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Los vestidos de Michelle

03 dic 2010
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TERESA AGUSTÍN

Las apreciaciones de Natasha Walter en su libro Muñecas vivientes, editado en España por Turner y que se acompaña del subtítulo El regreso del sexismo, no deja de ser perturbador y nos recuerda que la revolución feminista, si bien ha logrado grandes avances, también puede que se encuentre hoy calladamente estancada.
¿Estamos asistiendo a “un resurgir del viejo sexismo bajo una nueva apariencia”? Según Walter, una nueva cultura hipersexual está redefiniendo el éxito femenino desde el atractivo sexual.
Sabemos y sentimos que la verdadera igualdad política y económica no está conquistada y que estos temas siguen estando en una agenda de segunda (el Ministerio de Igualdad acaba de desaparecer en España y, así, parte de nuestra visibilidad). Mientras, crecen las violencias contra las mujeres y el poder político y económico que tenemos sigue siendo muy poco. Nos adentramos en una vuelta de valores casi medievales, donde las niñas son aplaudidas como princesas y los niños como guerreros. El rosa para ellas y el azul para ellos, y esto sin muchos cuestionamientos, como si fuera algo connatural a nuestra naturaleza y, por supuesto, que los varones no se contaminen. “Es innato desear ser princesas”, declaraba hace poco un ejecutivo de Disney.

La aparición de toda una literatura científica (La gran diferencia, El cerebro femenino, entre otros), que hace resurgir el determinismo biológico y que nos dice que “los genes y las hormonas nos conducen inexorablemente, a asumir los roles sexuales tradicionales” apoya más aún los viejos estereotipos tradicionales de los cuales parecía nos íbamos librando lentamente. Lo masculino y lo femenino se presentan como excluyentes.
El éxito de las mujeres se va reduciendo al marco del atractivo sexual: si eres poderosa no puedes ser atractiva… La máxima es que, si ganamos autoridad, perderemos entre otras cosas “femineidad”. El modelo de mujer poderosa para hoy es una mujer Bruni que, al menos, ha mantenido su apellido, esposa del poderoso y ultrafemenina, o una Michelle Obama, de la que sólo se habla de sus vestidos o de su estilo, que ha abandonado una brillante carrera para ser la esposa de otro poderoso. La todopoderosa Merkel es ridiculizada una vez sí y otra también, sólo por su corte de pelo o por sus chaquetas.

Se exagera una femineidad ultrasexual, donde sexo y estética reinan en el mercado. El mercado es el único árbitro –dice Walter–, y es el mercado quien acaba dictando reglas de comportamiento y donde se vende una permanente insatisfacción con respecto a nuestro aspecto, un nuevo problema que no tiene nombre, que hace que las mujeres entren en una rueda aplastante y dolorosa que, eso sí, crea beneficios cuantiosos hipotecándonos de por vida. Se sexualizan las muñecas, el comportamiento de los jóvenes y a las mujeres maduras se las nombra también como idénticas en un ataque continuado por renovar lo imposible. Lo mejor es que todo se vende y se expone como fruto de nuestra libre elección (una máxima del feminismo) cuando deberíamos empezar a hablar de explotación. Si quieres ser visible tienes que ser sexy, si eres cantante mejor canta en bragas y sujetador. Listas todas siempre para un striptease.
La verdad es que cuanto más se feminiza el sexo más parece devaluarse. Hay pocas mujeres en el poder, diferencias salariales sangrantes, pocos hombres en el entorno doméstico y, lo que es peor, se alienta cada vez más a que la mujer se ocupe del hogar. En Alemania, a las mujeres que deciden continuar con sus carreras profesionales cuando tienen hijos se las llama despectivamente “mujeres cuervos”; el modelo protegido por el sistema pastor no ha fomentado para nada la integración masculina en lo doméstico y ha devuelto a casa a muchas mujeres convertidas en eternos ángeles del hogar siempre dispuestas a hornear galletas.

El sexo es artículo de consumo y las mujeres cada vez más, objeto, eso sí, “como resultado de su propia elección”. Y cuantas menos posibilidades de elegir tiene una mujer, más hipersexualidad impuesta. El mensaje interpuesto es: “Esta es la única manera de triunfar”. El sexo se cuela en la tele, en las revistas, en los escaparates (el mercado lo impone) y las feministas casi no nos atrevemos a criticar situaciones que en muchos casos degradan a las mujeres.
Faltaría más que después de todo lo recorrido no fuéramos más abiertas respecto al sexo, pero me temo que prevalece la imagen de objeto y que mucha de la pornografía sigue despreciando a las mujeres. ¿Por qué no hay una vindicación de la sexualidad más relacionada con la intimidad que con el rendimiento?, plantea Walter.
Las personas progresistas parecemos tener miedo a cuestionar la carga sexual que nos devora, nadie alza la voz o plantea el debate por miedo a ser considerados rancios o puritanos, “por miedo a que parezca que condenamos la libertad de elegir de las mujeres”. Es la pescadilla que se muerde la cola. Y mientras tanto, olvidamos que tenemos derecho también a decir no, a establecer pensamientos que ayuden a los niños y niñas a cuestionar los modelos de ahora y los de siempre. Lo que se dice natural necesita un gran esfuerzo, “aprendemos a cuidar cuidando”, a mirar mirando y a vivir viviendo.

Mientras Oriente habla de la libertad de elección de las mujeres que optan por esconderse fuera de lo privado, veladas para tener identidad, Occidente también, en nombre de la libre elección, recupera el viejo sexismo de siempre, donde mujeres y hombres ni aman ni conviven como iguales respetando sus diferencias. Retrocedemos.
Entre tanto aumentan las violencias machistas, sutiles y muchas veces envueltas en papel de regalo, aumentan los asesinatos calderonianos y disminuye nuestra capacidad para gritar al menos, lo que no queremos.

Teresa Agustín es poeta

Dos voces para Labordeta

30 jul 2010
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TERESA AGUSTÍN Y CARMEN MAGALLÓN

Con motivo del homenaje que recibirá mañana, en el IX Festival de poesía Moncayo, el poeta y profesor José Antonio Labordeta en Veruela.

Muchas tardes de lunes me senté con este hombre al que respeto y quiero, en los lejanos días del semanario Andalán, cuando éramos tan jóvenes, y sin embargo ya sabíamos que escribir poesía “era desafiar al mundo”. Labordeta, maestro que ha seguido siéndolo desde la distancia, me enseñó, en palabras de Améry, que si “el mundo aceptaba el desafío” seríamos realmente poetas. Con el tiempo he descubierto ese reto, su riesgo y el tiempo que le ganamos a la hoguera de las vanidades.
Todavía antes, en el frío Teruel, disfruté de sus enseñanzas en las aulas del Instituto de Enseñanza Media Ibáñez Martín al que acudíamos chicos y chicas de toda la provincia. Con un grupo magnífico de profesores, allí desafiábamos las penurias dictatoriales de la época poniendo en marcha iniciativas maravillosamente creativas.
Fue Labordeta quien puso en marcha el grupo de teatro, con el que representamos El mercader de Venecia y La zapatera prodigiosa. En el Colegio Menor San Pablo, modelo de convivencia inconcebible por entonces, tarde tras tarde, ensayábamos con Gonzalo Tena, Joaquín Carbonell, Federico Jiménez, Pilar Navarrete… Y recorriendo pueblos, como titiriteros entusiastas, Labordeta se estrenaría como cantautor. En aquellas veladas, a las que se unían Juana Grandes, Guillermo Gil, Magüi Mira, Eloy Fernández y otros profesores, escuchamos con pasión sus primeras canciones. Más tarde, José Sanchis Sinisterra, nuestro profesor de Literatura, pasaría a dirigir el grupo. Para quienes procedíamos de aquellos pueblos de Teruel, tan pobres y castigados, tener un núcleo de expresión intelectual y cultural de ese calibre, a finales de los sesenta, significaba casi respirar por primera vez. Había un clima de complicidad latente, forjado contra las prohibiciones oficiales, de rebeldía, de deseos y proyectos.
Era Labordeta un profesor de Historia atípico, al que contábamos nuestros sueños y enamoramientos platónicos, y que nos invitaba a su casa a merendar. Con su entrañable socarronería, nos espetaba: “Hala, venid a casa y os hartáis, que las internas pasáis mucha hambre”. No es extraño que quienes estábamos fuera de nuestras casas, con tan poca edad, lo quisiéramos como a un padre. Un cariño que ha continuado en el tiempo. En el día a día, disfrutaba tomándonos el pelo y contando anécdotas chocantes de los reyes, como que la reina Isabel de Castilla sólo se bañó dos veces en su vida: una, el día antes de su boda, y otra, cuando se cayó a una pila de agua. Sin apenas palabras, iba afianzando nuestra autoestima, consciente como era de que veníamos de lugares en los que todavía se arrastraban la inseguridad y el miedo de la posguerra.
Nos transmitió el amor por la poesía, unida a la figura de su hermano Miguel, ya por entonces muerto, al que admiraba y se sentía muy ligado. Cuando le oía cantar: “Puesto que el joven azul /de la montaña ha muerto / es preciso partir / Desnudos y ásperos / inigualables…”, yo intuía que ese joven azul era Miguel, y que a nosotros nos tocaba seguir en esta vida, dura, haciendo de nuestra singularidad un trazado único. Este canto era para mí, una llamada a la creatividad y la superación.
A valorar la libertad y a tener los pies en la tierra, eso me enseñó, a saber vivir en la humedad de los grises para poder inventar, de vez en cuando, el paraíso, aunque en ese paraíso sólo viviera una flor.
Este Buñuel de la acción y la palabra, al que habiendo llamado don José Antonio en Teruel, no nos sale llamar “el abuelo”, es el hombre viajero, el diputado, el profesor, el amigo, el enamorado de Juana, el orgulloso padre y abuelo de dos nietas, el trovador de voz callosa, el hermano de Miguel, y para mí un hacedor de palabras que siempre ha escuchado las palabras nuevas, con críticas y aliento, en su enseñanza de no reblar nunca, y de reírse mucho, empezando por uno mismo.
A veces escribimos para no volvernos locos y también dejamos de escribir por lo mismo. El lenguaje tiene sus propias formas, sus silencios, puede cantarse en forma de albadas o en poemas a la libertad, celebrar los amores o esfumarse una tarde de verano para poner de nuevo punto y final.
Leo tus dos últimos libros, esas memorias salpicadas de sentido del humor y de crítica a un sistema que sé que miras en ese color político que pocos entienden y que, visto lo visto, tal vez sea el único posible. No ser políticamente correcto es, sobre todo, una forma de ser libre, siempre pensando que aún no llegó nuestro Canto a la libertad, verdaderamente nuestro himno, el de muchos aragoneses y aragonesas a los que se nos arrasan los ojos cuando lo escuchamos de tu voz. El otro, sobre el tiempo y la infancia, que siempre termina pareciéndonos lejana, nos ha dejado mirarte desnudo en tu enfermedad, con esa dignidad sobria y lontana a la que nos acostumbras.
Has escrito hermosos libros de viajes con el tiempo acumulado en cada frase. Tu poesía resume muchos caminos por el desierto, ese viajar que es tu victoria. Qué más da con mochila o con baúl, si al final se trata de ser mundo y de interpretar el sabor de las nueces. Como poeta y hombre que nos da la mano, vuelves a mostrarnos que la libertad existe. Y aún sin saberlo, hemos aprendido cómo se hablan y se abrazan los árboles, también en los largos y calurosos veranos.

Teresa Agustín es poeta

Carmen Magallón es profesora