La nueva economía huele a viejo

27 Jul 2017
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Alberto Rodríguez
Diputado de Podemos

En las últimas semanas se ha abierto un debate mediático en torno a ‘nuevos’ modelos de negocio como los establecidos por Deliveroo y otras empresas emergentes de base tecnológica o startups. Las protestas de las trabajadoras y trabajadores por sus condiciones de trabajo nos obligan a establecer un marco discursivo sobre las relaciones laborales dentro de la ‘economía colaborativa’, ‘nueva economía’, ‘economía digital’, ‘digitalización y robotización’, o como queramos llamarlo. Pero antes de eso, propongo leer las siguientes frases:

  • “Hay un temor que generan las cosas nuevas y lo disruptivo”
  • “Desde el exterior se empieza a formar la idea de que España se está convirtiendo en un país tecnófobo”
  • “España debe entender que vivimos una revolución digital y no podemos ser los últimos”

Estas perlas comunicativas pertenecen a directivos de empresas como Cabify y Uber. El lenguaje empleado y los mensajes que se quieren transmitir no son neutrales ni inocuos. Basta con emplear ciertas palabras en un marco comunicativo adecuado y con poner a su favor el momento preciso para que quieran vendernos moda por liebre. No nos equivoquemos, no es esta una crítica al progreso como tal, o al desarrollo tecnológico e industrial. No es tecnofobia ni miedo a “lo nuevo”. Ese falso debate es tramposo e inexistente.
La crítica va dirigida a cómo este proceso de innovación se emplea de forma perversa para fomentar la siempre presente desigualdad, robar los derechos de la gente y aglutinar la riqueza en unas pocas manos. Lo que intentan disfrazar de nuevo es muy antiguo. Es el señor Giovanni y sus maquinas agrícolas en la película ‘Novecento‘.

Volvamos por ejemplo al caso de Deliveroo, una empresa que hace uso de falsos autónomos para externalizar gastos como los salarios o la seguridad social de los riders. En la propia página web de la compañía se cuidan mucho de decir que los riders vayan a establecer una relación laboral con la empresa. La premisa es la siguiente: “colabora con nosotros como autónomo y podrás disfrutar de una flexibilidad horaria e ingresos atractivos”. Sin embargo ellos marcan los horarios y las tarifas, utilizando de gancho frases como “somos una de las startups de moda”, “Tu smartphone es tu principal herramienta de reparto” o “Somos una empresa digital”. Pero detrás no hay nada novedoso, es la precariedad de siempre, como ya han venido denunciando las y los trabajadores de Deliveroo, que es realmente lo que son, trabajadores y trabajadoras, no riders emprendedores.

Algo parecido sucede en la web de Uber. “Conduce cuando quieras, gana lo que necesites” puede leerse en el apartado de conductores. “Controla online tus ingresos y tu productividad” promulgan en la página de Cabify. Ambas compañías consideran que los conductores no son trabajadores de la empresa, sino “proveedores”. Pero también son autónomos o contratados por empresas intermediarias, así tanto Uber como Cabify se ahorran los costes de contratación, aumentando unos beneficios bastante cuantiosos si tenemos en cuenta que hacen uso de la ingeniería fiscal para eludir impuestos, técnicas también rebozadas con una buena dosis de terminología encubridora.

Lo peor de todo es que detrás de este entramado de vocabulario fashion, marketing y falsa modernidad está la inversión millonaria de grandes monstruos de las finanzas como Goldman Sachs o el Fondo Público de Inversión de Arabia Saudí, como es el caso de Uber. El propio creador de Deliveroo, Will Shu, se formó profesionalmente en las cavernas de Morgan Stanley, uno de los bancos responsables de la crisis financiera de 2008, junto al mismo Goldman Sachs.

De hecho, es curioso como estos grandes emprendedores y visionarios, cuando se mueven en círculos amigos, se relajan y dejan entrever lo que realmente se esconde detrás de sus criaturas. “La economía colaborativa al final es tener un bien o un activo que está infrautilizado, cómo hacemos mayor uso de este activo y cómo evitamos tener que pagar por todo ese activo y pagar sólo por partes, en este caso tanto el vehículo como tener un chófer al que pagar un salario todos los meses”, afirmaba sin reparos en una ponencia en Microsoft Juan de Antonio, el CEO de Cabify.

No se trata, por lo tanto, de ‘economía colaborativa’, un término desarrollado ya bajo esa lógica de encubrir la realidad con el uso perverso del lenguaje y del concepto de innovación. Esta ‘nueva’ economía no tiene nada ni de nueva ni de colaborativa, es más, sirve para desvirtuar proyectos que verdaderamente sí buscan hacer más sostenibles y solidarias acciones como el turismo o la movilidad urbana. Lo que ellos llaman ‘economía colaborativa’ responde a la antigua lógica de explotación laboral aprovechando vacíos o espacios poco definidos en la legislación.

El modelo de negocio de estas empresas ni siquiera respeta los principios de la libre competencia tan alabados en los círculos neoliberales. El triunfo de estas startup deriva del uso de procesos como el dumping social, que busca dominar el mercado de una forma monopólica, eliminando la competencia al bajar de forma agresiva los precios para imponer finalmente sus propias normas. De igual forma sucede con el triunfo o no de una u otra de estas empresas, que viene determinado porque los inversores apuesten firmemente por una de ellas, acabando así con el resto.

No hay ninguna innovación ni en las formas ni en el fondo. Las empresas que pretenden implantar este modelo económico sólo han sabido aprovecharse de los altos niveles de desempleo derivados de la crisis, principalmente entre la población joven, para justificar primero y normalizar después la precariedad. Haciendo un uso endemoniado del lenguaje y escudados en la protección que les otorga tener de soporte a los grandes buitres del establishment político y financiero, han resucitado una figura laboral muy antigua: el trabajador pobre y sin derechos.

El conflicto ‘nueva’ economía-democracia

El principal problema reside en que este modelo económico entra en conflicto con la propia democracia y la soberanía popular. La pérdida de derechos laborales y el saqueo de los sectores populares van acompañados por la toma de poder de las élites. Ante esto, tan viejo como el problema es la solución: el empoderamiento de los sectores populares en base a una lógica de fraternidad. La única protección con la que hemos contado siempre los trabajadores y trabajadoras ha sido la lucha unida por defender nuestros derechos, hasta conseguir que las propias leyes establecieran una regulación y su obligado cumplimiento.

Resulta fundamental que la recuperación del protagonismo popular se lleve a cabo de forma  inmediata, porque nos encontramos inmersos en un grave proceso de criminalización de la pobreza en general y de la defensa de los derechos laborales en particular. En los últimos años hemos sido testigos de como la reforma laboral del PP y la aplicación del artículo 315.3 del Código Penal han agudizado la represión contra activistas sindicales, vulnerando elementos esenciales de la Declaración Universal de los Derechos Humanos y de la OIT. El derecho de huelga, asociación y sindicación, que tanto bienestar han generado, está en el punto de mira de las élites. Saben que sin ellos somos más débiles, saben que atemorizando a la gente trabajadora y reprimiendo a sus elementos más activos tendrán más fácil seguir extendiendo los salarios de miseria y los contratos temporales a su antojo. Prueba de ello son los más de 300 sindicalistas procesados y procesadas por ejercer el constitucional derecho a la huelga, algunos incluso ya en prisión, como los silenciados casos de Bódalo o Alfon.

Quizás estos nuevos gurús de la modernidad deberían descargarse en el smartphone, junto a sus aplicaciones, el Artículo 23 de esta Declaración, el mismo que dice que toda persona tiene derecho a un trabajo, a la unión en sindicatos para defender los intereses, a la protección contra el desempleo o a una remuneración equitativa y satisfactoria que asegure una existencia conforme a la dignidad humana.

Los avances científicos y tecnológicos son un tesoro, conquistas de nuestra especie durante siglos hacia una vida mejor. Benditos los tractores que nos liberaron del arado. Pero usar estos avances como coartada para precarizar vidas y perpetuar las desigualdades es injusto, oportunista y un insulto a nuestra inteligencia. “Son máquinas que simplifican la vida, se trata de un cambio, pero es el progreso”, decía a los jornaleros y jornaleras Atilla en ‘Novecento‘ para justificar la reducción del grano que les entregaba el patrón tras comprar maquinaria agrícola moderna. En nuestras manos está que las innovaciones tecnológicas y digitales se empleen para garantizar que la gente pueda vivir con dignidad, como lo estuvo en las manos de aquellos campesinos y campesinas del film de Bernardo Bertolucci, que tras las palabras de Atilla llenaron sus puños de grano.


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