BELÉN ESTEBAN – La cara de Dios

20 Dic 2009
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Berto Romerolacaradediosbaixa.jpg

(Ilustración: Enric Jardí)

Después de muchas semanas hablando de temas frívolos y livianos en esta columna, hoy trataré un tema realmente trascendente y de absoluto interés nacional: la nueva cara de Belén Esteban. Es de suponer que ya la habrán visto, pues apareció publicada en exclusiva en la revista Lecturas, cuya tirada se agotó en los kioscos en pocas horas, por motivos obvios. Como absoluto seguidor de la ciencia ficción y la fantasía no puedo evitar sentirme hechizado por este asunto. Desde que vi por primera vez el Batman de Tim Burton quedé marcado por aquella escena en que el cirujano retiraba las vendas de la cara del villano y le mostraba su nuevo rostro en un espejo. Otra vez, he pasado los últimos días conteniendo el aliento.

Lecturas exhibe a la nueva Belén en unas fotos que la retratan como una princesa. Otra cosa será cuando abra la boca y emerjan de ellas los mismos exabruptos en el mismo tono que siempre. Porque lo de dentro sigue siendo lo mismo, en teoría. Ese es otro tema, quizá más interesante, pero no hablaré de ello hoy. El nuevo rostro de la Esteban, decía, me remite a una mezcla de muchos otros rostros, una especie de suma entre la primera Belén (la de cuando se casó con Jesulín), una barbie y el propio Joker (o, hilando más fino, una de las víctimas de los productos cosméticos Joker en la citada película). Un paso intermedio hacia la cara de Dios. Voy a  explicar esto.

Tengo una controvertida teoría sobre las operaciones de cirugía estética, basada en la observación de los rostros de las personas que han abusado de ellas. Curiosamente, la gente que ha dedicado su vida y dinero a pulir sus caras, modelándolas una y otra vez en busca de la perfección, acaba exhibiendo una expresión parecida. Se aprecia claramente en algunos transexuales y mujeres mayores que se han entregado a lo loco al bisturí. El resultado final es un rostro similar de rasgos orientales, un tanto felinos. Intuyo que se produce un efecto similar al del pintor que, al mezclar todos los colores de su paleta obtiene negro. O al iluminador que al mezclar todas las luces de colores existentes obtiene blanco. Ese último rostro perfecto, retocado una y otra vez, no puede ser otro que el rostro de Dios.


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