Malditas vanguardias intelectuales

15 Jun 2017
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Andrea Momoitio
Periodista remasterizada y coordinadora de @pikaramagazine

Mi abuela tiene nombre de virgen, pero es cristiana no practicante. Eso sí, en Semana Santa no se come carne. El pan, siempre boca abajo. Es el cuerpo de Cristo y debe ser que a él no le gustaba dar la espalda a nadie. Eso, además, son cosas de su madre, que se llamaba Esther. Una tarde, estaba viendo Sálvame cuando Irene y yo llegamos a su casa para grabar un vídeo de promoción para el cuarto anuario de Pikara Magazine en papel. Ella estaba entonces doblando las bolsas que regalamos el año pasado a las mecenas: negras, con una niña y una loba que aullaban juntas a la luna. Decidimos grabar la promoción con Sálvame de fondo porque ella lo ve muchas tardes, aunque suele enfadarse cada vez que sale a relucir cuánto cobran las colaboradoras del metaprograma, que ya forma parte de la historia de la televisión en el Estado español. Mi abuela no entiende por qué ganan tanto si “no son periodistas y no saben hacer la O con un canuto”, dice. Se lamenta, claro, porque su nieta ha estudiado mucho y es muy precaria. Entonces yo me acuerdo de todas las críticas que encuentro por las redes más progres sobre eso que han llamado telebasura, pero a mí me enfada más que alguien pueda creer que mi abuela es imbécil por ver Sálvame, que se dude de su capacidad crítica, que alguien crea que elige verlo porque no conoce otras opciones. Malditas vanguardias intelectuales, que salen a relucir de tanto en tanto, para mostrar al mundo lo profundo y complejo de sus razonamientos frente a las otras, siempre las otras, esas que no se enteran, que no saben, que consumen de manera acrítica. La polémica en torno a Ylenia es buena muestra de ello, pero ni es la única ni será la última.

No tengo muy claro cómo seguir este texto sin defender un programa y una forma de hacer televisión que no me gusta, pero tengo que reconocer que propone un formato que funciona, que se ha adaptado perfectamente a las formas de comunicación de nuestra sociedad, en la que la intimidad ya no se valora de la misma manera y todas podemos ser emisoras, receptoras y mensaje al mismo tiempo. Las colaboradoras de Sálvame hablan de otras y de sí mismas; venden y compran sus propias vidas, comentan lo que pasa en Facebook y en el bar con la misma certeza de realidad, entretienen con sencillez y hacen evidente que la red ha convertido a nuestra sociedad en un gran patio de vecinas, que lo real y lo físico son conceptos que tenemos que volver a definir. Ojalá, por cierto, siguieran construyéndose edificios con patios, parques con bancos, lugares de encuentro, plazas con sombras.

No es casualidad, no puede serlo, que sean precisamente los productos culturales que consumen las mujeres los que están más denostados. Sálvame como paradigma de esa forma de hacer televisión es, ahora mismo, un elemento incuestionable para entender gran parte de la realidad del Estado español: desde expresiones lingüísticas hasta formas de relacionarnos. Creer que sólo se puede entender la cultura, como define la RAE en la primera acepción, como el conjunto de conocimientos que desarrolla nuestra capacidad crítica es tirar por tierra muchas tradiciones y expresiones, que pocos se atreverían a cuestionar como culturales. No creo que ningún erudito cuestione que la fabada es cultura asturiana, vaya.

Sálvame es paradigma e hito. En antena desde 2009, son miles de horas de televisión a pesar de las constantes críticas. Muchas, obvio, más que merecidas, pero la mala prensa de la prensa del corazón no es culpa ni de Jorge Javier Vázquez ni de su séquito. El Estado español, además, tiene una larga trayectoria en este tipo de prensa que, innegablemente, está pensada para ser consumida por mujeres. La primera en nacer fue Semana, que se publicó, por primera vez, en 1940 con contenidos literarios y de información política; Diez Minutos tenía como eslogan, que era el “Informador semanal del hombre activo”; ¡Hola! es la única que arrancó en 1944 para hacer específicamente crónica social. Luego, con la llegada del color y la televisión a muchos hogares, todas comenzaron a centrar su información en narrar las aventuras y desventuras de los personajes públicos de la época. Primero, se centraron sobre todo en familias reales o miembros de la aristocracia; más tarde, comenzaron a escribir también de los deportistas de élite del momento. Más tarde, de ese mundo del famoseo comenzaron a formar parte también otro tipo de personas, de esas que no han nacido en familias de alta alcurnia.

Este tipo de prensa, consumida principalmente por mujeres, se enfrenta continuamente a críticas por su falta de calidad. No creo que ningún reportaje de Semana vaya a ganar el Pulitzer, la verdad, pero la prensa rosa no es peor, desde ningún punto de vista, que la prensa deportiva, por poner sólo un ejemplo. Prensa de mala calidad nos sobra. Pero no me creo, no puedo creerme, que sea casualidad que los productos que consumen principalmente las mujeres sean los que están peor valorados a nivel social. Está fatal visto leer Semana, pero el Marca es un clásico en todos los bares y casi nadie se ruboriza con las chorradas que publican. Sálvame, dicen, atenta contra la intelectualidad, pero no más, ni menos, que Los Manolos. Ellos, claro, son señores de bien, pero las miles de señoras que cada tarde ven Sálvame deben ser idiotas.

Si he llegado hasta aquí, en lo que al final parece una defensa de cierta forma de hacer televisión que no me gusta, no puedo irme sin decir que, a veces, compro Semana. Tengo que reconocer que me da cierto pudor aunque siempre miro a un lado y a otro antes de pagar. No vaya a ser que alguien me vea cometiendo tal delito, pero qué queréis que os diga, no me creo que leáis todas las noches a Beauvoir.


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