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Neoliberalismo para todos

22 oct 2010
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ROSA MARÍA ARTAL

Periodista y escritora

Nos han convencido: el neoliberalismo es nuestro camino. Fracasado el comunismo, el mundo ha abrazado el sistema de libre mercado llevado hasta sus últimas consecuencias. O no tanto. Todavía se puede perfeccionar el modelo. De haber alcanzado la excelencia, no vivirían 4.000 millones de personas (dos tercios de la población) en situación de extrema pobreza, muriendo literalmente de hambre por los rincones del planeta. Ni pagarían los privilegiados ciudadanos occidentales –restringiendo su nivel de vida y sus derechos adquiridos– los daños económicos que no han provocado. Urgen, por tanto, soluciones nuevas e imaginativas que proponer a los políticos –nuestros representantes–, quienes, por afinidad ideológica u obligación, acatan e imponen los dictados neoliberales. Nos hemos enamorado todos de la libertad desbocada y queremos disfrutarla al máximo. Si la palabra justicia –imprescindible antaño en el concepto– puede provocar urticaria, atengámonos a las reglas empresariales. Y logremos libertad de hablar, crear, creer, vender, comprar, negociar… y hasta comer para todos.
Existen posibilidades de beneficio hasta ahora inéditas. El ciudadano medio no ha caído en la cuenta de que, cada vez que presta atención a un anuncio o adquiere lo propuesto, está colaborando en un negocio. Ninguna ética empresarial aceptaría que en la cadena productiva quedara sin cobrar alguno de los integrantes del proceso. Por tanto, el consumidor debe hacer valer su papel activo en los rendimientos del proveedor y exigir remuneración por cada impacto publicitario, por cada acto de compra. Una cantidad siquiera testimonial, pero irrenunciable, que compensara el tiempo y recursos invertidos.
Del mismo modo, quienes nos vemos impelidos –sólo por vivir despiertos– a atender, en los medios informativos y por doquier, la propaganda de una ideología destinada (casi exclusivamente) a generar ganancias privadas, debemos obtener participación en las plusvalías. ¿Alguien negaría el pago al hombre anuncio que promociona un producto en la calle? ¡Cuanto menos a quienes, gratis hasta ahora, consolidamos el modelo que a otros aprovecha suculentamente! Oír, repetir, gastar energía en algún caso requiere devengos. Debemos preguntar: ¿cuánto pagas?
El Estado adelgaza en el nuevo orden mundial. Y en curiosa amalgama, se hace más fuerte para reclamar el cumplimiento de sus postulados y castigar la disidencia. Desde los países de la UE –controlados por Bruselas– a los Estados y los gobiernos autónomos. Los servicios públicos se alquilan a empresas privadas con ánimo –y recaudo– de lucro. ¡Cobremos por usarlos! De nuestra participación depende su cuenta de resultados. Decidir en un sentido u otro para cualquier acto de nuestra vida –desde beber un vaso de agua a tomar un avión, acudir a un hospital o estudiar en determinado colegio–, todo, nos convierte en valores económicos a postular en el mercado. Seamos emprendedores. Hay materias primas aún sin explotar: el aire. De broma recurrente, ha pasado a cotizar en bolsa, recién privatizado su tránsito para volar. Luego no es una entelequia que llegue a comercializarse como elemento esencial en la respiración. Urge su aprovechamiento social antes de que se anticipen: una cooperativa de ciudadanos gestionándolo lograría ganancias incalculables. Y apenas quedan otros bienes de libre acceso. Aprendamos de los maestros. En realidad, debemos cobrar por cada músculo, por cada neurona que movamos generando ganancias a otros. Y explorar ignotos campos susceptibles de originar réditos.
¡Facturemos por nuestro voto! Si no podemos elegir directamente al FMI, mercados o agencias de calificación, sino a los ejecutores de sus órdenes a favor de negocios particulares, nos cabe exigir una cuota de beneficios.
Estas retribuciones enunciadas equilibrarían un tanto el acceso a la libertad de todos. Y todavía se puede –y se debe– ir más allá. Si la crisis se ha producido, como aseguran los neoliberales extremos, porque el mercado está aún “demasiado regulado”, ¡suprimamos todo control del Estado! Dejémoslo como mero gestor de mínimos servicios. El contable que anota y calla, el árbitro, el comisario de carrera. Ahora bien, nadie con un mínimo de ética admitiría que cada cual accediera al circuito por donde le pareciera. Es decir, que unos tomaran el itinerario desde la parrilla de salida, otros por la mitad y algunos a diez metros de la meta. De ahí, precisamente, nacen los desequilibrios actuales. Se impone, por tanto, hacer tábula rasa. El fin de lograr la libertad absoluta del mercado –y en consecuencia el progreso sublime– justifica algunos sacrificios iniciales. El proceso implicaría, por supuesto, contabilizar todo el dinero y propiedades existentes en el planeta –incluidos los alojados en paraísos fiscales– y repartirlo equitativamente entre los miembros de la población mundial para que cada uno lo utilizara como mejor creyera oportuno. Todos en el mismo punto de partida. Y desde ahí, la competencia en estado puro, y las habilidades personales para incrementar, mantener o perder los activos propios y dotarse de lo preciso para vivir en la forma elegida.
¿Un esperpento? ¿Cuánto más que la realidad que nos circunda? Como tantas otras grandes palabras, libertad ha resultado ser polisémica. Latiendo desde el comienzo de los tiempos, ha servido para crecer y ser mermado, avanzar y defenderse, oprimir y volar. Justicia, igualdad, responsabilidad, egoísmo bailan en su danza de sinónimos al albur de las épocas. Pero nunca como ahora se unió prioritariamente al concepto negocio: actividad para obtener lucro. Dinero… para pagar la libertad. ¿Cuál?

Cólera y desencanto

14 may 2010
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ROSA MARÍA ARTAL

Periodista y escritora

La búsqueda egoísta –y extrema– del bien individual como motor de progreso y democracia ha revelado fallos insostenibles, materializados en un profundo desequilibrio social que cada crisis acrecienta. O en el aplastante poder decisorio de una cúpula que no ha sido elegida por los ciudadanos. Estalló como revolución burguesa y con la libertad, la igualdad y la fraternidad por banderas. Contribuyó a alumbrar el laicismo que organiza la sociedad independientemente de las confesiones religiosas. ¿Qué queda hoy del viejo liberalismo?
Los problemas de España, los de Grecia, los de Europa, los de la sociedad mundial, se libran en pisos sin ventanas de un edificio inestable que resta perspectiva al ciudadano anónimo para enjuiciar la situación. Aun así, puede ver y palpar, si quiere, desde un desigual reparto de nutrientes y severas dietas económicas, a la más arbitraria atribución de responsabilidades por la crisis. Y tampoco se equilibra el sistema. Ese que nos lleva a engullir, como natural, que más de 4.000 millones de personas –la mayoría de la población–, malvivan o incluso mueran literalmente de pobreza.
El “sistema” obliga a tomar medidas al poder político y la democracia no parece disponer de capacidad para atajar sus abusos. En febrero, una cena en Nueva York reunió a los gestores de los mayores fondos de inversión de alto riesgo, los hedge funds –espoleta de la crisis–. Les congregaba urdir un plan para depreciar el euro. Por primera vez, que recordemos, los comensales hicieron declaraciones públicas: “Esta es una oportunidad para ganar mucho dinero”, aseguró a Wall Street Journal Hans Hufschmid, antiguo ejecutivo de Salomon Brothers y actual directivo de GlobeOp Financial Services. Y… la moneda europea ha bajado su cotización frente a la norteamericana.
Jacques Juliard, periodista e intelectual francés, advertía entonces, en Le Nouvel Observateur, sobre las consecuencias de un naufragio del euro: “Cascada de quiebras comerciales e industriales, desbordamiento del paro, ascenso de regímenes populistas o dictatoriales”. Concluyendo: “La factura de la crisis de 1929 fue la II Guerra Mundial. Aprisionada entre Al Qaeda y Goldman Sachs, dos amenazas diferentes pero complementarias, la democracia tiene el deber de poner los medios para defenderse”.
El “sistema” suele saldar las recuperaciones de sus más graves tropiezos con la merma paulatina del empleo, el poder adquisitivo y los derechos sociales en los países desarrollados, e incrementado las ganancias de las empresas que sobreviven en este cruel Monopoly jugado en escenarios reales. Hay un dinero privado que no entiende de obligaciones fiscales o patriotismo, si encuentra mano de obra barata (tercermundista o local), u osadas fuentes de especulación e influencia.
Los ciudadanos comienzan a sufrir un drástico ajuste –que afecta a sus vidas– por la crisis que no provocaron. Los españoles ya perdimos un 4% del poder adquisitivo de nuestros precarios sueldos en la década 1997/2007 –la del milagro económico–, según datos de la OCDE. Hoy, el descenso nos sitúa cuatro puntos por debajo de la media comunitaria que incluye a los mal pagados países del Este, en estadísticas de la Comisión Europea. Y, ni aun así, somos ya competitivos. Ni asalariados, ni autónomos. Basta pasear por uno de los innumerables centros comerciales para leer en las etiquetas: fabricado en Marruecos, en Bulgaria, en India. La variable china, con su inmenso mercado de trabajo, introduce un elemento nuevo en esta crisis. Cualquier empresario sabe que puede pagar 50 o 60 euros al mes en lugar de 600 o 1.000 en España.
Seguir la senda que nos ha llevado al desastre parecería la decisión más errónea. Pero no sólo persistimos en ella, sino que brindamos la más amplia colaboración. Los grandes autores de ciencia ficción anticipatoria no osaron imaginar una sociedad de individuos entregado al consumismo voraz, encandilados con su botín, pero arriesgando su propio dinero y su estabilidad. Más dependientes y vulnerables, por ello, que los epsilones de Huxley con todas sus necesidades materiales cubiertas. ¿Quién induce tal ceguera? Otra neolengua, como la que ideó Orwell, logra ya anular el pensamiento crítico, el gozo de pensar y decidir. Y, paradójicamente, en aras de una libertad quimérica.
Desencanto, pesimismo, desconfianza, cólera, peligrosos gérmenes de potencial violencia indiscriminada crecen, sin embargo, en la sociedad. No era el objetivo al delegar nuestra soberanía. Abandonado por los políticos a quienes entregó su mandato, el ciudadano (mentalmente adulto) sabría qué hacer: vaciar la casa, airearla, limpiarla a fondo, pintarla, planificar una nueva ordenación que erradique los agujeros por los que escapa el dinero y la capacidad de gestión. Y, desinfectando cada objeto, volvería a colocar lo necesario para vivir adecuadamente. Todos.
Más democracia y devolver al individuo la fe en sí mismo y en la búsqueda del bien común, recuperando su papel y su dignidad, se perfilan como caminos positivos. En periodismohumano.com, Sam Daley-Harris, premio Nobel de la Paz, aportaba estrategias básicas: “Dejar de pensar que no hay soluciones. Dejar de pensar que no importa lo que hagamos. Dejar de pensar que puede que haya soluciones, pero que no dependen de mí. Dejar de actuar en solitario. Buscar a otros, buscar un grupo”. Una sociedad global y más intercomunicada que nunca posee el poder de regenerar a cualquier poder.