que nunca voy porque soy vegetariana; que me robaron un móvil que nunca recuperé mientras escuchaba música; que la policía se maneja demasiado bien en la violencia; que los puerros de Ultramarinos Romaña están de muerte; que P. lleva piezas al chatarrero, pero nunca le dan más de un euro; que las mejores palmeras de Bilbo se venden al lado de la redacción de Pikara, que antes era un sexshop; que cerca tenemos una tienda de alfombras pijas; que siempre me compro algo en el Mercadillo y que en el Kremlin no dejan de programar actividades; que hay gente muy lista en el barrio haciendo cosas con nombres en inglés; una vez al año tenemos la Gau Irekia; que Arroces del Mundo es todo un acontecimiento y tengo fichados todos los bares que no hacen huelga; que, en mi barrio, nada es fácil y todo es extraordinario; que aquí me he enamorado y desenamorado, que el hermano del frutero lee a Foucault entre zanahorias y que, a pesar de los años, S. sigue sin fiarse de mí y me persigue por los pasillos de su tienda; que las aceitunas de la tienda de debajo de casa deberían estar prohibidas, pero no tan prohibidas como el café de El Nervión; que el cuscús de Marhaba es el más rico; que yo creía que la msemen de queso y miel de debajo de mi casa podría despertar a un muerto, pero tengo que asumir que nadie ha vuelto del más allá desde que lo descubrí.

Era sábado. No me cabe la menor duda, aunque ha pasado mucho tiempo desde aquel sábado. Rompí el embrague del coche y le llamé llorando. Salió de casa corriendo y fue a buscarme muerto de risa, muerto de mentira. No como ahora. Llevaba unos vaqueros cagados y una camiseta negra, que le quedaba enorme. Todo era demasiado grande para él aunque nadie sabe bien todo lo que podía caber en un cuerpo tan pequeño como el suyo. No quiso conducir y me enseñó a hacerlo sin embrague. Manchamos unas cuantas nubes aquella tarde. El cielo suele estar tan gris en Bilbo, así que quizá nadie se dio cuenta. Me enteré hace un par de meses de que había muerto. Desde entonces estaba pendiente este homenaje con la música de su Sabina de fondo, que yo escucho entre canción y canción de Vetusta Morla. Nunca podríamos habernos encontrado en otro lugar, ninguna calle ordenada y sin conflictos podría sostener estos recuerdos.


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