Orgullosa y viva

17 May 2017
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Andrea Momoitio
Periodista remasterizada y coordinadora de @pikaramagazine

Al pensar en el día en contra de la homolestransfobia me vienen muchas cosas a la cabeza. Bueno, no. Matizo: Me vienen muchas personas a la cabeza. Me viene Joan, el gerente de un hostel  de Barcelona que me dijo por e-mail que no había problema con mi lesbianismo siempre y cuando fuera discreta; un chaval que me gritó “Bollera de mierda” en la puerta de El Balcón de La Lola; el abuelo de una chica con la que salí un tiempo que decía que “las tortilleras daban asco”; el tipo que nos agredió un 26 de abril mientras celebramos el día de la visibilidad lésbica; el que me tocó el culo una noche en fiestas de Santurtzi porque ver cómo me enrollaba con otra mujer le despertó su violencia más primaria; la cara entre susto y pena que puso una de mis abuelas cuando supo que era bollera; el día que mi amama dijo que mi lesbianismo no era nada que debiera decirse por teléfono a la familia de Asturias; todo el tiempo que mi padre tuvo memorizada a otra de mis novias como la “amiga de Andrea”; una chica de Palencia, que me besó una noche y luego me pidió por SMS que jamás se lo contase a nadie; mi primera novia, que me ha condenado al ostracismo al negarme, incluso, de sus recuerdos; la familia de S. que me mira con recelo porque creen que mi bollerío tuvo algo que ver en la transición de género de su hija; un imbécil del pueblo al que iba en verano y al que tuve que pegar un puñetazo porque llamó “maricón” a uno de mis mejores amigos. Me acuerdo también de su madre porque apareció en mi casa pasadas las diez de la noche para recriminar a mi familia aquel golpe, que repetiría con gusto hoy. De nada sirvió su sermón. Ni ninguno de los que he recibido desde entonces.

Empecé en el cole concertado, del que quedan algunos resquicios de moral judeocristiana en mí, con tres añitos. En ese mismo sitio habían estudiado también mi madre y mi tía y, después, allí aprendió a multiplicar mi hermano. Éramos una clase pequeñita en la que prácticamente todas éramos mujeres. Allí nunca me hablaron de diversidad. Nunca me animaron a celebrar las diferencias; sólo recuerdo un par de horas de educación sexual y, desde luego, nadie me tendió la mano para poder expresarme desde mi disidencia de género. No me explicaron que podía huir de aquello que alguien había programado para mí: conocer a algún chico del pueblo y rezar para que me tocase una vivienda de protección oficial. Hui porque leí a Wittig, que me explicó que las lesbianas seguimos siendo desertoras de la categoría “mujeres”. Vaya, que si el patriarcado fuera la mili, yo me libro por bollera. Eso no quiere decir, claro, que lo que queda sea mucho mejor. Es diferente. A veces igual de violento, de normativo.

No nos enseñaron que la justicia social tiene que trascender la idea de subsanar las diferencias para celebrar la diversidad; que la lucha contra la LGTBfobia no puede centrarse en conseguir la aprobación de la ley que nos proteja de la violencia sino que tiene que ir de la mano de los movimientos antirracistas y feministas para tratar de construir un mundo que se considere así mismo más rico según lo heterogénea que sea su ciudadanía. Estamos aún muy lejos de esto. Desde las instituciones públicas promueven campañas y políticas que pretenden que el resto de la ciudadanía nos respete, no que nos valore; buscan que no nos agredan, pero, desde luego, no que nos abracen. De todas formas, los avances son evidentes y, hoy, ser bollera en el Estado español es un poquito más fácil que hace unos años. Gracias a todas las que os habéis dejado la piel en las calles para que hoy, nosotras, seamos un poco más libres.

Pienso en todas ello mientras suena ZOO y su maravillosa Estiu, en la que cantan que la “l’auto-compassió és una condemna”. No hace falta traducción, ni matices ahora. Significarme como lesbiana, contarlo, escribirlo, parecerlo, sentirme bollera, enamorarme de mujeres, vivir y follar con ellas o amar por encima de mis posibilidades, entre otras emociones asociadas a intentar ser libre,  ha sido tan doloroso como placentero, tan bonito como traumático, tan explosivo como limitante, pero he llegado hasta aquí. En pie. Feliz. Orgullosa. Viva. Esto último, sobre todo, no pueden decirlo todas. Recuerdo entonces también a Natalia Gaitán, asesinada en 2010 en Argentina por el padrastro de su novia, que convirtió en violencia explícita su educación. Sí, pienso en todas ellas, pero sigue sonando ZOO e intento entonces recordar que escribí un artículo lamentándome por la actitud de Joan, que tuvo cientos de visitas y me llenó de amorcito; que ahora sabría contestar al chaval que un día me gritó “Bollera de mierda” en la puerta de El Balcón de La Lola; que el abuelo de aquella novia nunca preguntó con quién se acostaba su nieta y murió feliz; que el movimiento popular de Bilbo respondió con cariño a la agresión que sufrimos aquel 26 de abril; que en fiestas de Santurtzi no estuve sola cuando tuve que enfrentarme a aquel tipo; que mi familia de Asturias ya sabe que soy bollera y mi abuela ha tratado con cariño a todas mis novias, que mi aita ya habla con naturalidad de mis parejas y que la chica de Palencia, probablemente, se arrepienta de aquel SMS; que mi primera novia me lee orgullosa, que S. es feliz lejos de su casa; que aquel imbécil está tan lejos de mí como ese verano y que mi familia me defendió ante su madre al saber por qué le había pegado aquel puñetazo.


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