Hot Girls Wanted Turned On

06 May 2017
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Erika Lust
Directora de cine, guionista y productora

El pasado Viernes 21 de abril se estrenó la serie documental de Netflix Hot Girls Wanted: Turned On. Se trata de la secuela del polémico documental Hot Girls Wanted que llamó la atención del mundo en el 2015 por exponer el funcionamiento de un nicho de la industria de la pornografía: el porno amateur en la ciudad de Miami. El documental seguía la historia de unas chicas de 18 años y su agente Riley Reynolds aportando estadísticas y datos demoledores.

Producido por la actriz Rashida Jones, el documental fue premiado, alabado en medios de gran prestigio y generó asombro entre el público; era un documental duro y para muchos su primer encuentro con lo que pasa detrás de las cámaras de lo que ven luego en casa. Aunque también sufrió una crítica feroz por parte de la industria pornográfica, acusándolo de seguir victimizando el trabajo sexual ante la sociedad, tener un juicio moralista y no reflejar la realidad de una industria enorme y consolidada que ellas desconocían. En mi opinión, y tal como han repetido tanto Rashida como las co-productoras Jill Bauer y Ronna Gradus, el documental únicamente se centró en un nicho de la industria, el porno amateur que tiene base en Miami, sin que su intención fuera en ningún momento hacer un retrato de una industria tan grande y que desconocen por completo. Lo repitieron hasta la saciedad. Era un inicio, un punto de partida, no dejando de ser esta una historia completamente real.

¿Toda la historia? No, por supuesto que no. Sabían que había mucho más. Positivo y negativo. Este ha sido precisamente el punto de partida para esta secuela por la que el verano pasado Rashida Jones y su equipo me contactó para conocer otras historias dentro del sector adulto. En muchas ocasiones, ya he dicho que yo nunca he considerado ser parte de la industria pero sí creo una alternativa al producto de esta y trabajo con performers maravillosos que trabajan tanto en la industria tradicional como en la escena indie, y que como trabajadores sexuales tienen que lidiar en muchas ocasiones con la condena social de esa gente que luego sí consume su producto.

Tanto mi historia como la de la fotógrafa, directora y productora asentada en Los Ángeles, Holly Randall, se entrelazan en el primer episodio de la serie Women On Top que únicamente ha recibido alabanzas y que ha sido dirigido por la misma Rashida. Aparece también una maravillosa Suze Randall, madre de Holly, quién fue la primera fotógrafa que trabajó para Playboy. Como ella dice, consiguió meterse en el ‘club de los chicos’. Nuestras historias son muy distintas, pero ambas son narradas desde una luz positiva que alaba nuestro trabajo y los cambios que hemos aportado creando un espacio seguro para los trabajadores de la industria y un cine que respeta a la mujer y crea una representación fidedigna de la sexualidad humana.

Este documental consta de seis episodios que en realidad van mucho más allá de la industria pornográfica. Se centra en la interacción de la tecnología, el sexo y las relaciones humanas, algo que nos influye directamente a absolutamente todos. Trata desde el uso de aplicaciones online como Tinder, un nuevo tipo de trabajo sexual donde la mujer tiene más control ‘el webcamming’, hasta que es exactamente lo que lleva a una adolescente a emitir en directo la violación de su mejor amiga via Periscope. Sí, leéis bien. Este es un documental que supone una provocación a repensarnos como sociedad. Pero para mi supone algo más. Como sociedad global consumimos sexo a todas horas; no necesariamente en forma de porno sino también como herramienta de marketing. Sin embargo, luego como masa crítica no respetamos el trabajo sexual como lo que es: trabajo. Marginamos, estigmatizamos, criticamos y condenamos socialmente a las mujeres que lo ejercen (curiosamente siempre a las mujeres, no a los hombres que lo ejercen) y con ello hacemos que la industria sea aún más hermética ya que vive esa condena y de manera natural se solidariza y protege.

Si dejamos de consumirla en nuestra hogar pero condenarla en la calle y decidimos abrir los ojos y escuchar e investigar sus aspectos positivos y sus aspectos negativos puede que ayudemos de verdad a esos trabajadores que decimos querer proteger y defender. Nos lo dicen y no escuchamos. En la industria del porno existe un racismo rancio que sería intolerable en cualquier otro sector por ejemplo, pero nadie se entera. El tercer episodio lo explica a la perfección. Una mujer tiene una tarifa distinta por realizar lo que llaman “interracial”. Este se considera una escena de sexo entre una mujer blanca y un hombre negro. Ella cobra más por realizar este tipo de porno y a su vez puede poner en peligro su reputación en la industria. Así de asombroso pero real. La discriminación racial en el lugar de trabajo es completamente ilegal. Sin embargo, campa a sus anchas en la industria del porno. ¿Porqué? Porque condenamos tanto a esa industria que no creamos un espacio donde hablarlo y poner una solución a estas injusticias como sí lo hacemos públicamente con otros sectores. Miramos constantemente hacia otro lado.

Es por esto que estoy enormemente agradecida porque Rashida y Netflix hayan decidido crear este espacio. Confío en que irán produciéndose más documentales hechos también desde dentro de la industria que se atrevan a exponer lo malo y a celebrar lo bueno. Os animo a ver el documental en Netflix, y sobre todo a escuchar más, a debatir más y a condenar menos.


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