Juncker y la falaz promesa del federalismo europeo

17 May 2017
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Albert Buyé Grau
Analista

Los primeros días de mayo habrían sido un auténtico infierno para el presidente de la Comisión Eruopea, Jean-Claude Juncker, si el pasado domingo Emmanuel Macron no hubiera ganado las elecciones presidenciales francesas. Lo que debía ser una cena para acercar posiciones respecto al Brexit con Theresa May, acabó con la filtración del fracaso del diálogo entre ambas partes. Seguidamente, May afirmó que Bruselas pretende interferir en las próximas elecciones británicas. En dos actos públicos días después, Juncker bromeaba sobre la utilidad del inglés en la UE y, posteriormente, evidenciaba una actitud errática cercana a la indisposición en la recepción de un acto de Naciones Unidas.

Pero Juncker es un superviviente como demuestra el hecho de que haya participado en todas las principales decisiones que han afectado a la UE durante las tres últimas décadas. Aprovechando la influencia de su predecesor como primer ministro de Luxemburgo y figura clave en el proceso de integración europea Jacques Santer, Juncker desempeñó un rol importante en la elaboración del Tratado de Maastricht y la creación del euro. Como presidente de Luxemburgo, Juncker ocupó un asiento en el Consejo Europeo durante la ampliación de la UE con la integración de los países del Este y en el fracaso de la constitución europea. Pero sin duda, Juncker adquirió mayor notoriedad global como primer presidente del Eurogrupo, que obtendría un rol destacado como parte de la Troika en las negociaciones de la crisis de la deuda griega.

Todos estos cargos demuestran que Juncker cree genuinamente en unas instituciones comunitarias fuertes, con una agenda e intereses propios que puedan trascender a la de los estados miembros. Por eso, desde que asumió la presidencia de la Comisión en 2014, Juncker recibe la etiqueta de federalista, especialmente por parte de la prensa anglosajona que le atribuye este calificativo de forma peyorativa. Pero el supuesto federalismo de Juncker, desmentido por él mismo en más de una ocasión, parte de la teoría de integración europea propuesta por el diplomático francés Jean Monnet, considerado uno de los padres de la UE. Éste planeaba la integración tal y como se ha producido hasta ahora, a través de la formación de instituciones comunitarias que progresivamente pretendían definir una estrategia económica y política común, procurando que los intereses de los estados miembros convergieran en unas mismas prioridades.

El modelo de Monnet, que no discute la soberanía nacional de los estados miembros, prevaleció sobre las propuestas federalistas más radicales como la del político italiano Altiero Spinelli, que optaba por la creación de una federación europea que superara los límites del estado nación. El blindaje de las soberanías nacionales es la principal razón por la que Juncker es esclavo de la voluntad de los gobiernos de los estados miembros. Por eso, sus bienintencionados proyectos en clave federalista como el bautizado “Plan Juncker” de inversión público-privada resultan fútiles. Este proyecto de estímulo económico anunciado en 2014 y dirigido paralelamente entre el Banco Europeo de Inversiones (BEI) y la Comisión, buscaba una mayor legitimidad de esta última institución tecnócrata ante el electorado europeo. Dos años después de su anuncio, el plan parece lejos de lograr generar los 315.000 millones de euros proyectados para inversiones, muestra disfuncionalidades en canalizar los estímulos hacia los estados con mayores necesidades y presenta programas de financiación calcados a los del BEI.

Pero por muchos proyectos de estímulo que Juncker pueda plantear, el renqueante federalismo europeo tal y como lo concibió Monnet encalló en la década de los 2000 con el fracaso de la constitución europea, rechazada por la ciudadanía de algunos estados miembros, y la crisis de la deuda europea a finales de la misma década. El primer contratiempo se produjo después de que la población francesa diera la espalda a ceder más soberanía a Bruselas por diversas razones, entre las cuales se encontraba la de diluir su liderazgo en el proyecto europeo dentro de una UE con unas instituciones más poderosas formada por 25 estados. En el segundo caso, el dictado de la austeridad alemana evidenció la total sumisión de las instituciones de la UE a las maniobras de los países más ricos liderados por Berlín.

La actual situación de precariedad en la que se encuentra la UE tiene su reflejo más fiel en la figura de Juncker. El diario Político publicaba a mediados de 2016 las declaraciones de figuras políticas y diplomáticas en Bruselas que hacían un pésimo balance de los dos años de la presidencia de Juncker. Las críticas le tachaban de figura irrelevante, marginada por los líderes en negociaciones importantes como las del acuerdo con Turquía para limitar el flujo de refugiados. Otros reproches apuntaban a su cortoplacismo mientras altos cargos de la Comisión aseguraban que la falta de una estrategia política global provoca que la Comisión tenga que improvisar soluciones ante los problemas que tiene que ir afrontando.

Esta poca amplitud de miras combinada con la antigua esperanza federalista de Monnet, hacen de Juncker uno de los altos cargos más beligerantes con los líderes británicos  con motivo del Brexit. Asumiendo el rol de padre castigador como estrategia negociadora pero también con el despecho de quien se siente traicionado, Juncker ignora que el Brexit puede suponer una nueva manera de afrontar la integración de la UE en el futuro.

Una mayor integración europea tiene que venir de la convicción de las instituciones comunitarias de que una Europa a diferentes velocidades no solo es una realidad sino que es una necesidad. Cuando los estados miembros tengan la flexibilidad de poder escoger su grado de implicación en los grandes proyectos comunitarios como en política económica, comercial, de defensa o libertad de movimientos, la UE resultará más atractiva para sus socios. Si, además, se incrementa la interacción en parlamentos nacionales y la Eurocámara, se empezará a solucionar el eterno problema del déficit democrático de la UE. Cada paso a una mayor integración debe contar un amplio apoyo democrático que a menudo ha sido obviado tanto por las élites políticas nacionales como por las comunitarias. Es por ello que tiene que ser la población quien decida si la integración es deseable y hasta qué punto es aceptable. Es esta falta de capacidad de Juncker para entender que la UE tiene que ser flexible en lugar de irreversible lo que ancla a la organización en los errores del pasado que mantienen a la UE varada en un estado de influencia menguante dentro de un panorama global multipolar.


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