Berto Romero

Esta semana se ha sabido que Ecologistas en Acción ha denunciado al párroco de Puebla de Don Fadrique (Granada) ante el Seprona de la Guardia Civil por disparar con una escopeta de plomos a las palomas del pueblo desde el campanario de la iglesia. Al parecer, el cura tenía la costumbre de subirse por las noches a lo alto de la casa de Dios y abatir a tiros a los animales, eliminando así el exceso de estas aves. En su ejercicio de ángel de la muerte se acompañaba de un grupo de chicos menores de edad. Los ecologistas advierten de que hay métodos más incruentos para llevar a cabo esta acción. Y la Guardia Civil, por su parte, señala que no está permitido el uso de estas armas sobre nada que no sea un blanco tipo diana, y que los menores carecen de permiso para manipular estas escopetas.
Lo curioso es que no es la primera vez que oigo una historia parecida. Un amigo me contó que, siendo adolescente, ayudaba al cura de su pueblo a engalanar la iglesia para los festejos navideños. En estas que una paloma se coló por un agujero en el techo y comenzó a revolotear desorientada. En aquella ocasión, el sacerdote también tomó una escopeta de aire comprimido, que guardaba en la sacristía (no me pregunten para qué, me niego a pensar que sea un objeto de uso común en estos recintos) y se dispuso a hacer lo mismo que su colega de Puebla de Don Fadrique. En este caso, para poder apuntar mejor se subió al altar. Mi amigo me confesó que, en el momento no le dio más importancia, pero que cuando llegó a casa, reflexionó sobre aquello. La potencia de la imagen que había presenciado le sobrecogió. Porque aquel ministro de la Iglesia estaba disparando, desde el mismísimo altar, al símbolo que la institución religiosa atribuye al Espíritu Santo.
Me ha sorprendido mucho volver a escuchar una historia similar esta semana. Y otra vez, a las puertas de la Navidad. Me extraña que la denuncia haya partido de una asociación ecologista y que no haya sido la propia Iglesia la que haya puesto, con más propiedad que nadie, el grito en el cielo.
Berto Romero

El Rey Baltasar de la Cabalgata de Reyes de 2010 en Huelva fue denunciado por una señora a la que uno de sus caramelos le impactó en un ojo. La cosa no ha ido a más, porque el juez, con buen criterio, ha decidido archivar la denuncia, considerando que recibir un caramelazo se puede considerar un “riesgo permitido” cuando uno acude a este tipo de acontecimientos colectivos.
Pero el ejemplo da pie a una reflexión. Es de esperar que se abra una nueva línea de posibles denuncias ante los abusos cometidos por ciertos personajes de ficción, que llevan años extralimitándose en sus atribuciones. Yo mismo, en mi juventud, participé en las Cabalgatas de Reyes de mi pueblo, y fui subiendo en el escalafón jerárquico hasta llegar a ocupar el cargo de Paje Real. Debo reconocer que cuando identificaba entre el público a algún conocido que no era de mi agrado forzaba un poco el lanzamiento del caramelo con la intención de que le escociera.
Por no hablar de la impunidad con que los citados monarcas llevan a cabo su tradicional campaña de allanamientos de morada, con la connivencia de los miembros más jóvenes de las familias, que les facilitan comida y bebida a cambio de regalos.
Si por lo menos fueran los únicos, aún estaríamos cerca de poner coto a tales desmanes. Otros competidores del norte de Europa, cuyos máximos representantes son los colectivos Noël y Klaus, se suman a la intromisión navideña en los hogares españoles, a través de ventanas, chimeneas, claraboyas y hasta inodoros. Muchos ciudadanos se quejan del gasto energético en iluminación navideña por ignorancia, al desconocer que se trata de una medida de las autoridades para evitar zonas de penumbra en las fachadas por las que se pueden colar toda esta caterva de indocumentados.
Por no hablar de la proliferación de roedores en los domicilios a los que se alimenta con dientes de bebé, una práctica tan aberrante como insalubre. La denuncia de un caramelazo puede haber constituido un valiente primer paso para erradicar tanto abuso y sinsentido.
Berto Romero

El jueves se cumplieron 20 años de la muerte del gran Freddie Mercury, a quien me une una estrecha relación de posesión espiritual. Todo empezó en 1988, cuando descubrí el directo Live Magic (1986) entre los discos de casa. Mis gustos musicales se formaban como reflejo de los de mi hermano, diez años mayor que yo, cuyos vinilos pinchaba cuando él no estaba. A partir de ahí fui explorando por mi cuenta toda la discografía de Queen, y como le ocurrió a tantos en mi generación, escuché hasta la extenuación el Greatest Hits Volumen 1 y 2.
La primera vez que vi a Freddie Mercury en televisión caí en una especie de trance. Me hipnotizó como un faquir a una serpiente. Me dejaba boquiabierto la energía que desprendían todos y cada uno de sus movimientos, la seguridad y arrogancia con que se enfrentaba a las masas, y sobre todo aquellos desplantes al público al borde del escenario, chulo como un torero. Únicamente con aquella actitud ya habría sido un gran artista, pero por si fuera poco, cabalgaba aquella voz imponente, con la que jugaba como si cantar de aquella manera portentosa fuera lo más fácil del mundo.
En la última etapa de mi trabajo en el programa “Buenafuente” me reencontré con Mercury de una forma muy especial. Hice de él una imitación, como todas las mías, falta de técnica y rigor, pero con la voluntad de suplir estas carencias con algo de creación propia. Fue y sigue siendo la única vez que un personaje me ha poseído en un plató de televisión. Mis compañeros de programa lo saben. Descubrí que mi cara era parecida a la suya. El maquillaje para interpretarle era mínimo. Un bigote, una dentadura falsa, el pelo engominado hacia atrás y un par de líneas de expresión para acentuar los pómulos. Mi expresión se volvía fiera y altanera, me veía en los espejos como él. Entraba en una espiral de furia en la que a duras penas podía canalizar una energía impropia de mí. Atesoro esos momentos con gran cariño y me gusta pensar que emanaron del propio Freddie. De la fuerza que aún conservan mis primeros recuerdos de él.
Berto Romero

Tiene varios nombres: Vórtice o remolino de basura, Sopa de plástico o Sopa Tóxica. Todos ellos se refieren a lo mismo: una gran masa de desechos, principalmente compuesta por plásticos, que se concentra rotando sobre si misma en un remolino formado por las corrientes de giro del Pacífico Norte. Fue descubierta en la década de los 80. Y hoy Greenpeace ya estima su área como equivalente al estado de Texas. Un gigantesco basurero flotante, entre Estados Unidos y Japón, con una capacidad estimada de unos 100 millones de toneladas de escoria.
Curiosamente, llegué a conocer su existencia buscando información sobre la Mancha de basura del Atlántico Norte, otra isla de residuos de similares características descubierta más recientemente, en 2010. En este caso, la concentración de mugre se enrosca en espiral en este otro giro oceánico, y se habla de su tamaño como “mayor que el de Cuba”.
El tema no es demasiado popular. El asunto es incómodo, aunque también algo conveniente. Ahí donde está, la porquería no se ve, dando vueltas en mitad de los océanos. Es una versión hiperbólica del levantar la alfombra para echar debajo lo barrido. Ojos que no ven… Sin embargo, la realidad es que la fauna marina cada vez come más plástico y las consecuencias comienzan a aparecer cuando la cochambre nos es devuelta a través de la cadena trófica.
En general, preferimos seguir creyéndonos el truco barato a intentar descubrir la verdad. Los prestidigitadores están instalados en nuestras casas y calles y hacen desaparecer nuestros desperdicios cada día como por arte de magia. El inodoro, los contenedores, los desagües…alehop!
Mientras tanto, los aviones sobrevuelan estos nuevos mundos sin que sus pasajeros sean conscientes de su existencia. Puede que pronto se convierta en un aliciente más del viaje: Mira hijo, acércate a la ventanilla. Aquello de allí es Punta Detritus; allá, recortada contra el sol poniente, Bahía PVC. Trabajamos muy duro durante generaciones para construirlo. Y algún día, toda esta basura volverá a ser tuya.
Berto Romero

La entrevista pagada a la madre de “El Cuco”, el menor implicado en la desaparición de Marta del Castillo, ha sido un auténtico pinchazo en hueso. Así lo demuestra la retirada de muchos anunciantes del programa, con esa especial sensibilidad que tiene el dinero para huir del peligro.
No puedo evitar relacionarlo con lo ocurrido en el año 1993, cuando Nieves Herrero y su programa “De tú a tú” también pincharon en hueso. Aquel programa especial, desde Alcàsser, la noche que encontraron a las niñas asesinadas, buceando a fondo en el dolor de los familiares, es recordado popularmente como el inicio de la llamada “telebasura”. Un concepto éste discutido y seguramente discutible, pero que remite a una manera de hacer televisión sensacionalista, amarilla y sin escrúpulos.
En ambas ocasiones el público ha reaccionado masivamente con una mueca de acritud ante lo que considera un límite rebasado, una barrera quebrada, una gota que viene a colmar un vaso. No quiero entrar en el análisis de la moralidad de dichos programas, tarea que precisa más espacio que el que esta columna me permite. A mí me perturban y repelen, y me asombra ver como sus responsables los defienden a capa y espada apelando a la libertad de expresión o información. Pero, al margen de esto, no me cabe duda de que los casos mencionados funcionan como balizas, como mojones, como puntos de inflexión.
¿Y si del mismo modo que el incidente del 93 pudo señalar el inicio de un ciclo, el caso “Cuco” estuviera anunciando su final? ¿Podríamos estar presenciando el cierre de la puerta del telemorbo que se abrió oficiosamente hace casi una década? Me da la impresión de que se pueden advertir señales en este sentido. Antena 3 parece estar retirándose de la pelea. Puso punto final a DEC y todo indica que se concentra en construir una programación familiar y blanca. Si Telecinco se queda sola en esta trinchera, y sobre todo, si sus anunciantes cogen miedo a relacionarse con este tipo de contenidos, entraríamos sin duda en una fase de remisión. Veremos.
Berto Romero

Leía el lunes en la edición digital de ABC una crónica de Belén Rodrigo sobre el cambio de despacho del alcalde de Lisboa, Antonio Costa. Desde hace ya medio año, Costa ha trasladado la alcaldía de la ciudad al barrio de La Mouraria, uno de los más deprimidos de la capital, conocido por ser el centro de la droga y la prostitución lisboeta. Uno de esos barrios por donde conviene no pasear a según que horas. En los últimos seis meses, se han comenzado a notar algunos cambios en las calles, alguno de los prostíbulos ha cerrado y se han abierto algunos comercios. Se intuyen síntomas de recuperación. El plan del alcalde es permanecer allí durante dos años para ayudar en el proceso de la rehabilitación.
El resto de la semana lo he pasado intentando buscar tema para esta columna, pero mi cabeza volvía una y otra vez a la iniciativa del alcalde de Lisboa. Aplaudo el gesto y quiero reconocer en él el dibujo de una vía posible para la recuperación política. Provocado sin duda por que poseo un temperamento siempre dado a decantarse antes hacia la ingenuidad que hacia la suspicacia. Odio volverme cínico, me parece que seca mi alma, mata mis esperanzas y lo que más me preocupa, agria mi sentido del humor.
La política ostenta el dudoso honor de haber conseguido que la palabra promesa haya sido connotada como sinónimo de mentira. Quizá la única manera de recuperar el favor de la ciudadanía sea la ejecución de actos concretos, como el de Antonio Costa. Si se trata de votos, no dudo que el acto de arremangarse atraería de nuevo a muchas personas a los partidos.
Los psicólogos hablan del círculo vicioso de la autoconfianza. Consiste en un diagrama que muestra los tres motores de la conducta humana: hacer, pensar y sentir. Cada uno afecta al siguiente. Lo que haces modifica tu forma de pensar, y tu forma de pensar afecta a tus sentimientos, que te predisponen para hacer una cosa u otra. Para cambiar la propia conducta se debe cambiar el funcionamiento de uno de los tres motores, para que la nueva dinámica contamine a las siguientes. Y aconsejan comenzar por el “hacer”, por ser el más fácilmente modificable. Acciones, no palabras. Lo que comúnmente se conoce como “predicar con el ejemplo”.
Berto Romero

Recuerdo cuando los presentadores de los informativos avisaban a su audiencia cuando las imágenes que iban a emitir eran “fuertes”. Por supuesto, cada vez que oía a un presentador soltar la frase “lo que van a ver a continuación puede herir su sensibilidad” agudizaba mis sentidos y me tensaba como un gato para no perderme detalle, pero en el fondo agradecía su consideración.
Con el tiempo, como público nos hemos ido acostumbrando a la violencia, la casquería y la barbarie. Entiendo que nos han borrado la candidez a golpe de película y videojuego pero, como mi espíritu está formado en esa época pretérita, aún me saltan las alarmas cuando, viendo las noticias, pasan alegremente de las declaraciones de un ministro a un asesinato rodado con cámara en mano.
La cámara en mano es un teléfono móvil. Los cámaras, una legión de ciudadanos oprimidos sedientos de sangre. Y el muerto es Gadafi. Puedo entender que necesitemos pruebas gráficas para convencernos de la desaparición del dictador o que muchos deseen aliviarse contemplando el final más desagradable para el tirano. Pero a mí me pilló tragando una cucharada de crema de puerros en la boca que me supo toda la tarde a sangre y terror. Un plano secuencia interminable, repetido en días sucesivos con nuevas tomas de improvisados reporteros. A mí con una foto me hubiera bastado, pero supongo que son las contrapartidas del sacrosanto derecho a la información.
Me nace una reflexión más una vez vista la secuencia de la muerte de Gadafi. Esa gente fotografiándose con el cadáver, incluso días después, cuando éste permanece en una cámara frigorífica, progresivamente corrompido, viéndose obligados los visitantes a ponerse trapos en la boca para protegerse del hedor. Es la quintaesencia del “hacerse una foto junto a un famoso”, el trofeo para enseñar a los amigos. Signo de nuestros tiempos.
Y a la vez suena medieval: la exhibición pública de la cabeza en una pica a la entrada de la ciudad para amedrentar a la población. Sólo que ahora entra en casa retransmitida en tiempo real para todos los rincones del globo. Sabor a puerros y sangre en la boca.
Berto Romero
Lo peor que puede pasar en una relación, del tipo que sea, es que una de las partes le pierda el respeto a la otra. En un trabajo, en la pareja o entre amigos, la pérdida del respeto es la antesala de alguna desgracia. Yo recuerdo habérselo perdido a las agencias de calificación internacionales cuando supe que, en 2008, en plena crisis financiera, se habían estado dedicando a conceder sus famosas letras (de la triple A a la triple C) sin responder a criterios realistas (éticos ya sería pedir demasiado). Se ocuparon de favorecer sus propios intereses y los de los especuladores de los entramados subprimes. Solo dos días antes de que Lehman Brothers quebrara y fuera intervenida, Standard & Poor’s, Moody’s y Fitch le estaban dando aes mayúsculas a tutiplén.
Esto ocurrió hace sólo 3 años, y no se ejerció ninguna medida punitiva contra estas agencias por su negligencia (o corrupción). Hoy siguen accionando el electrodo que aplica descargas en los genitales a la economía mundial, y sus análisis siguen siendo tomados en cuenta.
Esta misma semana toda la prensa nacional anunciaba de nuevo el terror de los mercados ante la rebaja de la calificación de la deuda española por parte de Moody’s. Y días más tarde sometía a examen a algunas de nuestras comunidades autónomas y bancos. Quizá es mi problema, porque soy demasiado rencoroso, pero me saca de mis casillas que se siga haciendo caso a los bomberos pirómanos.
En el momento de escribir esta columna leo que en un informe emitido el jueves, Moody’s se refería a nuestro país como “República de España”. Es un fallo, claro, pero se puede leer entre líneas algo de recochineo, una demostración a partes iguales de cutrez e impunidad.
Imagina que el encargado de la seguridad de tu domicilio deja entrar a un grupo de borrachos en tu casa. Se beben tu mueble bar y antes de irse vacían los restos de las botellas en tu alfombra. Al día siguiente vuelve para decirte que, tras un sesudo análisis, considera que tu hogar no es seguro, y además, te llama por otro nombre. Ese hombre no merece tu respeto, claro. Merece una patada en el culo.
Berto Romero

Los asesores de Rubalcaba y Rajoy se afanan en cambiar los looks de sus respectivos candidatos. Hablan de perfilar más las barbas, dejar un poco más largos o cortos los pelos, o incluso se plantean la posibilidad de colocar fundas en algunos dientes. Se ha sabido que Rubalcaba se corta el pelo en una peluquería de caballeros cercana a la sede de Ferraz y que Rajoy, que ha adelgazado algunos kilos para esta próxima contienda, está recibiendo a un peluquero una vez por semana para controlar la medida de su peinado. En el caso de Rubalcaba, los asesores no consiguieron que se pusiera unos pantalones vaqueros de corte más moderno. Él prefiere seguir con los que le gustan. Y como ya sabrán, el fondo de los mítines socialistas ha mutado a azul. Perdón, gris.
Peinar, poner fundas, cambiar el vestidito, dar una manita de pintura. Nunca habían sido tan tristes y patéticas estas maniobras habituales en una campaña electoral. El problema es que esta vez suenan tan desesperadas que hace daño tan solo escucharlas. El tunning necesario para actualizar a estos dos candidatos sería tan aparatoso como absurdo. He oído a ambos referirse a sí mismos como la opción del cambio. ¡Del cambio! Y lo decían en serio, no era una broma. Y para mi sorpresa la gente en los mítines no se levantaba ofendida y se iba.
No recuerdo elecciones más desmotivadoras que estas que se avecinan. Absolutamente nada en los dos principales contendientes llama, no ya al entusiasmo, sino a una mínima ilusión. Todo en su actitud y discurso parece visto y escuchado, desvaído, reciclado, cansado, repetido. Confieso que esta semana, mientras oía hablar del trabajo de los asesores de campaña de los dos principales partidos políticos nacionales, he sentido el deseo de que Rubalcaba apareciera con un peluquín, de esos que se ven falsos y mal puestos, de los que salen volando al girar una esquina. Y que Rajoy se afeitara, o se tiñera de rubio platino. Aunque fuera para notar algo. Indignación, o risa. Yo qué sé, algo. Lo que sea. Y eso es malo. Muy malo.
Berto Romero

El martes pasado unos amigos insistieron en que conociera un bar de copas muy especial, como seguramente no había visto ninguno igual antes. Ni que decir tiene que mi curiosidad se excitó tanto que directamente le salió un sarpullido. A estas alturas de la película, ¿de dónde podría venir la sorpresa?
No soy la persona que ha estado en más bares del mundo pero creo que conozco la mayoría de permutaciones posibles. El bar guarro de toda la vida, la taberna tradicional, el de diseño que simula el puesto de mandos del Enterprise, el irlandés prefabricado, el barroco lleno de trastos y telarañas, el de bocadillos regentado por chinos, los temáticos, los de los años 80 con neones lilas, etcétera. Escribe aquí el que se te ocurra: (……………….).
Me adentré en el establecimiento con altas expectativas. Y sí, se vieron satisfechas. El bar era feo. De verdad. Era tan feo que ni siquiera tenía gracia por ser demasiado feo. No respondía a criterio estético alguno. Las estanterías de las bebidas no estaban demasiado recargadas, ni demasiado vacías. Los objetos que se alternaban con las botellas eran inverosímiles y no respondían a lógica alguna. Las paredes alternaban unas cristaleras con molduras con el yeso pelado, pintado a desgana, sin pósteres o cuadros. El suelo era un insulso linóleo como de bolera a dos colores con un línea asimétrica en medio. Al fondo, empotrada en una hornacina de espejos, descansaba la escultura de un caballo dorado de metro y medio de alto.
Alguien anunció “voy al servicio a ver cómo es”, y los habituales del local le respondieron “no tiene nada de especial”. Y así era, insulso. El dueño del local tampoco era especialmente pintoresco. Se daba un aire a James Brolin en “Hotel” y era conocido por sacar tapas diferentes cada noche. Un abanico que iba desde la almendra salada a la ensalada de patata pasando por las gambas cocidas o embutidos variados.
Después de años de sobreestimulación allí estábamos, boquiabiertos ante la gracia de no encontrarle la gracia a un sitio. Sorprendidos por la potencia de su mediocridad. Puede que se trate de la nueva vanguardia.