Vacaciones familiares en un festival hardcore. Disneylandia vs. Resurrection.

17 Jul 2017
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Víctor Sampedro Blanco

 

É o Resurreixon Fes”, le decía a un anciano su acompañante. Y precisó: “o concerto dos rapaces”. La aclaración despejaba la sorpresa ante la multitud (más de 80.000 almas) que convocó el Resurrection Fest: el festival de música “extrema” que, desde hace 12 años, se celebra en Viveiro (Lugo). Tres días de estruendo que vivimos en familia. Algunos conocidos han pasado a considerarnos la prole de los Monster. Debíamos haber ido a Disneylandia.

Fuimos al Resu porque nuestros orígenes están en Viveiro. Y, puestos a escoger un parque temático, optamos por el que ofrecía la traca pirotécnica de Ramstein que coronó la edición de este año. En vez del castillo Disney y sus fuegos artificiales, metal industrial de la Merkel. Tralla de la troika con aires de ópera bufa e incendio post-nuclear en la Mariña lucense. Una buena metáfora de las políticas de austeridad que impone Bonn. Vacaciones familiares en el infierno hardcore.

Nuestros hijos se expusieron (con auriculares) a bandas con nombres como Suicidal Tendencies: punk californiano del siglo pasado, ejecutado ahora por unos señores de volumen (físico y acústico) considerable. Les vimos casi a pie de escenario, rodeados de gentes que cuidaban de los pequeños, haciendo corro en torno a ellos en lugar de bailar pogo. Les conté que, con 18 años, “Tendencias suicidas” eran uno de “mis” grupos. Igual que RANCID o Los Ramones (resucitados, literalmente, por CJ Ramone). ¡Tremenda educación sentimental! “Ya verás. Luego te quejarás de cómo te han salido”.

Xoan me tranquilizó. Como quien no quiere la cosa, me dio una lección: “no vayas a pensar que quiero ser como ellos, papá”. “No tienes por qué ser como los que te gustan”, apostilló. Envidié su madurez. Es un buen posicionamiento para ser un fan de gustos extremos, sin perder la noción de quién es uno. Van otras cuatro enseñanzas extraídas junto a una esposa y dos niños (ella rememorando sus años de Barricada, ellos de 10 y 12 años) en el festival más bestia de toda la Península.

El hábito no hace al monje. Esto lo descubrió la pequeña Iosune, cuando se decidió a acompañarnos venciendo reticencias iniciales. Las huestes enlutadas con camisetas de zombis incorruptos y cadáveres desmembrados, tatuadas y anilladas hasta las cejas, ofrecían dosis insospechadas de dulzura y cariño. Se abrazaban a los “Resu Kids” en los selfies o se ofrecían a retratarnos. También enseñaron melomanía fina a los pequeños: “No te preocupes por no ver: cierra los ojos, que es mejor”. Identificados por su baja estatura, gnomos infantiles, trolls con acné y viejunos, balancearon las cabezas juntos. “Headbangers” que, en lugar de asentir, decían NO o le daban vueltas a la cabeza. Dos actitudes muy recomendables, en el plano ético e intelectual.

Lo femenino no quita lo valiente. Dos chicas gallegas, Bala, apenas armadas con guitarra y batería, ametrallaron a miles de machirulos melenudos. “Girl power” en bruto, tensión y volumen brutales. El duo de princesas del ruido masacra los roles de género de un estilo musical que (¿cómo no?) rezuma testosterona. Salvando la distancia (que es abismal) la walkiria de Arch Enemy, no se queda atrás.

Había muchas menos mujeres que hombres entre el público. Pero las que subieron al escenario se multiplicaron como una plaga incontenible. Y desplegaron un lema para sus compañeras: desertad de Instagram, formad una banda, idos a bandcamp. Y para los chicos, un consejo: os sienta bien la falda. Quienes la llevaban se reivindicaban en plan vikingo o celta. Otras piernas masculinas desnudas, que despreciaban el pantalón corto, señalaban que Braveheart en el siglo XXI es trans. Vimos queers metaleros que llevaban tutús rosa, chavales con vestidos veraniegos de chica o disfrazad*s de Pokémon con una actitud no menos indómita. Los corazones valientes y hardcore (de núcleo duro) latían con pulsiones de arcoiris.

Nada más moderno que un clásico, ni más global que lo de casa. El Resu confirma que como en casa no se come en ninguna parte. Y si el menú combina materia prima local y platos internacionales, entonces no tiene parangón. Vaya un ejemplo de mestizaje glocal: en Viveiro dibujaron a su vate romántico, Nicomedes Pastor Díaz (el de la estatua de la plaza), como un hardcoreta. Los trabajadores del casco antiguo llevaban camisetas que retrataban al poeta, embajador y parlamentario vivariense del XIX con la cara tatuada. Le convirtieron en miembro de una mara, con las marcas del narco y el amor de madre en el rostro.

Un camarero (que nos camelamos y nos obsequió con el triple de pinchos) decía que hubiera preferido llevar dibujada en la camiseta, entre el pecho y la panza, a la pintora Maruja Mallo (también nacida en Viveiro). La modernidad consiste en reformular referencias locales en formato global. Los paletos van de cosmopolitas. Para marulo (garrulo, en gallego), Trump: crucificado en las camisetas de la chavalada más politizada.

El público convierte la industria cultural en música popular resucitando celebridades del pasado y condenando al infierno las que dominan el presente. Seguir a una banda de rock, lejos de ser un ejercicio de imitación, implica rehacer el álbum familiar, reivindicar un santoral propio y exorcizar demonios.

Seamos dueños de nuestro miedo. Quizás sea esta la mayor enseñanza de la música satánica del Resu: juega con tu canguelo y aprende a gestionarlo en Santa Compaña. Ánimas benditas, laicas y ateas exhibían una parafernalia terrorífica que, en lugar de desactivarles, podía generar rabia contra el verdadero Belcebú. Se nos ocurrió un mensaje ecologista para la próxima edición del festival. “Más metal en la piel que en la sangre”. “Más piercings y menos Alúmina”.

Al lado de Viveiro, en San Cibrao, inaguraron una planta procesadora de aluminio en 1980. Desde entonces, este monstruo del desarrollismo tardofranquista permanece varado entre Celeiro y Burela: dos puertos pesqueros claves del Cantábrico. Hace nada morían dos trabajadores y sus compañeros denunciaban falta de seguridad y fugas de lodos rojos. Cada día que despertamos, el dinosaurio sigue aquí. En lugar de rock’n punk, su sangre corre por nuestras venas. Ese atentado ecológico, además revueltas en plan irmandiño, provocó un disco antológico del rock gallego: Aluminio. Un vinilo de Bibiano, desaparecido hace apenas un año, con portada metalizada. Contiene una versión del poema de Rosalía de Castro, “Negra Sombra”, que señala que el luto que visten las multitudes del Resu viene de lejos.

El milenarismo apocalíptico del Resurrection Fest permite, como el existencialismo de Rosalía de Castro, “asombrarnos”. Exaltan un nihilismo humanista que le permite a uno reconocer la sombra más oscura “al pie de mis cabezales, haciéndome mofa”. La poeta figura en una de las camisetas oficiales del festival. Lleva cuernos, una serpiente-collar y de sus lacrimales descienden surcos negros. “Es cualquiera, pero la gente ve a Rosalía”, dijo la moza que la vendía. ¿Saben de algún epitafio más hermoso?

Pero esto no es una columna patrocinada. A pesar de tener pase de prensa, no pisamos el espacio-apartheid para los VIP. La bautizaron el Pandemonium. ¿Irá con segundas? Sería un espléndido ejercicio de retranca identificar una reunión de demonios con el conclave de enterados, pijos malos y “gentes del sector” que pudieron pagarse terraza y bar exclusivos. También en el infierno hay clases; sociales, se entiende.

Aclarémonos. La disyuntiva para empezar las vacaciones familiares podría haber sido: ¿Disneylandia o Resurrection? Es posible que el año próximo vayamos al primero. Ya hay planes. Podremos afrontarlo. Estamos inmunizados.

Asumamos que hablamos de parques temáticos. Espacios que subliman el consumo como forma de ocio. Dos ferias turísticas que promocionan cultura-mercancía. Pabellones universales, exhibiciones de modelos de concebir el mundo, fabricados en serie. Salas de aforo masivo que proyectan guiones sociales sobre qué da placer y en qué consiste el éxito. Espacios de sociabilidad que comercian con identidades en venta. Puestos a escoger, fuimos al Resu.

¿Merchandising de purpurina rosa y azul o teñido de negro, pero con tonos arcoiris? “Vive consumiendo”, gritan histéricos los adolescentes de Disney Channel. “Consume hasta morir”, regurgitan los Resu Kids. Los primeros aspiran a ser cuñados y Melanias de Trump. Los segundos evocan el portal contrapublicitario de Ecologistas en Acción. Con algo de pedagogía doméstica, aprenderían que el Mercado (si le dejas) envenena, que el consumo no alarga la vida y que esta tiene un final que nadie puede robarte si eliges tus miedos.

¿Melodías para el pensamiento positivo? ¿O decibelios que convierten el pesimismo en combustible que ilumina, da lucidez? En el Resu vimos que la gente más dulce a veces se oculta con disfraces terribles (y lo contrario), que la valentía no se lleva en la entrepierna (a no ser que cobre forma de guitarra), que a modernos no nos gana nadie (porque sabemos de dónde venimos) y que o mandamos en nuestro miedo o nos puede(n).

Además, gentes implicadas cuentan que los empleos que ofrece el Resurrection destacan frente a los de otros festivales de más ringorrango. La precariedad los eventos estivales se ha traducido, por desgracia, en mortalidad laboral. Pero hay otros modelos de negocio, tramados desde hace generaciones. El Resu es industria cultural de proximidad: hecha por, desde y para el tejido local. Entendiéndolo sin fronteras, tal como lo tejió (y sigue tejiendo) la Galiza emigrante.

La cultura popular se emancipa de la industria si la hacemos propia. Si nos la apropiamos, dándole significado propio e incorporándola a prácticas nuevas, no previstas por los mercaderes. Cuanto más imprevistas e imprevisibles, cuanto más herética con el Becerro de Oro sea la apropiación, más rica es la experiencia estética, social… y política. Hay que perpetrarla también en el hipermercado Disney, en el regatón macho-obsceno o la pelea de gallos de Eurovisión. Mercancías culturales que los programadores consideran adecuadas para niños. Podemos ayudarles a remezclarlas como hacen los DJs con otros referentes, para no ser marcados, tatuados con las marcas del Mercado.

En el Resu aprendimos a mezclar agua y aceite. Aceite pesado y agua fina. Ramstein actuó con orballo. “O concerto dos rapaces” es un despropósito. Un evento multitudinario al aire libre en uno de los lugares más lluviosos de Europa. Un ensayo, una jam session estruendosa (como la que montaron Animals as leaders), con un resultado tan brillante, que ni a propósito. Y, en lo que nos toca, la saga continúa. Al primer concierto que asistí me llevó mi padre: era de Paco Ibáñez. Al segundo, mi primo Paco Mayo: eran Los Ramones, teloneados por Siniestro Total. Con pocos años menos, nuestros hijos nos ayudaron a revisitar el punk de nuestra juventud y a masticar con dientes ya mellados el hardcore de ahora. Pedagogía paternofilial en un campamento indio de verano. “Deseo de ser piel roja”, tituló L.M. Panero uno de sus poemas. Otro que faltó, estando presente. Resucitará para la próxima edición, ¡será la XIII! Y, si no, esperaremos a la 666.


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