Y los vídeos caseros se convirtieron en telediario

05 Jul 2017
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Pascual Serrano

Teníamos asumido que el formato audiovisual se iba a ir imponiendo como el predominante modo de informar a la ciudadanía. Lo que no imaginábamos es que la precarización del periodismo y la popularización de las grabaciones (con teléfonos móviles, con cámaras en las calles o por circuitos cerrados de vigilancia) iba a resolver los informativos televisivos con toda una morralla de vídeos curiosos, anecdóticos o espectaculares que iban a desplazar a las verdaderas noticias. Nos sentamos ante la televisión a la hora del informativo y la secuencia de noticias puede ser algo así: un espectacular accidente de tráfico grabado desde las cámaras de un helicóptero de la DGT, la pelea de adolescentes a la salida de un instituto grabada por uno de ellos y subida a youtube, la agresividad de un delincuente que roba a mano armada una gasolinera y cuyas imágenes fueron grabadas por la cámara de seguridad, la última gamberrada de unos turistas borrachos en Mallorca captada por un viandante con su móvil. Se trata de esos vídeos de entretenimiento que hasta hace poco disfrutábamos (es un decir) en internet o en algunos programas de corta/pega audiovisual de televisión, pero que ahora están asaltando algunos informativos de televisión.

El problema de la imagen es que pulveriza todos los criterios en los que hasta ahora nos basábamos los periodistas para decidir qué es noticia y qué no lo es. En estos momentos es la disponibilidad de un vídeo espectacular el que convierte un hecho en noticioso y no el mero hecho en sí. Las imágenes sosas de unos dirigentes reunidos en unas negociaciones de paz dejan de tener interés informativo aunque allí se esté tratando el final de una guerra de décadas y miles de víctimas.

La prioridad de la imagen revoluciona no solo la presentación sino el propio concepto de noticia y, seguidamente, la estrategia de todos los sectores que quieren influir u ocupar un espacio mediático. Max Otte, en su libro El crash de la información,  recuerda que durante la primera visita de primer ministro italiano Silvio Beslusconi a Barack Obama a principios de 2009, tras su elección como presidente de Estados Unidos, la gran preocupación de la delegación italiana no era el contenido de las conversaciones entre ambos gobernantes, sino si el encuentro daría lugar a una conferencia de prensa conjunta en el jardín de las rosas de la Casa Blanca o a un almuerzo, porque solo esa agenda posibilitaría bonitas y sugerentes fotos destinadas al público italiano. Otte añade más ejemplos, la escenografía de la campaña electoral alemana del dirigente del Partido Liberal, Jürgen Möllemann fue saltando en paracaídas desde un avión. Y la candidata del CDU por Berlín utilizó como cartel electoral una fotografía acompañada de Angela Merkel, ambas con un amplio escote, y con el eslogan debajo que decía: “Tenemos más que ofrecer”.  El anecdotario que proporciona buenas imágenes se convierte en noticia por absurda que sea: el diputado que tropieza al subir al estrado del Parlamento o su micrófono que no funciona, el presidente de gobierno con casco visitando una mina. Como consecuencia de todo ello encontramos que, por un lado, el verdadero mensaje político que debe motivar la información queda relegado a un segundo plano y, por otro, la valoración de la noticia a la hora de que los medios decidan su difusión, extensión y ubicación se ve afectada por lo adecuada o no que sea la imagen utilizada.

Hasta ahora se hablaba del “efecto CNN” para referirse a que las imágenes en televisión designaban qué temas internacionales nos iban a preocupar. El efecto CNN puede emocionarnos por una crisis alimentaria, indignarnos por un fraude electoral o entusiasmarnos por un levantamiento ciudadano frente a un poder despótico; aunque el hambre lleve ya décadas pero hasta entonces no hayan considerado adecuado emitirlo, el fraude no sea mayor que el de las elecciones de nuestro propio país y el levantamiento popular lo protagonicen dos centenares de figurantes por un módico precio. El resultado es que, en palabras de Ignacio Ramonet, “la televisión construye la actualidad, provoca el shock emocional y condena prácticamente al silencio y a la indiferencia a los hechos que carecen de imágenes. Poco a poco se va estableciendo entre la gente que la importancia de los acontecimientos es proporcional a su riqueza de imágenes. O, por decirlo de otra forma, que un acontecimiento que se puede enseñar (si es posible, en directo, y en tiempo real) es más fuerte, más interesante, más importante, que el que permanece invisible y por tanto, su importancia es abstracta. En el nuevo orden de los medios las palabras, o los textos, no valen lo que las imágenes”.

Pero todo esto, que ya era preocupante, ha sido superado ahora con el desembarco de vídeos caseros para resolver los informativos televisivos. Volviendo a los ejemplos señalados al principio, unos cuantos vídeos de adolescentes golpeándose nos deja convulsionados por la violencia escolar, aunque eso haya existido siempre; unos ingleses rompiendo sillas en un bar nos sensibiliza contra el turismo de borrachera y la escena de un cafre golpeando violentamente a su pareja grabada por la cámara de un portal nos despierta ante la violencia machista. No estoy insinuando que  no se trate de buenas causas, lo preocupante es la capacidad de los medios de pastorearnos hacia unas cuestiones u otras a golpe de vídeo de cámara callejera o de móvil. Porque igual que nos llevan a sensibilizarnos hacia determinados problemas se ignoran otros simplemente porque no hay imágenes o, quién sabe, mañana deciden pasarnos imágenes de otros temas para que cambiemos nuestro interés.


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