¿El problema son los antidisturbios?

29 Sep 2012
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Mucho se ha cargado estos días contra las Unidades de Intervención Policial, los antidisturbios, por su actuación el pasado día 25 en Madrid. La tensión llegó hasta tal punto en las redes sociales, que el secretario general del Sindicato Unificado de Policía, un histórico defensor de establecer la obligatoriedad de que los agentes lleven siempre visible su número profesional, perdió los nervios y escribió desde su cuenta de twitter cosas tales como: “para los de las identificaciones: no las llevan y apoyamos que no las lleven ante organizaciones violentas. Leña y punto”. Este twitt de Sánchez Fornet y algunos otros más desencadenaron un movimiento de indignación general en la red y se abrió de nuevo el eterno debate sobre la clase de policías que tenemos.

El problema es que entender la actuación de la policía el 25S como algo derivado del material humano que la compone, no sólo es un error político mayúsculo, sino además una cortina de humo que esconde la cuestión crucial: quien y por qué da las órdenes. Jorge Fernández Díaz y Cristina Cifuentes deben de estar con gesto divertido viendo desde la barrera un debate que sólo les ha tocado de lado.

Hay que leer al Eduardo Galeano que nos recordaba que el torturador es sólo un funcionario; un burócrata armado que pierde su sueldo si no cumple eficazmente la tarea que le fue encomendada. Hay que leer a la Hannah Arendt que escribía sobre el juicio al teniente coronel alemán Adolf Eichmann, encargado de la organización de los transportes para el Holocausto durante el periodo nazi, condenado a la horca en Israel. Arendt explicaba que Eichmann no era un monstruo sanguinario a la altura de sus crímenes, sino más bien un mediocre que se defendió en el juicio argumentando que sólo cumplía órdenes. Hay que leer al Zygmunt Bauman que explicaba que lo verdaderamente peligroso del nazismo no era la crueldad de los nazis, sino su capacidad para organizar una administración estatal capaz de llevar a cabo, con la más fría eficacia, el proyecto político del Tercer Reich.

Digámoslo claramente; los policías son policías y lo son en la Alemania nazi, en la República española, en la URSS, en los Estados Unidos, en Islandia y en China. Y en todo tiempo y lugar la policía está para cumplir órdenes.

Habrá quien diga que en un Estado de Derecho los policías deben estar comprometidos con la defensa de las libertades. Eso estaría muy bien pero no es lo fundamental. A la policía no se le paga para que piense, sino para que obedezca. Es indudable que habrá policías crueles que disfruten pegando y policías de extrema derecha encantados de cargar contra gente de izquierdas, pero también es indudable que habrá agentes demócratas y sensibles que preferirían detener a banqueros antes que a la gente que protesta. Pero insisto, esto no es lo importante. No hay que olvidar que los agentes son, a lo sumo, peones en el tablero de juego político. Decían con amargura los Habeas Corpus en “Cada vez más odio” que en este mundo hay “casi tantas buenas intenciones como hijos de puta”. Precisamente por eso, es absurdo pensar que el problema político de la represión se resolvería separando a los policías “de buenas intenciones” de los “hijos de puta”.

Lo diré aún más claro: si alguna vez me tocara la tarea de ejercer de Ministro del interior, de Delegado del Gobierno o de juez, me importaría un pimiento lo que los policías pensaran de mí y de mis ideas; lo que me preocuparía de veras es que obedecieran mis ordenes diligentemente así como contar con el poder suficiente para que ninguno se atreviera a no hacerlo. Si la orden es poner los grilletes a un banquero o al yerno del monarca apoyando la rodilla en su espalda (como solemos ver que hace la policía con la gente que detiene en las manifestaciones) la orden debe cumplirse así. Y en mi caso no habría ninguna crueldad, sino una voluntad política inequívoca, la de enviar un mensaje a los banqueros y a los yernos: que tengan miedo, exactamente el mismo mensaje que Cifuentes y Fernández Díaz mandan cada día a la gente que protesta.

Sé que el poder tiene que ver también con el convencimiento, pero cuando hay armas de fuego de por medio yo me fío más del poder duro de la coerción que del poder blando de la hegemonía (qué razón tenía Maquiavelo cuando le decía a su príncipe que ser amado está bien pero que es preferible ser temido). Es cierto que la dominación sin hegemonía tiene fecha de caducidad (después de leer a Maquiavelo y a Lenin hay que leer a Gramsci), pero para el corto plazo es más eficaz el poder duro que, además, es la base para construir después los poderes blandos de la ideología.

Por eso hay que decir que los principales responsables de las barbaridades que vimos el día 25, los principales responsables de que hoy el Congreso haya vuelto a estar blindado como la franja de Gaza, los principales responsables de que funcionarios públicos actúen encapuchados y sin el número profesional visible, o de que se infiltren en organizaciones legales, o de que gocen de total impunidad si incumplen la ley, no son esos mismos funcionarios ni sus representantes sindicales, sino sus jefes políticos.

Incluso el más virtuoso de los sistemas sociales necesitaría de policías que llevaran a cabo tareas desagradables; que sean buena o mala gente es lo de menos. La decencia imprescindible en política es la de quien da la orden. Sin embargo en nuestro país, por desgracia, la indecencia es la palabra que mejor define a quien gobierna y manda a la policía.


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