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¿Para qué sirve el hielo?

Diario de bitácora un director de cine en el Ártico

Día 6. ¡¡Asturias a la vista!!

01 jun 2011
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Si durante un viaje en barco; mientras contemplas el paisaje apoyado sobre la barandilla; piensas en que tienes que hacer la declaración de hacienda… quiere decir que el viaje ha terminado.

Ya estamos en el noveno día de navegación. Y se nota. Las carreras frenéticas que hacíamos desde la sala de trabajo hasta la proa cada vez que alguien gritaba ¡Un glaciar!¡Una morsa!¡¡¡UN OSO!!!.. han terminado.Ya no se oyen los enjambres de los “clic,clic,clic,clic,clic” de nuestras cámaras cada vez que nos plantábamos ante algún monumento esculpido por la naturaleza a golpe de milenio.  Ahora solo se oye algún “clic” perezoso del que saldrá una foto distraía y desmotivada, consciente de que nunca llegará ser salvapantallas. Las conversaciones de los primeros días,  atropelladas, entusiastas, nerviosas ante la incertidumbre del viaje que acababa de comenzar se van aletargando y dejan paso a territorios más reconocibles por todos: “Dame tu mail, tenemos que quedar cuando vayas a Madrid, como vea un salmón no sé lo que le hago…”

En cuanto a todo lo visto y aprendido… tengo una sensación extraña. Como de haber llegado tarde a una fiesta. Donde antes había gente bailando, riendo y coqueteando ahora solo hay silencio y los restos pringosos de los que se han ido. Y por mucho que espere con una copa, sin hielo, en la mano nadie va a volver a esta fiesta. Nadie vuelve a las fiestas que ya no son divertidas.

Todo lo que los científicos del barco nos han contado durante estos días sobre el Ártico se puede resumir en una palabra: CODICIA

El deshielo, que para unos significa catástrofe. Para otros, que a lo mejor son menos pero tienen más jardineros que mantener, significa más dinero.

La ecuación es tan simple que te sientes idiota al despejar la incógnita.

“Enhorabuena, Tom. Buen chico. Toma tu plátano”

Pero es así. Mientras todos mirábamos los paisajes árticos sin creernos del todo que estuviésemos allí había un montón de hombres de negocios frotándose las manos hasta que les dolían. Como si el calor que provocaban pudiese acelerar aún más el deshielo. Ni siquiera pueden a esperar a que eso ocurra. Los rusos están ampliando su flota de rompehielos nucleares de forma abrumadora. Cortarán el hielo como mantequilla y servirán de guías a los convoyes de cargeuros que les seguirán como una tétrica  caravana de pioneros hacia el oeste americano.

Lo peor de todo es que al final la destrucción de un ecosistema como el Ártico. Fauna marina, fauna terrestre, flora… y no nos olvidemos de los Inuits, una cultura de más de 4000 años de antigüedad. (Porque los osos polares molan, pero los Inuits son de los nuestros)solo va a servir para que alguien tenga más coches en su garaje. Nadie dice:

Eh, siento mucho más que vosotros lo del Ártico, pero si no busco petróleo en sus aguas echarán de la residencia a mi pobre madre enferma.

No. Es solo por amasar más y más dinero. Apelarán a la necesidad de la gente “normal” de tener asegurado el suministro energético, pero nadie ha preguntado a la gente “normal” si quiere seguir con el mismo modelo energético.

Como me temía, he recibido una paliza de realidad al bordo del Jan Mayen. Y una paliza de las que al día siguiente duelen más todavía. Porque en el barco no había líderes medioambientales mediáticos, ni se recitaron los mantras ecologistas que se repiten desde los setenta y , afortunadamente, nadie tocaba los bongos. Hemos navegado con hombres y mujeres de ciencia. Dicen lo que dicen porque lo han demostrado. Y todos coinciden en lo mismo:

Date prisa en besar a la chica que te gusta porque la fiesta se acaba y no la vas a volver a ver en tu vida.

Ahora bien, si ellos no arrojan la toalla… ¿quiénes somos nosotros para hacerlo?

Porque, no se cansan de repetirlo, somos nosotros; los ciudadanos, los que  tenemos la posibilidad de cambiar el guión de la película.

No hay que lanzar las llaves de nuestros coches al mar, ni renunciar a comprar esos chismes tecnológicos que tanto nos gustan. (Yo no pienso hacerlo)

Simplemente hay que bajar un poco el ritmo. Estamos corriendo un maratón sin haber entrenado.

Y ya sabemos lo que le pasó al bueno de Filípedes después de darse el carrerón desde Maratón a Atenas.

Tranquilicémonos, dejemos de correr, miremos a los carros de nuestras compras y respiremos con calma… contemos hasta diez… seguro que llegamos a interesantes conclusiones… ¿Para qué necesito veinte yogures de melocotón si no me he comido un melocotón fresco en mi vida?  Puede parecer una tontería de las mías. Vale, lo es. Pero creo que en esos pequeños detalles está el principio del gran cambio.

¿Utópico? Puede.

¿Ingenuo? Seguro.

Pero, amigos míos, o eso o la cosa se puede complicar mucho. Lo he visto con mis propios  ojos y no mola nada.

 

Ahora todo depende de nosotros. Porque los próximas inundaciones, sequías y tsunamis llevarán en su etiqueta de origen nuestros nombres y apellidos.

Bueno, ha llegado el momento de despedirse. Antes de nada querría agradeder al diario Público y muy especialmente a Nacho Rojo la oportunidad que me han dado de compartir este viaje con todos vosotros.

Y como recomendación muy especial, si el Ártico os ha llamado la atención, no dejéis de leer el fantástico libro de Javier Reverte EN MARES SALVAJES (Un viaje al Ártico) Plaza y Janés.

Javier fue uno de los compañeros de esta travesía y nos conquistó a todos con su humanidad y su soberbia forma de narrar sus viajes. Imprescindible, de verdad.

Mañana tomaré rumbo a Gijón.

Y como me conozco como si me hubiese parido ya puedo verme remoloneando por el muro de la playa de San Lorenzo mirando a la mar de reojo  con algo de picardía. Ya no somos tan desconocidos como antes. Hemos tenido diez días de cortejo y conseguí desabrochar su blusa hasta el botón del los 80°N. Luego me dio un merecido manotazo. Estaba siendo demasiado lanzado. Pero creo que si lo intento otra vez me dejará llegar más lejos.

“El paso del noroeste” empieza a sonar como una melodía pegadiza en mi cabeza… y como me conozco como si me hubiese parido…

Pero ahora hay que volver a casa, deshacer la mochila, y sobre todo… ver anochecer. Llevo diez días sin ver la oscuridad de la noche ni las estrellas. Es una sensación muy confusa. Pero, curiosamente, lo que más eché de menos estos días sin noche fue el sonido de los grillos.

Cri,cri… cri,cri… cri,cri…

Una noche sin grillos no es lo mismo, ¿no os parece?

Gracias por acompañarme estos días. Espero haber sido un digno narrador.

Buenas noches a todos

Cri,cri… cri,cri… cri,cri…

Bailando entre morsas.

Tom Fernández

 

Un domingo en el Ártico es un domingo

30 may 2011
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He descubierto que los domingos ejercen su poder más allá de nuestras fronteras. Da igual que estés en un barco en mitad del Ártico. El domingo buscará a los españoles…. y los encontrará. Ayer nos levantamos con una resaca psicológica que nos hacía estar más pendientes de nuestros propios asuntos que de los compañeros de viaje.  Como no podía bajar a comprar el periódico sin que eso me costase la vida decidí entrevistar a Carlos Duarte, el científico del CSIC que ha organizado esta expedición.  No sé por qué, pero desde que le vi por primera vez, Carlos me recordó a un entrenador de baloncesto. Tiene el porte físico de haber sido jugador y de haberse ganado los galones en la canchas Yugoslavas en los ochenta. Tiene la mirada zorruna del que está pensando en la siguiente jugada antes de que termine la primera.

Su trato es fácil y maneja el sentido del humor con  la rapidez del que lo tiene incorporado a su carácter por necesidad. Para alguien que trabaja día a día con el cambio climático tener sentido del humor es como inyectarse insulina para un diabético.

Sus científicos becarios (de los que ya os hablé) se acercan a él como sus jugadores en la cancha, esperando instrucciones atentamente para el último minuto de partido.  Carlos  distribuye  el juego con serena autoridad  y todos se lanzan de nuevo a la cancha en forma de laboratorio que tienen tres cubiertas más abajo.

Tiene ese encanto (y lo sabe)  de los líderes naturales que saben generar confianza a su alrededor. Parece que siempre sabe lo que hay que hacer. Si mañana fuésemos a desembarcar en las playas de Normandía no perdería su casco de vista.

Os dejo su breve currículum para que sepáis de quién os hablo:

Carlos M. Duarte Quesada (Lisboa, 27/7/1960) es Profesor de Investigación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas en el Instituto Mediterráneo de Estudios Avanzados (IMEDEA), instituto mixto entre el CSIC y la Universitat de les illes Balears y Director del Oceans Institute de la University of Western Australia.  Carlos se licenció en Biología Ambiental en la Univ. Autónoma de Madrid, y – tras una estancia de investigación de 2 años en Portugal – completó en 1987 su tesis doctoral, sobre ecología de macrófitos de lagos, en la Universidad McGill de Montreal (Canadá). Tras una breve estancia postdoctoral en la University of Florida (Gainsville, USA), inició su andadura en el estudio de ecosistemas marinos como postdoctorado en el Instituto de Ciencias del Mar (CSIC), donde ingresó como investigador, para pasar después por el Centro de Estudios Avanzados de Blanes (CSIC), y, finalmente, al Instituto Mediterráneo de Estudios Avanzados (CSIC-Univ. illes Balears).  Su investigación en torno al Cambio Climático se centra en la evaluación del papel de los ecosistemas acuáticos continentales, el océano en el ciclo global de carbono, y el impacto del Cambio Climático sobre estos ecosistemas y el impacto del Cambio Climático en las zonas polares del planeta. Coordina el Eje de investigación de Cambio Global del CSIC, es Director Científico del Laboratorio Internacional de Cambio Global (CSIC – PUC, Chile). Ha publicado más de 400 artículos científicos en revistas internacionales, incluida una docena de publicaciones en las revistas más prestigiosas (Science, Nature, PNAS), una docena de capítulos de libros, y dos libros, y ha dirigido más de 30 proyectos de investigación, incluida la primera expedición científica española al Ártico y la expedición de circunnavegación Malaspina 2010, en fase de planificación. Presidió la Sociedad Americana de Limnología y Oceanografía entre 2008 y 2010, es Editor en Jefe de la revista Estuaries and Coasts. En 2001 recibió la Medalla G. Evelyn Hutchinson a la excelencia científica por la American Society of Limnology and Oceanography, desde 2005 es reconocido como Highly Cited Scientist por el Institute of Scientific Information de Filadelfia, habiendo recibido su trabajo más de 7,000 citas, en 2007 recibió el Premio Nacional de Investigación “Alejandro Malaspina”, y en 2008 recibió el Premio de Medio Ambiente Augusto González de Linares, de la Universidad y Gobierno de Cantabria. En 2009 fue invitado a formar parte del Consejo Científico del European Research Council, recibió el Premio Jaime I de investigación en Protección de la Naturaleza y fue condecorado por la Guardia Civil. En 2010 fue nombrado Doctor Honoris Causa por la Université de Québec a Montréal y en 2011 recibió un Doctorado Honoris Causa por la Universidad de Utrecht, en Holanda.

Como veis, el chaval no ha perdido el tiempo en estos 51 años. Os dejo con la entrevista:

Recuerdo el día que decidí dedicarme al cine. Tenía trece años y fui al cine club de un instituto de Oviedo a ver “Dos hombres y un destino” No volví a ser el mismo. ¿Recuerdas es día que decidiste ser científico?

Yo en realidad no quería ser científico.

Pues empezamos bien.

(Risas) Yo tuve una beca para estudiar el bachillerato en eso que se llamaban Universidades laborales. La beca era extensible hasta la universidad, así que decidí seguir estudiando algo que no era ni humanidades, que se me antojaba que era aprender muchos datos y hechos, ni era ciencias duras que se me antojaban demasiado complicadas. La biología me pareció la opción que estaba entre medias. Aunque la carrera no me ofrecía demasiado esfuerzo ni me motivaba. Me fui a Canadá, estuve trabajando en algunas granjas y con el dinero que ahorré me fui un mes a caminar en solitario por las montañas rocosas. Allí  decidí dedicarme a la ciencia.

 

Durante la promoción de ¿Para qué sirve un oso? un periodista me preguntó:

¿Para qué plantar un árbol si no llego a fin de mes? Me quedé descolocado como director y como terrícola.

¿Tú qué habrías respondido como científico?

Yo habría respondido: Para que tus hijos sí lleguen a fin de mes. Porque cuidar del medio ambiente no es algo que hagamos por nuestro propio beneficio. Tenemos que pensar en nuestros hijos. Y si no los tenemos, en las generaciones futuras. Hay un dicho indio que dice que la tierra no nos pertenece, la hemos tomado prestada a nuestros hijos. Tenemos la obligación de entregarles un planeta medianamente habitable y cómodo igual que lo ha sido para nosotros.

A Javier Cámara, (Alejandro en la película) una niña le pregunta:

¿Para qué sirve un biólogo?

Él, que está en plena crisis de fe científica responde:

Básicamente… para nada.

¿Compartes la opinión de tu colega de ficción?

En parte, sí. Mi motivación para hacer biología no era prestar ningún tipo de servicio a la humanidad ni ser útil, sino tener un campo de exploración abstracto con una cierta libertad intelectual. Pero ahora quiero pensar que mi trabajo es útil. Y además estoy convencido de que, igual que el siglo XX fue el siglo de la física, el XXI va  a ser el siglo de la biología. Porque ya tenemos suficiente conocimiento de las herramientas de la biología como para utilizarlas para resolver problemas.

Otra respuesta muy común cuando surge el tema del cambio climático y sus consecuencias es “Bah, total eso yo no lo voy a ver…”

Cada vez que se lo oigo decir a alguien me dan ganas de estrangularle. ¿Qué puedo decirles? Lo digo más que nada para evitar la cárcel.

Pues si estuvieran aquí con nosotros podrían verlo perfectamente. Lamentablemente en el Ártico vemos el cambio climático todos los días. Y esto nos debe servir de alerta. Si no nos importa el Ártico, que debería importarnos porque nos afecta, al menos que sirva para que esto no se repita en otras partes del planeta o en nuestras propias casas dentro de unos años.

El otro día comentabas que los científicos os sentíais un poco como el personaje mitológico de Casandra,  condenada por Apolo a ver el futuro pero sin que  nadie la creyese. Si durante un minuto  todos nos parásemos quietos y os escuchásemos qué nos diríais:

Vivimos en la sociedad de los 140 caracteres, pero en ese espacio cabe el mensaje que los científicos queremos mandar a la gente. Que el guión de lo que va a pasar  no está escrito y que lo vamos a  escribir entre todos.

Vale, el hielo del Ártico se funde. Suena a algo demasiado lejano para los que vivimos en España.  ¿Qué equivalente doméstico podríamos poner para lo que entendamos todos?

Por ejemplo… si se me estropea la nevera puedo arreglarla o ir al centro comercial a comprar otra.  ¿Nos podemos comprar otro océano Ártico?

Evidentemente, no. En el mundo nuestro (científico)  hay un concepto que es el de  cambio climático peligroso. Que es el cambio climático que por un lado ya es irreversible y que por otro lado puede desencadenar fuerzas que pueden tener repercusiones en otros puntos del planeta. En el Ártico ya hemos llegado a ese punto de cambio climático peligroso.

Pero lo que sí que nos podemos comprar son, viendo lo que ha ocurrido en el Ártico,  actitudes y patrones de consumo y de estilos  de vida que aseguren que no vamos a tener que comprar otros mediterráneos, ni otros atlánticos ni otros Picos de Europa.

De todas tus investigaciones y expediciones, qué es lo que has visto que te ha hecho sentir más orgulloso de la huella del ser humano en la naturaleza. ¿Y qué te ha hecho sentir más avergonzado?

Pues justamente el mismo lugar geográfico.  Cuando trabajé en Vietnam me dio vergüenza lo que hizo el ejército americano con el delta del MeKong durante la guerra. Era el  manglar más grande de la tierra y lo arrasaron completamente. Además eso tuvo consecuencias para los vietnamitas , que durante dos generaciones nacieron con  malformaciones debido a los contaminantes que contenían los herbicidas utilizados por el ejército americano.

Y lo que más orgulloso me hizo sentir de mis congéneres fue ver cómo el pueblo vietnamita, sin medios, con sus manos y su fuerza de voluntad consiguió recuperar y repoblar el manglar. Ahora es un lugar precioso muy parecido a lo que debió ser antes de la guerra.  Eso me enseñó que es posible recuperar la naturaleza a gran escala.

Mis amigos han empezado a quedarse embarazados. ¿Qué planeta se van a encontrar esas niñas y niños que aún no han nacido cuando tengan veinte años?

Pues depende de lo que hagamos nosotros. Somos la generación, junto con la anterior, que ha provocado el cambio climático. Pero también somos la generación que puede cambiar el modelo de sociedad  en el que vivimos. Uno puedo elegir entre lo que algunos científicos del clima han llamado el Antropoceno, es decir, un planeta tierra donde la actividad humana domina y afecta todos los procesos fundamentales del planeta. O vivir donde, lo que yo querría llamar el Talasoceno, que es una era en la historia del planeta en la que el océano reporta beneficios  a la sociedad. Tenemos muchas opciones y depende de nosotros cuál se van a encontrar nuestros hijos.

¿Les recomendarías a esos futuros españoles dedicarse a la ciencia?

Yo, sí. Aunque entiendo  que las opciones laborales para un joven científico son complicadas, aunque igual que otros ámbitos laborales. Pero basándome en mi propia  experiencia, he encontrado en la ciencia un campo amplio de libertad intelectual y también de servicio. Por lo tanto es muy interesante dedicarse a la ciencia.

En mi tierra, Asturias, vivimos un  terrible abandono del mundo rural. Los territorios que el hombre ha manejado desde el Neolítico están siendo reconquistados por la naturaleza.  ¿Es sensato abandonar  a la naturaleza a su suerte después de haberla domesticado?

Tengo un amigo que dice que todo nuestro conocimiento sobre ecosistemas está en las residencias de la tercera edad. Y corremos el riesgo de quedarnos sin ese conocimiento.

La dicotomía entre lo humano y lo natural es falsa.  Debemos vernos como parte de la naturaleza. Durante ese recorrido que va desde el Neolítico hasta hace pocos años siempre ha habido un equilibrio entre los ciclos naturales y la actividad humana. Un equilibrio que también se traducía en belleza. Belleza de unos  paisajes  bien gestionados por pastores y agricultores. Esos paisajes también forman parte de nuestro patrimonio.

El otro día comentaste algo sobre la especulación con los alimentos a escala global. Cuéntaselo tú  los lectores que tienes más gracia.

Ahora una de los valores seguros para los especuladores no es el oro, ni el petróleo. Es la comida. Y lo venden en paquetes con nombres muy bonitos, igual que hicieron con las hipotecas basura. Los inversores no saben lo que están comprando pero están contribuyendo a la especulación sobre el mercado internacional del alimento, sobre todo en cereales. Están haciendo subir el precio de forma rápida para que unos pocos obtengan beneficios a costa de una hambruna global. Porque los que sufren las consecuencias de esta especulación son los países importadores de cereal: Centroamérica, oriente medio… países pobres.

¿A un chaval que quiera  ganarse la vida en el medio rural ¿Qué le recomendarías, la agricultura o  la algacultura?

La ganadería y la agricultura son necesarias para mantener paisajes, conocimientos y gestionar nuestro patrimonio natural. Pero hay que pensar que la agricultura del S.XXI no va a ser como la que conocemos. Hay una oportunidad de cultivar alimento sostenible dentro del océano. Y dentro de esas opciones está el cultivo de algas, que está creciendo de forma muy rápida. Además, este tipo de cultivos pueden ser beneficiosos para el medio ambiente ya que gracias a ellos se pueden recuperar zonas costeras degradadas.

Ayer, en la cubierta de este barco muchos de nosotros vimos nuestro primer oso polar. ¿Estábamos viendo un oso o nos estábamos despidiendo de él?

Seguiremos viéndolos durante unos años. Pero va a ser una despedida larga y dolorosa.  Siempre que ves un animal de esta belleza te das cuenta de que condensa todos los valores de la naturaleza resumidos en un punto de color marfil en mitad del hielo. Y las propias pisadas del animal alejándose del barco te hacen preguntarte adónde va el oso y adónde vamos nosotros

¿Para qué sirve un oso… polar?

Pues si sirve para que tengamos ese momento de reflexión cada uno de nosotros la visita del oso habrá merecido la pena.

Y por último, y parafraseando a un clásico del Western, (Johnny Guitar)

“Miénteme… dime que hay esperanza”

La cosa está difícil. Pero creo que no seremos capaces de llamar a nadie a la acción mostrándole los problemas y pronósticos negativos. Si queremos movernos hay que empezar a apuntar a las soluciones y buscar los puntos de luz. Así que os engañaré a todos y os diré que hay esperanza. (risas)

 

 

 

Día 4. En ocasiones veo científicos…

28 may 2011
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Tras seis días de navegación he descubierto que no estamos solos en el barco. Igual que en el Nostromo… hay otros pasajeros. ¿Aliens en el Jan Mayen? Esto se pone emocionante.

Los descubrí por casualidad anoche, mientras trataba de dormirme con el ronroneo de los motores diesel del barco.

Es como una canción de cuna de dos mil caballos de potencia a la que, por extraño que parezca, te acabas acostumbrando. Pero la nana-diesel fue sustituida por una canción que me sonaba bastante. Sin darme cuenta empecé a tararearla. Era el Comes a time de Neil Young.

¡Neil Young en el barco! Me levanté de la cama y me fui en busca del origen de la música. Mi sorpresa fue en aumento cuando me encontré en mitad del laboratorio del barco con un grupo de chicas, y un chico, españoles que me miraban sonrientes. Los misteriosos aliens eran los jóvenes científicos de la expedición, rodeados de probetas y chismes raros.

Su presencia en el barco es muy discreta, de ahí que no me hubiese dado cuenta antes de su existencia. Se levantan los primeros, se ponen a trabajar y se acuestan los últimos.

Todos tenemos el estereotipo del joven científico: es un chico inadaptado y desaliñado. Viste con la ropa que heredó de un primo que le sacaba dos cabezas, juega al ajedrez, no se corta las uñas y por supuesto, no se atreve  a hablar con las chicas.

Pues ese estereotipo ha muerto, amigos míos. Si no estuviésemos en un barco en mitad del Ártico pensaría que nuestros jóvenes científicos son un grupo de amigos a punto de irse al festival de Benicassim. Trabajan escuchando música, llevan piercings y apuesto que algún tatuaje (aunque el vestuario del Ártico no sea muy propicio para lucirlos)

Me gusta pensar que el futuro inmediato de nuestra ciencia está en manos de chavales así.

Me quedé un rato con ellos, interesándome por sus cosas. Siempre que les preguntaba cómo veían su futuro en el mundo de la investigación hacían lo mismo: resoplaban con un gesto de impotencia en la mirada.

Asumen en bloque que su futuro tras su post-doctorado pasa inevitablemente por irse al extranjero a buscar trabajo.

Si lo piensas un momento es algo inaceptable. Pagamos un montón de impuestos para su formación: Universidad, becas, etc… y después dejamos que otros países se aprovechen de esa formación.

No tiene sentido.

Me cuentan que los que tienen la suerte de optar a trabajar como becarios pueden llegar a los treinta y cuatro años sin haber cotizado ni un solo día a la seguridad social.

Repito: Son investigadores, científicos… los tipos que cambian el mundo…

Los que van a arreglar el desastre del cambio climático no son los tenistas, ni las tertulianas cocainómanas de la tele, ni por supuesto los banqueros… son las mujeres y hombres que se dedican a investigar. O al menos son los que van a descubrir las herramientas que las próximas generaciones tendrán que utilizar para arreglar el desastre que van a heredar.

Me dicen que se sienten un poco olvidados y poco valorados  Les cuesta explicarles a sus propios amigos que lo que hacen con sus  vidas es importante. Miran con cierta envidia a los estudiantes extranjeros con los que coinciden en alguna expedición: Los holandeses, daneses, americanos… Sus países les cuidan y les pagan bien. (Saben que van a exprimirles durante muchos años)

Sin embargo si les pregunto si cambiarían su situación por la tener   otro trabajo más “normal” y mejor pagado todos tardan una milésima de segundo en contestar con un rotundo: ¡NO!

Sus trabajos son vocacionales, y una vocación es muy difícil de doblegar. Sé de lo que hablo.

Otra cosa llamó mi atención. Una estadística reciente demuestra que ellas, la jóvenes científicas, son más numerosas que ellos durante la carrera. Después, tras el doctorado la presencia de las mujeres en la investigación se reduce drásticamente: ¿Por qué?

Os lo explico: cuando un chico termina su doctorado y tiene que irse dos años a Australia a terminar su especialización o embarcarse un año en un buque oceanográfico no pasa nada. Puede hacerlo. Si su chica o pareja le sigue, bien. Si no, también.

Pero si una científica le dice a su novio que se va a embarcar un año… la cosa cambia.

Muchas científicas, brillantes científicas, abandonan sus carreras, que hemos pagado todos nosotros, porque…

¡¡¡¡¡tienen un novio idiota!!!!!

Les pregunté al respecto a las científicas alienígenas y me respondían con resignación que sí, que ahora tenían 25 años, que su vida era la investigación y la ciencia, pero que tenían asumido que cuando tomasen la decisión de formar una familia tendrían que decirle adiós a la ciencia. Es un trabajo demasiado exigente y absorbente… para una mujer, claro.

Me fui indignado del laboratorio. Pensando lo injusto que era que nuestras mejores mentes no pudiesen desarrollar todo su potencial por culpa de un chantaje emocional o un embarazo mal calculado.

¿Y si una de ellas es la que acaba descubriendo la bacteria que se come las mareas negras? ¿O la que va a inventar los motores que funcionan con perejil?

Llegué al comedor del barco,  me tomé un capuccino de la máquina de café y me comí una galleta noruega con forma de reno.

Los noruegos son especialmente golosos y sus galletas son… cómo decirlo… llevan tanta mantequilla y azúcar que pueden llegar a ser alucinógenas. El subidón de azúcar fue inmediato… y me hizo ver la luz:

¡Debemos prohibir los novios idiotas de las jóvenes científicas brillantes!

Si pudimos erradicar el tabaco de los lugares públicos podemos hacer lo mismo con un grupo de novios rancios que están torpedeando el avance de la humanidad.

Cuando una estudiante se matricule en una carrera de ciencias debe jurar, con su mano derecha en el corazón y con la izquierda sobre El Origen de las especies, que jamás, bajo ningún concepto tendrá un novio idiota que no la deje embarcar en un buque oceanográfico o irse a investigar por el mundo mundial. Y en el legítimo caso de querer tener cachorros de humano, será él y sólo él el que se quede en casa mientras ella sigue investigando.

¿Con qué harán el capuccino en este barco?

Los jóvenes científicos de la expedición son:

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Iñaki García Zarandona, 27 años, de Galdakao (BIÓLOGO).

Johana Holding,26 años, (Washington)(BIÓLOGA)

Lara Silvia García Corral,25 años (Madrid) (AMBIENTÓLOGA) Inés Mazarrasa,25 años (Santander). (BIÓLOGA)

Clara Gallego Urzaiz,24 años, (Sigüenza)(AMBIENTÓLOGA)

Seguid así, chicos. Aunque no os lo digamos muy a menudo, os necesitamos.

Keep on rockin´!!!!

 

 

Navegando con Casandra

26 may 2011
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Os voy a contar un cotilleo del que me acabo de enterar.

Pues resulta que Apolo, el hijo de Zeus y Leto, se enamoró de  Casandra, la hija de Príamo y Hécuba. Bueno, más bien se encaprichó. Como decimos en Asturias, Casandra era el “refresquín” de Apolo.

El caso es que Apolo le prometió a Casandra que si se entregaba a él le concedería el don de la adivinación. (Así también yo) Y Casandra, claro,  aceptó encantada de la vida. Pero cuando Apolo quiso cobrarse su deuda Casandra se puso toda digna y dijo que ni hablar.

“¡Eres una calientadioses!” Exclamó Apolo enfadadísmimo. Así que rectificó el don concedido a Casandra y la condenó a adivinar el futuro pero con la terrible condición de que nadie hiciese caso a la esquiva y hermosa Casandra.

Cuando pasó todo aquello de la guerra de Troya, Casandra advirtió a los Troyanos del temita del caballo, pero los troyanos nada. “Que si eres una exagerada, que si estás todo el día igual, que si mujer tenías que ser”… lo típico.

Lo que pasó después  ya lo sabéis todos. Los líos por Helena, que si Paris, que si Héctor que si Brad Pitt… Vamos, que ardió Troya y nadie hizo caso a Casandra.

¿Por qué os cuento esto? Porque he descubierto que a nuestros científicos  les pasa un poco lo mismo que a  Casandra.

Llevan más de veinte años alertando sombre el cambio climático. Aporreando las puertas de los despachos de los que toman las decisiones. Advirtiendo del enorme caballo de madera lleno de desastres medioambientales que hemos metido en nuestra amada Troya. Pero esta vez Troya es el planeta entero. Y los troyanos, una vez más, no hacemos caso a nuestras Casandras.

Que si sois unos exagerados, que si solo queréis subvenciones para investigar tonterías, que si científicos teníais que ser…lo típico.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hoy quiero romper una lanza en honor de los científicos. Primero tendré que encontrar una lanza en un barco noruego y luego ya veremos, pero creo que es importante remarcar su trabajo.

Porque una cosa es ver un documental en el sofá de tu casa sobre el cambio climático y decir: Dios… qué horror….tengo que hacer algozzz…zzzzz…zzzzz…

Todos sabemos lo difícil que es mantener el tipo ante un documental.

Pero otra cosa es tener la suerte, o no, de compartir un viaje con biólogos y oceanógrafos. Accedes a sus conversaciones como si estuviesen hablando de fútbol en la barra de un bar. Y lo que oyes te deja muy confuso.  Empiezan a hablar de los cambios irreversibles del planeta. repito IRREVERSIBLES: El agujero en la capa de Ozono, la extinción de especies marinas por la sobreexplotación pesquera, el hielo que desaparece del Ártico, la deforestación del amazonas, el calentamiento global…

Es una suerte que el alcohol esté prohibido a bordo, porque dan ganas de emborracharse hasta olvidar que perteneces a la raza humana. Por eso digo lo de no tener claro que sea una suerte navegar con estos tipos. Dan ganas de gritarles: ¡¡O me dais una buena noticia o me amotino, secuestro el barco  y nos vamos todos a Waikiki!!

Sin embargo hay algo que tranquiliza en estos científicos. Algo que me llama mucho la atención. Mantienen siempre una actitud de desdén hacia los problemas a los que se enfrentan. Es como si estuvieses en la calle, viendo tu casa arder y un bombero se te acerca y dice:

“Si quieres que salve a tu gato, entro”

Tú miras al bombero con cara de estupefacción.

“¿Estás loco? La casa está en llamas, va a derrumbarse de un momento a otro… y no tengo gato”

Él se encoge de hombros y dice:

“Bueno, mejor asegurarse”

Y el bombero se lanza al interior de la casa, perdiéndose entre remolinos de llamas.

(Nota del subconsciente): Tom, llevas cinco días en un barco y solo se te ocurren metáforas con dioses griegos y aguerridos bomberos. ¿Qué te ocurre muchacho?

Pero el hecho es que los científicos son así. Al menos es la sensación que me están dando Carlos Duarte y Miquel Alcaráz, los científicos españoles del barco. Siguen haciendo su trabajo aunque todo esté en contra. Investigando con pocos medios, tomando escrupulosas muestras en el océano Ártico  de cosas muy pequeñas que demuestran que estamos haciendo las cosas mal. Muy mal.

Y lo peor es que los que más en contra estamos de ellos, sin darnos cuenta, somos todos nosotros. La sociedad troyana.

Podríamos decir de memoria el once de la selección española que jugó la final del mundial. Con los dos apedillos, el grupo sanguíneo y en qué lado de la cama duermen. Pero somos incapaces de decir el nombre de dos de nuestros científicos de primera línea. Y los tenemos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ellos parecen resignados a su extraño lugar en la pirámide social. Están ahí, de vez en cuando descubren cosas como el teflon o la pantallas de plasma y les hacemos caso, pero la mayoría del tiempo son figuras casi etéreas. Pero tal vez, si les escuchásemos un poco más o valorásemos su trabajo, ellos podrían tener más medios para seguir haciendo su trabajo.

Porque, y ahora en serio, es una gozada escucharles hablar. Mantienen una ilusión casi infantil, que es la más poderosa de las ilusiones, por la investigación y no hay nada que les haga flojear.

Si os apetece seguir la pista de estos tipos y de los nuevos movimientos, nuevas formas de enfocar el futuro,  que engloban a la sociedad y la ciencia os dejo unos enlaces interesantes:

http://www.facebook.com/pages/CSIC-Departamento-de-Comunicación/160886483928732

http://www.resalliance.org/

www.happyplanetindex.org/

http://wisesap.blogspot.com/

PD: He puesto dos fotos de la misma gaviota porque la puñetera de ella me tuvo toda la tarde por el barco a ocho mil grados bajo cero hasta que conseguí enfocarla.

Ah, y otra cosa. Hoy mi subconsciente se va a la cama sin cenar.

 

 

 

Día 2. Están locos estos rusos…

25 may 2011
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Nunca te levantarás sin saber una cosa más. Esta mañana, a bordo del Jan Mayen, he descubierto que los Noruegos desayunan como si fuesen a pasar el resto del día cazando osos a puñetazos. Hamburguesas, huevos, gachas, cuatro tipos diferentes de quesos, catorce tipos diferentes de pan, siete mil tipos diferentes de mantequilla, salmón, pepinillos, yogures, zumos….El salmón ha sido mi opción de desayuno. Con el primer bocado pude ver la cara de mi estómago como diciendo…

“¿Te crees que es nochebuena, idiota?”

Mi estómago tiene muy mal despertar.

La jornada de hoy tiene como objetivo la visita a Pyramiden.

 

 

Pyramiden es Un pueblo minero ruso abandonado hace años.  El Ártico era un territorio libre, así que cualquier país podía llegar y explotar sus recursos. Los rusos vieron el potencial de las minas de carbón y para allá que se fueron. Construyeron la ciudad de Pyramiden siguiendo fielmente el patrón de las ciudades. Esto es: un patrón feo. Muy feo.

 

Pyramiden se bautizó con ese sugestivo nombre por la enorme montaña que vigila esta parte del archipiélago de Svalbard y que realmente parece una pirámide. Los rusos no se complicaban la vida poniendo nombres. Si algo sabe a vodka le llaman vodka. Si algo se parece a una pirámide lo llaman Pirámide.Para ser sinceros, la ciudad fue fundada por los suecos en 1910 y vendida a los soviéticos en 1927.

Ahora Pyramiden es un lugar fantasmagórico. Ya no vive nadie aquí.

Pyramiden, ¿ciudad de vacaciones?

Pero en sus días de esplendor ártico Pyramiden tuvo que ser un lugar con mucha vida. Llegaron a  vivir en ella más de 1000 personas. Había una piscina, un polideportivo, guardería, colegio, invernaderos, establos… ¡¡A 79 °N!! Porque después de esto… no hay nada. Bueno, sí… ¡¡el polo norte!!

Mientras camino con mis compañeros de expedición por las desoladas calles de Pyramiden no puede dejar de pensar en lo que me gustaría entrar en cualquiera de estos edificios y  poder fisgar un poco. A lo mejor en alguna casa queda algún rastro de sus antiguos habitantes. Ya me puedo imaginar a Yuri y Natacha. Vivían en Moscú en los setenta. Él era un prometedor estudiante de ingeniera espacial  llamado a grandes cosas. Natacha era hermosa como la aurora boreal y era una prometedora bailarina del Bolshoi. Estaban tan enamorados que cada vez que se besaban en sus cabezas sonaba la banda sonora de Doctor Zhivago. Una noche de 1975  Yuri salió de copas con los colegas y le comentó  a su mejor amigo que le gustaría ver la película esa del tiburón del que tanto se hablan en occidente. Yuri no lo saía, pero su mejor amigo   era un prometedor agente del KGB.Yuri y Natacha acabaron en Pyramiden. Un destino para comunistas que dejan de ser prometedores.

No pude visitar ningún edificio. Nuestro guía nos dijo que la última vez que un listillo como yo lo hizo se encontró un oso polar dentro. Así que volvimos al barco.

Volvimos al barco y por la tarde fuimos de nuevo de visita cultural. Esta vez a otro asentamiento minero ruso. Barentsburg.

 

 

Barenstburg sí está habitado. Hoy día viven unas cuatrocientas personas. Aunque preferiría pensar que no hay nadie viviendo aquí. Es un sitio… cómo describirlo. No es un pueblo, no es una ciudad… ¡Es un videojuego!

 

Parece que en cualquier momento se te va cruzar un mutante o un zombie o un comisario político. Lo peor de Barenstburg es que los Yuris y Natalias de mi imaginación son reales. Los trabajadores  de la compañía minera sobran su sueldo después de cumplir los cuatro años de su contrato. ¡Cuatro años!

Barentsburg es un lugar triste y desolado que hace que su existencia entre la majestuosidad del paisaje ártico sea aún más trágica.

Lo mejor que les podría pasar a Pyramiden y Barentsbur es que el hielo se las tragase y que no fuesen más que un par de escombreras que nos recordasen lo bestias que fuimos los humanos llevando a hombres y mujeres a trabajar a los confines del mundo para esquilmar el carbón del Ártico.

Pero me temo que esta historia va a tener otro final. Las minas de carbón del Ártico no van a ser un mal recuerdo, van a ser un pésimo futuro.

Noruega suspendió las extracciones de carbón de Longyearbyen porque se había demostrado que eran muy contaminantes. Se encontraron grandes dosis de mercurio en la cadena alimentaria. Desde las plantas, pasando por las focas, los renos y por supuesto… los seres humanos. Pero ahora todo ha cambiado.

Las revueltas del norte de África, gente clamando legítimamente por una vida mejor, han hecho que el precio del petróleo se desestabilice y que países como Dinamarca o Noruega miren de nuevo a sus recursos energéticos con resignación. Si les preguntas te dirán que no pueden hacer otras cosa.

No solo se reabrirán las viejas minas.  Se ampliarán…

 

Es un perverso efecto mariposa. Alguien agita sus brazos en Egipto pidiendo más derechos y libertades y eso provoca que a la fauna y flora del  Ártico llegue un huracán en forma de CO2 y mercurio.

Los árabes progresistas y las focas árticas no lo saben, pero están unidos a un destino muy incierto.

Seguimos navegando hacia el norte. A las placas de hielo. Allí nos esperan los grandes mamíferos Árticos.

Tal vez allí descubra para qué sirve un oso polar.

Corto y cambio

 

 

 

Día 1: 78º N

24 may 2011
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Hola, soy Tom Fernández y hoy comienzo a escribir este blog desde Longyearbyen,(Noruega)

Para ser sincero hace unas semanas no sabía que existía este trozo de planeta. Pero ahora sé que existe, que es un pueblo del archipiélago de Svalbard en el que viven 300 personas durante todo el año, no sé muy bien por qué, y que está a 78º Norte.
Aquí es de día todo el día desde de Abril hasta Agosto. Es lo que se llama el sol de medianoche. Estamos tan al norte que el sol parece que gira en torno a nosotros como la bola de una ruleta. No sube ni baja, solo gira.  Es una sensación extraña que no se haga nunca de noche. Estás paseando a la una de la madrugada por el pueblo y no sabes si irte a dormir o tomar un vermú.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La gente local te advierte de que no te salgas mucho de la carreteras o las afueras del pueblo. Puede haber osos  polares merodeando. Y cuando un oso polar merodea es porque tiene hambre. Y los osos polares no se conforman con un poco de miel. Nos han contado historias no muy agradable de excursionistas que han terminado siendo la merienda de uno de estos osos. Nadie sale del pueblo sin su rifle. Charlton Heston habría sido muy feliz en Longyearbyen.

Durante muchos años Longyearbyen vivió de las minas  de carbón. Hay castilletes de madera repartidos por toda la zona que me recuerdan inevitablemente a “La torre de Suso” en su versión noruega.

El gobierno Noruego, por cierto, cerró estas minas por ser muy contaminantes y los lugareños se reconvirtieron hacia el turismo activo. Pero hace falta energía, y barata, y rápida. Así que el gobierno Noruego  tiene previsto reabrir la minas de carbón… y ampliarlas.

La primera en la frente.

La pregunta a estas alturas es: ¿Qué hago yo en Longyearbyen? Pues estoy aquí porque tengo la suerte de formar parte de un grupo de españoles (fotógrafos, periodistas, escritores, dibujantes…) que vamos a realizar una travesía de diez días por el Ártico a bordo del buque científico Noruego Jan Mayen, que en noruego significa Jan Mayen. El viaje lo ha organizado el CSIC (Centro Superior de investigaciones Científicas) en colaboración con la universidad noruega de TROMSØ y su objetivo es doble.

Por un lado quieren que los “civiles” de a bordo, es decir los que no llevamos bata blanca ni investigamos, utilicemos nuestras habilidades como comunicadores para tender puentes entre los científicos y la gente que está en su casa para tratar de advertir de que lo que pasa en el ártico también puede afectar a la rutina ordinaria de cualquiera de nosotros. O por decirlo de otra forma: Algo se muere en el alma cuando el hielo del Ártico se va.

Por otro lado los científicos del barco, capitaneados por Carlos Duarte, investigador del CSIC, están evaluando la descarga de agua dulce sobre el océano ártico. Agua dulce procedente del deshielo del Permafrost. El Permafrost tampoco sabía lo que era hasta que llegué aquí. Y como su propio nombre indica es el hielo que ha estado siempre ahí, congeladito. Feliz de la vida. Hasta ahora…

El agua dulce vertida al océano ha aumentado más de un 30% y entre sus consecuencias está la de emitir toda su materia orgánica, antes atrapada en el hielo, a la atmósfera en forma de CO2.

El CO2 todos sabemos lo que es y no nos cae demasiado bien, ¿verdad?

Pues este es el viaje que acaba de comenzar. Así que poneos cómodos porque seré vuestros ojos y vuestros oídos durante esta travesía. Intentaré averiguar todo lo que pueda sobre lo que le ocurre a este viejo océano y sobre todo, aprovechar los conocimientos de Carlos Duarte y su equipo para que nos digan qué es lo que podemos hacer los civiles desde nuestros pueblos y ciudades de España para ayudar a que la catástrofe del cambio climático sea lo menos catastrófica posible.

Cuando supe que tenía la oportunidad de embarcarme en este viaje, lo primero que me llegaba a la cabeza pensando en el Ártico era la imagen de algo o alguien muy venerable. Como un abuelo al que no conoces pero del que siempre has escuchado historias increíbles. Una figura legendaria, titánica, indestructible. Y justo cuando puedes conocerle, le encuentras débil, enfermo. A punto de que se le doblen las rodillas y se venga abajo.

“Qué suerte tengo”. Pienso (es que pienso en negrita) “Por poder ver este paisaje majestuoso antes de que desaparezca del todo”

Pero me avergüenzo de pensar de forma tan egoísta. Cuando estaba rodando ¿Para qué sirve un oso? todo el mundo me preguntaba: ¿Has visto algún oso? Y yo respondía: Yo no quiero ver osos. ¡Quiero que haya osos!(Es que respondo en cursiva)


Con el Ártico, aunque esté aquí ahora, me pasa lo mismo. Yo podría vivir sin ver esta maravilla de lugar, pero me sentiría más tranquilo viendo el fútbol en mi casa o tomando algo con los amigos sabiendo que el hielo del Ártico sigue donde tiene que seguir, sin doblar las rodillas, sin entregarse al Océano. Tengo la sensación de que en este viaje voy a escuchar cosas que no me van a gustar. Y me las van a decir los tipos de las batas blancas, que son los que realmente saben cómo está la situación de este planeta. También voy a ver cosas que no me van a gustar nada. Pero para eso estoy aquí. Para  llevarme alguna bofetada de realidad.

Aunque la mayor bofetada me la acabo de llevar desde España.

Álvarez Cascos ha ganado las elecciones en Asturias.

Cascos en Noruego significa: “Ese que caza osos”

Hasta pronto.