Orgullosa de ser millennial, una generación castigada y esperanzada

13 Jun 2017
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María Navarro
Periodista @mariapuntoes

¿Vale la pena ser millennial? A mi modo de ver, sí. Estoy orgullosa de ser millennial aunque seamos una generación que ha sufrido en sus carnes la crisis y la precariedad. Aunque, a pesar de haber vivido y apoyado el 15M no podemos decir alto y claro que otra forma de participación ciudadana es posible. Aunque sigamos escuchando lo buena que es la ‘movilización exterior’ cuando nos están echando del país en busca de un trabajo y una vida digna. Pero, no. No lo achacamos a una generación como pueden hacer otros que, incluso, se permiten el lujo de confrontar a generaciones.

Estoy orgullosa de ser millennial aunque tenga que leer que lo único que nos importa “es el número de likes, comentarios y seguidores en redes sociales”. No es cierto. Y, para conocer “una sola idea millennial que no fuera un filtro de Instagram o una aplicación para el teléfono móvil” bastaría con pasearse por las facultades de este país y muchas, muchas empresas para saber de lo que estamos dispuestos a hacer, en muchos casos a cambio de 300 euros. No porque seamos mejores o peores, sino porque somos jóvenes y tenemos ganas de trabajar. Unas ganas de las que algunos de otras generaciones se aprovechan. Por suerte, a mi no me ocurre. Porque soy una de esas afortunadas que tiene trabajo, le gusta y le pagan bien por ello. Porque, si hay algo que define, entre otras muchas virtudes y defectos, a esta generación es la precariedad generalizada. Y eso que se ha acusado a los millennials de que  no exista “constancia” de que “hayan crecido con los valores del civismo y la responsabilidad”. ¿Acaso no es una muestra de civismo que una generación golpeada por la crisis haya apoyado un cambio político en España pacíficamente a través de herramientas de participación ciudadana? ¿Es eso “indiferencia”?

Nuestros padres vivieron mejor que nuestros abuelos, y estos unos años horribles por los que seguían sin contarnos qué ocurrió para que no se repita. Creo que, aunque son épocas distintas, siempre hemos aprendido las distintas generaciones entre sí. Porque errores hemos cometido todas las generaciones. Millennials incluidos. Pero, ¿cómo vamos a leer que los “rasgos que nos definen” son  la “falta de vinculación con el pasado y la  indiferencia hacia el mundo real”? Indiferencia no es precisamente lo que siento cuando leo ese tipo de comentarios. Más que indiferencia lo que nos provoca es hastío de ver cómo aún hay quien no nos escucha o, incluso, se atreve a criticarnos como generación. Pero, aún así, estoy orgullosa de pertenecer a esa generación que llaman millennial.

Estoy orgullosa de ser de esta generación porque es una generación que no se rinde. Que sí va a votar, aunque la mayoría del voto joven se concentre en nuevas fuerzas políticas y eso moleste a según quien. Pero es una realidad. Son tiempos nuevos para la política y la ciudadanía, por mucho que algunos no quieran verlo o asumirlo.

No solo tenemos “preferencias tecnológicas” sino que tenemos aspiraciones políticas y/o sociales.  Por eso estoy orgullosa de esta generación. Porque tenemos la aspiración a que mejore nuestro país, que sea un país al que nuestros familiares y amigos puedan volver a un país digno, un país que no tenga que levantarse con nuevas noticias de corrupción, un país que vele también por sus jóvenes, quienes sufren de paro, de precariedad y de un futuro incierto. Pero, aún así, seguimos siendo optimistas contra todos los discursos que nos puedan discriminar como generación.

Se ha dicho que “gran parte de esta generación que está tomando el relevo no tiene responsabilidades, ni obligaciones y tampoco un proyecto definido”. Un proyecto de futuro poco definido, puede, sobre todo porque tenemos que enfrentarnos a una tasa de paro de más del 40%. Y que más de la mitad de los jóvenes trabajadores menores de 30 años, el 56%, tiene un contrato temporal. El 73% en el caso de los menores de 25 años.

Continuaba leyendo que “tal vez eso explique la llegada de mandatarios como Donald Trump o la enorme abstención electoral en México”. También se podrá explicar que el descontento y la llamada de auxilio de los jóvenes se haya canalizado en nuevas fuerzas políticas, en nuevas plataformas de participación ciudadana. Y también se podrá explicar que en Reino Unido Corbyn haya logrado un gran apoyo del votante joven. No es que no nos interese la política, sino que queremos que se hagan políticas acordes también con nuestras necesidades y nuestra forma de ver el mundo -tan legítima como la de cualquiera-. Lo que tienen que aprender muchos líderes políticos para entender su derrotas es que tienen que gobernar para todas sus generaciones y todos sus habitantes. Estamos en un momento en el que sale lo peor y lo mejor de la política. Y eso no debe asustarnos, a ninguna generación. Sino que debemos intentar conocer cómo piensan y qué necesitan las y los ciudadanos.

Ojalá fuera tan fácil como echar las culpas a una generación para solucionar los problemas del mundo. Pero no creo que así solucionemos nada, sino que lo vamos a empeorar. Las abstenciones vienen en muchos casos por una desafección política y lo más aconsejable es que no las discriminemos sino que las entendamos e intentemos ofrecerles una alternativa política que les haga volver a creer en la política. Porque es necesaria, y todas las generaciones lo sabemos.

No es cierto que “los millennials no quieren nada” y que como  “ellos son el futuro, entonces el futuro está en medio de la nada”. No es justo que tengamos que leer esto. No somos mejores que nadie pero tampoco peores por haber nacido en otro momento. Sí tenemos aspiraciones, a pesar de que la crisis nos las haya intentado robar. Sí las tenemos porque somos jóvenes, porque creemos que otro mundo es posible y por eso seguimos ignorando este tipo de frases, en la medida de lo posible. Por eso confío en mi generación y estoy orgullosa de ella.

También se ha escrito que somos “responsables del fracaso que representa que una parte significativa de los jóvenes no quieran nada en el mundo real”. ¿Somos un fracaso?  Insisto, no somos mejores pero tampoco un fracaso. Estamos intentando que no sea un fracaso esta situación que estamos viviendo. Cuando terminamos la carrera no había un trabajo digno, cuando lo conseguimos nos suben los alquileres en una burbuja que aún no se sabe cómo ni cuando estallará, si lo llega a hacer.  Se ha llegado a cuestionar que queramos “pertenecer a la condición humana”. Bueno, a pesar de estos comentarios, seguimos queriendo ser una buena generación de la que estar orgullosos.

Incluso, se nos ha animado a que empecemos “por usar las ideas y herramientas tecnológicas, que aprendamos a hablar de frente y cerremos el circuito del autismo”. Gracias por el consejo, ya estamos trabajando en ello. Y, como tenemos expectativas y aspiraciones en la vida, seguiremos luchando por no ser la generación del fracaso.

Por eso,  contesto con un ‘sí’ rotundo a las siguientes preguntas: ¿Vale la pena construir un discurso para aquellos que no tienen en su ADN la función de escuchar? ¿Vale la pena dar un paso más en la antropología y encontrar el eslabón perdido entre el millennial y el ser humano? ¿Vale la pena conocer la última aportación tecnológica y vivir queriendo influir con ella en un mundo que históricamente se ha regido por las ideas, la evolución y los cambios?

En todo este artículo no he criticado a ninguna generación porque no creo que haya que ser tan simplista como para echar la culpa de todos mis problemas y los de mi generación a otra. Es simplista e injusto. Y claro que vale la pena confiar en nosotras y nosotros. Confíe, que no somos la generación del fracaso sino la generación que lucha por no ser la generación del fracaso. Confíe, que, a pesar de las trabas que sufrimos para vivir dignamente, no perdemos la esperanza en construir un mundo más justo y respetuoso para su generación, la mía, e incluso para usted.


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