Sutil y cruel lesbofobia

28 Jun 2017
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Andrea Momoitio
Periodista remasterizada y coordinadora de @pikaramagazine

Imagínate que conoces a una mujer que te gusta en el trabajo, que os enamoráis locamente una de la otra e inicias una historia de amor que os hace muy felices. Imagínate que ella tiene una hija a puntito de entrar en la adolescencia y decidís que, de momento, es mejor que no lo sepa. Imagínate que compráis una casa juntas, que la decoráis ilusionadas, pero, como todavía es pronto para contárselo a su hija, dormís en habitaciones separadas. Al menos, eso le decís a ella. Luego, cada noche, cuando se duerme, te cambias de cuarto, duermes con la persona a la que amas y te pones el despertador antes para volver a tu habitación. El día empieza poquito después con total normalidad. 

Ahora, imagínate que conociste a la mujer de tu vida cuando las dos habíais cumplido ya los 70. Ambas tenéis hijos e hijas de un matrimonio hetero anterior, en el que ninguna de las dos fue feliz. No sabéis bien cómo ni por qué, pero os habéis enamorado. Decidís que vais a vivir juntas y vuestras familias lo celebran porque así no estaréis solas. En la comunidad decís que sois amigas, que queréis compartir gastos y vivir más tranquilas. Compartís los últimos años de vuestra vida temerosas de qué pasará con la otra cuando muera una de las dos. Nadie sabe de vuestro amor. Creéis que es tarde para casaros, para contarlo porque “¿A quién le importa?” y, cada noche, antes de dormir pides muy fuerte que si te mueres tú primero, tu hija no deje en la calle a tu mujer. Se quieren mucho, sí, pero quizá ese amor se convierta en otra cosa si alguna vez sabe cómo os tocáis por la noche. Os movéis entonces entre un “que nos quiten lo bailao” y que “no nos lo quiten todo”.

Ahora, imagínate que son historias reales y el dolor que pueden sentir sus protagonistas. 

En torno a todas las fechas señaladas para la comunidad LGTBI aparece la visibilidad lésbica como una de las principales demandas del movimiento. Las lesbianas hemos estado tradicionalmente condenadas al ostracismo. Esta ha sido una de las grandes reivindicaciones bolleras históricamente y, además, una de las razones por las que hemos estado más protegidas de ciertas violencias que sí han sufrido nuestras compañeras maricas o trans. Mi abuelo ha contado en más de una ocasión, entre risas, que él y sus amigos tiraban piedras a los maricones. Desconozco los detalles y quiero que así sea. Esta por ejemplo, es una realidad que las lesbianas hemos sufrido menos. Las piedras que nos han tirado a nosotras han sido más simbólicas. ¿Por qué? La sexualidad de las mujeres ha sido tradicionalmente negada, igual que nuestra autonomía o capacidad de decisión sobre nuestros propios cuerpos y deseos. “No hay más ciego que el que no quiere ver”, dice el refranero popular y es que, aunque parezca increíble, las relaciones sexoafectivas entre lesbianas, por evidentes que sean, no siempre son vistas. No sabéis bien cuántas veces puedes llegar de la mano de otra mujer a un hotel, pedir una habitación y que se sorprendan cuando les pides que la cama sea doble o cuántas parejas llevan años juntas creyendo que su entorno conoce la relación y luego se sorprenden ante las caras de incredulidad que ponen al escuchar algún comentario que lo evidencia. Es habitual, por cierto, que ese momento se de con la ruptura. Tú, destrozada en el duelo y tu gente haciendo comentarios desafortunados que, desde luego, nada tienen que ver con el abrazo que necesitas. 

La invisibilidad se ha explicado siempre como una suerte de no violencia, pero todo depende de qué entendamos por violencia. Sin ánimo de quitar importancia a las agresiones físicas que han sufrido otros compañeros que no han tenido la posibilidad de esconderse entre los prejuicios sociales, la invisibilidad es una forma muy cruel y dolorosa de ejercer violencia contra las lesbianas. En mi caso, sólo he vivido una relación armarizada, que fue corta y muy adolescente, pero aún recuerdo qué coraje me daba no poder dar la mano ni besar a mi compañera por la calle. Ahora, que estoy completamente colada, algo se me parte por dentro al imaginarme intentando esconder la cara que se me pone cada vez que me encuentro con Z. y el dolor tan grande que me causaría no poder besarla siempre que me apetezca, que, por cierto, es todo-el-rato.

Me cuesta escribir de esta invisibilidad como forma de violencia que hemos sufrido las lesbianas sin que parezca que estoy quitándole importancia a otras formas más evidentes y físicas de agresiones a la comunidad LGTBI. Además, lo cierto es que también muchas compañeras lesbianas han sido víctimas, y siguen siéndolo en muchas partes del mundo, de violencias tan físicas y directas como las violaciones correctivas, pero me parece imprescindible que entendamos también lo doloroso que puede ser para alguien no poder desarrollarse libremente. Es una cuestión de Derechos Humanos. Ni más ni menos. 

A partir de esta forma de violencia, que nos niega la posibilidad de desarrollarnos libremente, surge y crece la lesbofobia interiorizada. El armario es un lugar ideal para minar nuestra autoestima. No conozco a ninguna bollera todavía que no viva su lesbianismo con cierta lesbofobia, que no piense cuándo y dónde es mejor decirlo y, sobre todo, cuándo es mejor no hacerlo; convivimos con la lesbofobia, la de dentro y la de fuera; convivimos con la invisibilidad y con el miedo; con armarios de tela y armarios empotrados; con una falta de referentes y genealogía que nos explique quiénes somos y cómo hemos llegado hasta aquí; convivimos con la lesbofobia, con su sutileza y su crueldad; con los golpes que han dado a muchas compañeras, con las violaciones que han sufrido otras, con los matrimonios no deseados, con vidas que no queríamos vivir y con todos los silencios que nos gritan que algo no estamos haciendo bien. Sentir que no te atreves a decir quién eres, no hacerlo, negarte, dolerte, invisibilizarte, hablarte mal… son formas de violencia que nos van minando poco a poco. Frente a ellas, orgullo y resistencia; amor y polvazos; y, sobre todo, activismo lesbofeminista. Por las que intentamos vivir en paz, por las que se quedaron en el camino y por las que aún viven en la penumbra. 


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