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La izquierda catalana

11 dic 2010
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JORDI GUILLOT

Vicepresidente de Iniciativa per Catalunya Verds y senador

Los resultados de las elecciones del 28 de noviembre representan un importante y preocupante giro hacia la derecha. PSC y ERC han sufrido una debacle. ICV-EUiA ha salvado los muebles frente a este vendaval conservador. Lo sustantivo, en la lectura de los resultados electorales, es que las izquierdas salen derrotadas después de siete años de gobierno y CiU emerge como fuerza hegemónica en Catalunya.
Tendremos, pues, cuatro largos años de mayoría de centro-derecha y con un programa que no ha escondido su apuesta neoliberal. Todo lo que pueda hacer la Generalitat en políticas anticrisis será con esta orientación neoliberal. Para los sectores populares, lo que iba mal irá peor con este Gobierno. En estas próximas semanas debemos reflexionar muy seriamente sobre los resultados, sus causas, lo que ha representado nuestro paso por el Gobierno y el enfoque de nuestra tarea de oposición a la nueva mayoría convergente. Desde ICV lo estamos haciendo críticamente, no ignoramos que hemos perdido dos escaños y unos 50.000 votos, pero desde la convicción de que hemos resistido por nuestra coherencia. Y con la confianza y seguridad que da haber acertado en adelantar los procesos de renovación de nuestros liderazgos. Ni tenemos líos internos ni demasiadas heridas que lamer, sólo el anhelo de acertar tanto en el diagnóstico de qué esta pasando en nuestras sociedades como cuál debe ser la respuesta de la izquierda. Habrá tiempo para pensar y repensar nuestro proyecto en esta nueva realidad de hegemonía de los valores conservadores.
En lo inmediato, hay dos grandes peligros que la izquierda catalana debe tener en cuenta si no quiere pasar de una derrota electoral a una derrota estratégica.
El primero es dar por sentado que corresponde a CiU el Gobierno de la Generalitat. Que este es el orden natural de las cosas. Escuchando a determinados dirigentes del PSOE parece que es así, ya sea porque lo crean o porque les convenga. Así también lo creen –en este caso parece más lógico– CiU y su poderoso entorno social, empresarial y mediático. Y es verdad que, después de 23 años de gobiernos de Jordi Pujol y con el escaso interés con que nuestros socios, PSC y ERC, han reivindicado los gobiernos de la izquierda plural, sectores de la población puedan pensar lo mismo. Pero no es verdad, Catalunya puede gobernarse desde la izquierda como hemos demostrado en estas dos últimas legislaturas, y todo nuestro afán de presente y de futuro debe ser trabajar para crear las condiciones que nos permitan, en primer lugar, que los valores de izquierda vuelvan a ser hegemónicos como paso previo para conseguir mayorías electorales.
Un segundo peligro es negar las políticas de coalición, que es lo mismo que negar la posibilidad de que la izquierda pueda gobernar. En Catalunya, con su sistema de partidos, la izquierda sólo puede gobernar si se alía. Imaginarse gobiernos en solitario es, como mucho, un delirio electoral. Desde ICV aún no salimos de nuestro asombro al ver cómo socialistas y republicanos renegaban de la fórmula del Tripartito, la única posible para tener la suficiente mayoría parlamentaria y la que nos ha permitido gobernar y gestionar la Generalitat. Y, la verdad, no lo hemos hecho tan mal. El tiempo pondrá las cosas en su sitio. Era lógico que todo el empeño de CiU fuera destrozar las políticas de alianzas, la cultura de coalición tan propia de las izquierdas catalanas. Desde el mismo instante que hay pacto para un Gobierno de izquierdas en 2003, CiU y los grupos mediáticos que le dan apoyo se han dedicado sistemáticamente a lanzar el mensaje de que gobiernos de coalición son sinónimo de debilidad, mal gobierno e inestabilidad. Lo peor es que PSC y ERC han acabado prisioneros de esta falsa imagen, hasta el punto de renegar de la fórmula de Gobierno de coalición. Este ha sido uno de los principales éxitos de la estrategia de Convergència, dinamitar la única fórmula de gobierno posible para las izquierdas y conseguir que PSC y ERC renieguen de la misma, que es igual que renegar de siete años de Gobierno plural. Uno de los activos de la cultura política catalana es la voluntad y capacidad de diálogo y acuerdo de las izquierdas, forjada desde una larga experiencia municipal y después trasladada a la Generalitat. Acabar con ella sólo beneficia a la derecha de CiU y representaría una derrota estratégica para la izquierda en Catalunya. Los errores cometidos en la gestión de un Gobierno de coalición deben ser un motivo de reflexión y de aprendizaje para el futuro. En ningún caso la excusa para negar la única propuesta viable de gobierno, que es el acuerdo.
También en Catalunya, como en el resto de Europa, la crisis está acelerando cambios profundos en el sistema de valores, como pone en evidencia la irrupción en el debate electoral de la xenofobia y el individualismo de respuesta a la crisis. Amplios sectores de la población viven preocupados e inseguros por sus derechos en el trabajo y la sociedad. Esto genera pesimismo y rabia. Y también en Catalunya, como en la mayoría de países de la Unión Europea, la ciudadanía ha depositado su confianza en la derecha. El reto ahora es recuperar credibilidad y utilidad en estos años de oposición y evitar pasar de una derrota electoral a una derrota estratégica de la izquierda catalana.

Debate y conflicto

23 oct 2010
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JORDI GUILLOT

Vicepresidente de ICV y senador

La pugna por la hegemonía de las ideas es fundamental en todo conflicto político y más en una sociedad democrática. Quien consiga convencer con su interpretación de la realidad, vence. Vistos los resultados electorales de la mayoría de países de la Unión Europea y según todos los sondeos en España, es la derecha quien convence y vence electoralmente. No nos debe sorprender. En estos momentos en que los sentimientos de amplios sectores de la sociedad son de angustia por la crisis y el paro, de desconfianza hacia la política y su capacidad de resolver los problemas y de impotencia al ver que los principales responsables de la crisis –por ejemplo, los bancos y banqueros, que se salen de rositas–, el centrismo tecnocrático de los socialistas no es competidor frente a una derecha populista e hiperideologizada.
La crisis económica ha desatado un gran debate sobre la naturaleza del sistema capitalista y las políticas neoliberales inherentes al mismo. Si en un principio se creyó que ya podíamos hablar del fin de la dictadura de los mercados y de que era el momento de la política, el sueño duró escaso tiempo. El desprestigio de lo público y de la política es más fuerte que nunca. En estos más de dos años de crisis, conservadurismo político y neoliberalismo económico son los grandes protagonistas, sólo hay que ver el mapa político de la Unión Europea y las políticas económicas de la Unión y de sus estados miembros.
Superado el desconcierto de los primeros momentos –donde se llego a hablar del fin del capitalismo–, los poderes económicos han desplegado una impresionante campaña, tanto para justificar las causas de la crisis como para legitimar las respuestas a la misma. Asistimos a una ofensiva generalizada para justificar lo injustificable; que los mercados sigan campando a sus anchas. En una especie de mundo al revés, se ha responsabilizado a los sectores populares de la crisis y del pago de sus costes. Hay una dura batalla por la hegemonía de las ideas. Los poderes necesitan también justificar sus actuaciones, ganarse las conciencias de la gente, y más en tiempo de crisis. Frente a esta ofensiva ideológica, el desarme de la izquierda política es muy grande; no podemos ignorar que es un Gobierno socialista el que está gestionando la salida neoliberal en España.
La importancia de la huelga general del 29-S es que es la primera respuesta contundente contra las medidas del Gobierno para salir de la crisis económica y contra el discurso que las justifica. La convocatoria de la huelga y, sobre todo, los argumentos esgrimidos han trastocado el esfuerzo de tantos sectores del poder para hacernos creer que sus intereses minoritarios eran los intereses de la mayoría. Se han empezado a desmontar las justificaciones que conllevan a la resignación al denunciar cuáles son las causas reales de esta crisis y al anunciar las salidas alternativas.
La huelga general vino precedida de una campaña de deslegitimación de los sindicatos y del sindicalismo, preocupante desde un punto de vista democrático y que expresa la involución de sectores de la derecha española. Multitud de esquiroles de escritorio, concentrados en los medios de comunicación más derechistas, se han lanzado a degüello al sindicalismo de clase.
La huelga general ha ido bien. Todo lo bien que puede ir una huelga en un país con un 20% de paro, casi un 30% de trabajo temporal y con más de un 52% de empleo en las micro y pequeñas empresas. Hacer huelga en este escenario es más que complicado.
Pero el conflicto debe seguir, y es responsabilidad de los sindicatos y partidos de izquierda darle continuidad. No es momento de diálogo, sencillamente porque no lo quieren ni patronales ni gobierno. Lo peor que podría pasar sería resignarnos. El conflicto sigue abierto y deben seguir las movilizaciones. La propuesta de recogida de firmas a favor de una iniciativa legislativa popular para modificar la reforma laboral es una medida inteligente propuesta por CCOO y UGT que hay que apoyar.
La huelga general también nos ha dado dos lecciones. La primera es que los sindicatos deben recuperar su carácter sociopolítico. El sindicalismo sólo de gestión ha llegado a sus límites. Desde su responsabilidad social y desde una lógica sindical, los sindicatos deben recuperar su protagonismo político.
Una segunda lección es la necesidad imperiosa de que emerja con fuerza un referente político creíble y útil para la gente de izquierdas que no acepta la actual situación por injusta e insostenible. Está claro que el PSOE no va a modificar sus políticas; puede hasta empeorarlas desde un punto de vista social. Ha cambiado el ministro de Trabajo, pero no la política económica del Gobierno ni el equipo que la dirige. La vicepresidenta Salgado fue clara en el debate de presupuestos cuando afirmó que si hay que hacer mas ajustes, se harán, y este Gobierno entiende por ajustes recortes de derechos y prestaciones sociales. Frente a esta situación, debe haber un proceso de rearme de una izquierda política con valores claros, propuestas adecuadas y actitudes firmes. Esta izquierda sólo es posible desde la confluencia, y esta sólo se dará si hay generosidad, atrevimiento y altura de miras. ICV esta empeñada en ello.