La banalidad del mal

20 May 2017
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María Márquez
Universidad de Sevilla

En la puerta de Damasco, en Jerusalén, la joven palestina de 16 años Fátima Hieiji fue ejecutada extrajudicialmente por cinco soldados israelíes, que dispararon contra ella 20 veces desde diferentes direcciones . Aunque la víctima cayó al recibir el primer disparo en el pecho, los soldados siguieron disparando contra su espalda cuando yacía en el suelo. Según la versión de la policía israelí, los militares “neutralizaron” “con determinación y profesionalidad” a la niña, que intentaba agredirlos con un cuchillo. Sin embargo, testigos presenciales refieren que Fátima estaba de pie, a más de 10 metros del grupo de policías y militares, cuando uno de ellos comenzó a gritar “¡cuchillo, cuchillo!”, alerta que dio paso a la “ejecución a sangre fría” denunciada por la Autoridad Palestina.

El suceso repite la misma pauta de hechos similares ocurridos en años anteriores; en todos ellos, según la versión de la policía israelí, los militares actúan para defenderse de supuestos intentos de agresión por parte de las menores, aun cuando testigos presenciales -y, en ocasiones, fotos y vídeos- han mostrado que no suponían ninguna amenaza para la vida de otras personas. Así le ocurrió también a Iman al Hams, que “resultó alcanzada por 20 disparos en diferentes partes del cuerpo” cuando se dirigía a la escuela con dos compañeros (cadenaser.com 5/10/2004). Aunque la estructura sintáctica logre atenuar la responsabilidad de los soldados al presentar “los disparos” como agentes, que, de modo fortuito, alcanzan el cuerpo de la víctima, naturalmente fueron aquellos los que, desde su torre de observación, y sin ninguna agresión o amenaza previa, abrieron fuego ocasionando que Iman huyera. En su fuga, dejó tirada en el suelo su cartera, que fue acribillada por los soldados, quienes dispararon a continuación, 20 veces también, contra la niña.

En bastantes de los casos difundidos, la cámara móvil de algún testigo recoge la dramática escena de los militares que rodean el cuerpo herido impidiendo acercarse a ambulancias o a cualquier persona que pudiera prestar socorro. Las víctimas mueren, en absoluto desamparo, desangrándose. Con frecuencia, los cadáveres son retenidos y no son devueltos a la familia hasta pasados algunos meses. En la foto difundida (El Español, Venezuela 9/05/2017), Fátima yace en el suelo con la cara descansando sobre los adoquines de la ciudad vieja de Jerusalén, la mano en la mejilla, recogida en sí misma en un gesto definitivo de aparente paz. Alrededor, vigilantes con sus armas prestas, los hombres que la acaban de matar.

Llama la atención el silencio unánime de la prensa: ninguno de los periódicos nacionales publicó la noticia. El diario venezolano El Español la difunde como detalle para criticar la manipulación del miembro de Podemos Juan Carlos Monedero, quien se refirió al trágico suceso para evidenciar la falta de coherencia del PP, que, al día siguiente del asesinato, exigía al gobierno de Venezuela “respeto a la democracia”, “garantía de la separación de poderes” y “liberación de los presos políticos”, mientras miraba hacia otro lado ante la brutal violación sistemática de todos los derechos humanos, y específicamente los de la infancia, en el territorio ocupado por Israel. Son ya decenas de niños supuestamente terroristas los que han sido asesinados en 2015, 2016 y 2017 por militares israelíes, la penúltima de ellos el pasado 24 de abril. Medios afines a la causa palestina señalan que, en el caso de Fátima y de otras víctimas, los propios soldados colocan el arma en el escenario. Algún vídeo muestra la estela que deja el cuchillo arrastrado hasta llevarlo cerca del cadáver. Los asesinatos ocurren en el marco de la Tercera Intifada de Jersusalén, que comenzó a mediados de octubre de 2015, respuesta palestina a las restricciones de la autoridad israelí a la entrada a la Mezquita Al-Aqsa, lugar sagrado para los musulmanes.

La apelación a la “profesionalidad” y “determinación” con la que los militares israelíes justifican las supuestas agresiones recuerda los argumentos utilizados por los abogados de Adolf Eichmann, teniente coronel de las SS, juzgado y acusado en Israel (1961) por genocidio contra el pueblo judío durante la Segunda Guerra Mundial y por crímenes contra la humanidad. Eichmann trató de convencer al tribunal de que el único móvil que le guio fue el del trabajo bien hecho, la obediencia y lealtad a la voluntad de sus superiores. A partir de ahí, defendió que no existía relación alguna entre sus motivaciones y el resultado de sus acciones. Por tanto, los millones de seres humanos asesinados en las cámaras de gas de Auschwitz se convertían en meros “efectos secundarios”, “daños colaterales” del tan venerado “instinto de profesionalidad”, virtud sagrada en la moderna ética del trabajo.

Hannah Arendnt, presente en el juicio como enviada de la revista The New Yorker, acuñó la expresión “banalidad del mal” para hacer referencia a esa posibilidad de hacer el mal sin intención malévola, de forma irreflexiva (Eichmann en Jerusalén). El análisis de Arendt fue objeto de gran controversia por parte de quienes consideraron que negaba la responsabilidad del miembro de las SS, a quien presentaba como un individuo perfectamente normal, sin ningún tipo de patología mental, un ser anodino, una criatura corriente, el perfecto ejemplo del burócrata puro y duro descrito por Max Weber, un hombre racional y frío que aparta las emociones y todo lo que le distrae de sus objetivos profesionales: sensaciones, recuerdos, sentimientos… Lógicamente, ni rastro de compasión, vergüenza o culpa.

Cierto es que, en todos los sistemas legales modernos, la intención de obrar mal es condición necesaria para la comisión de un delito. Es también cierto que en estas sociedades nuestras tan complejas, caracterizadas por dinámicas con una lógica propia, la responsabilidad se difumina y la dificultad para identificar las causas y los agentes de los conflictos y de las crisis se presenta como insalvable, pues el mundo interconectado supone la acumulación de una gran cantidad de riesgos imprevisibles debido al contagio, a los efectos de cascada, que amplifican y profundizan los desastres (D. Innerarity). Es el nuestro un mundo sin límites, borderline, “desbocado” (Giddens), sin otra regulación que la “natural” de los mercados; un mundo de “irresponsabilidad organizada” (Beck). En definitiva, un mundo que precisa una redefinición de las viejas categorías, como la de la responsabilidad, de modo que, adaptada a la complejidad de nuestras sociedades, vaya más allá del problema moral de la culpa e incluya no solo la intencionalidad, sino también los efectos, previsibles o no, de nuestros actos.

Por el momento, difuminada la responsabilidad de los agentes de hechos monstruosos, como los perpetrados en Auschwitz, Hiroshima, Iraq, Siria, Palestina, o la de los actos terroristas reivindicados por DAESH, nos queda solo una angustiosa evidencia: “crece el mal por razones que ignoramos” (César Vallejo). Nos enfrentamos a la imposible tarea de integrar en nuestra imagen del mundo y del ser humano actos brutales que chocan con nuestros esquemas cognitivos y nuestras categorías morales. Quizás para evitar la alarma, confusión, ansiedad y desconcierto que provocaría asimilar tales hechos, los medios de comunicación los invisibilizan, como en el caso de Fátima, o los desdibujan a través de una estrategia de trivialización de la muerte (Z. Bauman, Miedo líquido). Es así como, sin un análisis riguroso de las causas profundas de los conflictos, contemplamos diariamente en nuestras pantallas los asesinatos más crueles, una brutalidad desprovista de gravedad y de dolor, masacres aparentemente inexplicables, la retransmisión de bombardeos en una presentación que recuerda a los juegos de la tecnología más sofisticada; o la caída de “la madre de todas las bombas” a cámara lenta, con un fondo de música cool… Por no analizar la denominación de las operaciones de guerra: “Arco iris sobre las nubes”, “Hierro naranja”, “Espíritu del otoño”, “Paso oriental”, “Primera lluvia”, “Cielos azules”, “Nubes de otoño”, etc., que provocan en nuestra mente una inquietante disonancia cognitiva.

Sin embargo, esta trivialización de la muerte no conjura el efecto devastador del mal, solo lo difumina y lo expande permitiéndole penetrar por las grietas más sutiles de nuestra desasosegada vida cotidiana. Naturalizándolos, quitándoles gravedad, permitimos que los males “se hinchen y se agranden”. Y aunque, concretamente, nadie sea responsable, todos somos una amenaza para los demás. Ya no necesitamos demonios: cualquiera de nosotros, en las circunstancias apropiadas, puede transformarse en un monstruo. Y el mal yace, latente, en el lugar más insospechado

Es el precio de la falta de conciencia y de la evitación de la responsabilidad: podemos vivir una existencia donde el mal y la muerte se han trivializado, pero no conseguimos escapar del miedo, porque “mal y miedo son gemelos siameses… quizás sean incluso dos nombres distintos para una misma experiencia: uno de ellos se refiere a lo que vemos u oímos, y el otro a lo que sentimos; uno apunta al exterior, al mundo, y el otro al interior” (Z. Bauman). No miraremos el cuerpo acribillado de Fátima, nos liberaremos de ese punzante dolor garantizando la comodidad y el orden de nuestra vida, pero esperaremos ansiosos al enemigo al doblar cualquier esquina.


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