El “ombliguismo” en política

13 Feb 2017
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Los principales partidos políticos han celebrado estos días congresos y actos que, según sus protagonistas, eran importantes, decisivos, trascendentes e incluso históricos. La ciudadanía hemos seguido sus cónclaves día a día.

En el caso de la Asamblea Ciudadana de Podemos, hemos estado pendientes casi minuto a minuto. La preparación de la conocida como Vistalegre II, a pesar de su carácter concluyente para el debate sobre el futuro del partido y del propio país, se ha convertido en un vodevil de amores, odios, traiciones, lealtades y deslealtades… Han evidenciado con absoluta claridad que lo que se ha discutido en este periodo -al menos por la cúpula del partido- ha sido otra cosa. No de cómo resolver los problemas de quienes les han votado, sino de algo más prosaico y vulgar. En el fondo, ha sido una mera lucha de poder, con una exposición mediática casi obscena, trufada de ataques, negociaciones y ofertas de puestos. En fin, una lucha con los mismos tintes de siempre. Quizás más virulenta.

Podemos decía representar la nueva política y por ello concitó entusiasmo, apoyo y esperanza. Sin embargo, en muy poco tiempo se ha identificado en su proceso interno con lo peor de la vieja política: sectarismo, cainismo y lucha entre grupos de poder que prefieren preservar sus intereses a resolver los problemas de la gente. A mi juicio, el resultado final de su Asamblea marcará el rumbo del partido, pero ya es inevitable la pérdida de frescura y limpieza del Podemos que ilusionó a millones de personas.

Coincidiendo en fechas, el PP también se ha vestido de largo para celebrar un congreso de unidad y ratificación por aclamación del líder. Su desarrollo ha coincidido con la primera sentencia de la trama Gürtel y con el reconocimiento judicial por parte de importantes empresarios de este país de que han financiado ilegalmente al partido a cambio de adjudicaciones públicas. A pesar de esta situación, en la Caja Mágica de Madrid se han sucedido los puntos del programa congresual como si nada de lo anterior existiera. Es fascinante y sorprendente, todo para mal.

Es sorprendente que el Congreso del Partido Popular no haya dedicado tiempo a debatir en profundidad sobre la corrupción y financiación ilegal en su seno cuando se han descubierto un maremagno de casos en los últimos años. Sorprende poderosamente que ni un solo militante, ni un solo dirigente hayan pedido explicaciones, exigido responsabilidades o propuesto medidas para evitar que vuelva a ocurrir. Ha sucedido todo contra la lógica democrática, que exigiría que este Congreso hubiera servido para hacer casi una catarsis necesaria previa a un proceso de regeneración interna que hiciera creíble el compromiso del PP con la regeneración del país.

Aun así, la escenificación del PP ha sido un éxito para Mariano Rajoy, quien ha salido votado por más del 95% de sus compromisarios. Un error garrafal que solo se puede entender en términos de poder y un gran fracaso democrático porque no se ha lanzado ni un solo mensaje hacia el exterior que permita vislumbrar una mínima autocrítica o deseo alguno de asumir sus responsabilidades y cambiar de rumbo.

Si preocupante ha sido el espectáculo de Podemos, más aún me lo ha parecido la convención popular. Porque Podemos ha defraudado a mucha gente, pero el PP ha transmitido un mensaje de impunidad. Quienes gobiernan han reafirmado que cualquier medio es admisible para obtener el fin último de perpetuarse en el poder. Nos han presentado un partido incapaz de abordar desde la ética democrática y la propuesta política, con valores y principios, su responsabilidad en la falta de credibilidad que tiene hoy la política en nuestro país.

Y mientras tanto, el PSOE ha seguido a lo suyo este último fin de semana. Susana Díaz, rodeada de cargos públicos locales, ha oficiado un acto en el marco del proceso hacia las primarias desde el que ha querido trasladar el mensaje de que ella representa a ese PSOE ganador que aspira a gobernar este país. Todo después de haber facilitado el gobierno del PP.

Así está la política actual en nuestro país. Con independencia de resultados y puestas en escena, PSOE y Podemos han entrado en crisis profundas, medidas en términos de desgarros internos y debates de identidad que en buena medida derivan de su incapacidad para satisfacer el deseo de cambio exigido por sus respectivos votantes. Podemos y PSOE han entrado en crisis porque han permitido, por acción u omisión, con más o menos responsabilidad, que Rajoy siga gobernando en la situación de emergencia social y democrática que sufre este país. Me imagino que algunos dirigentes de ambos partidos, viendo el resultado triunfal y de unidad del Congreso del PP y la aclamación de su líder, habrán reflexionado sobre su parte de responsabilidad en la perpetuación de un partido en el poder cuyo proyecto político no permite la regeneración ni democrática ni ética del país y es incompatible con un deseo ambicioso de justicia social.

La gestión de la política en este último año ha ido dejando una legión de ciudadanos defraudados y huérfanos de referencia política en la izquierda, ha dejado mucha frustración y desesperanza. Aquellos a los que se votó para cambiar las cosas no supieron o no quisieron cumplir ese mandato inequívoco. Las consecuencias son que hoy el PP es más fuerte y el PSOE y Podemos más débiles en términos de apoyo social.

Dicen que de los errores se aprende y creo que hay tiempo, margen y medios para enmendar algunos de los cometidos. Considero urgente empezar a liderar la agenda política con prioridades ciudadanas para poner al PP ante la evidencia de su minoría parlamentaria. Hay que buscar alianzas y acuerdos políticos y sociales. Hay que asumir y respetar la pluralidad de la izquierda para trabajar juntos. Hay que trasladar el foco de la política a la gente y sus problemas. Y hay que ser capaces de poner en valor los escaños obtenidos al servicio de la mayoría social. Si Podemos y PSOE no lo hacen, su error será ya imperdonable y otros tendrán que venir a dar una respuesta a la orfandad política de tanta gente.


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