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ANIVERSARIO – Pico de pesadillas

17 sep 2011
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Berto Romero

Esta semana se cumple el primer aniversario de mi “pico de pesadillas”. Es el nombre con el que bauticé al periodo de mi vida en que he experimentado más terrores nocturnos. No acostumbro a sufrirlos. De hecho, no suelo recordar los sueños. Creo que nunca les he prestado mucha atención porque me cogen durmiendo.

Como sea, en agosto de 2010 se juntaron tres factores: el calor pegajoso del verano de Barcelona, una mudanza y la inminencia del nacimiento de mi primer hijo, acontecimiento éste último que vendría a ocurrir dos meses después.

Fueron tantas y tan vívidas que anoté las pesadillas más impactantes del ciclo: en una de ellas mi hijo era una cría de gorila. Adorable (y obviamente monísima) pero provista de garras y muy fuerte. Al intentar dormirlo me borraba de un zarpazo las facciones del rostro. En otra yo formaba parte del equipo técnico de los Black Eyed Peas y llegaba a media hora de comenzar un concierto suyo en Badalona. Todo estaba por hacer, el escenario pelado,  y los miembros del grupo, con los brazos en jarras me apremiaban. Entre sudores fríos me ponía a tirar cable.

Una noche, los nazis cambiaban al bebé por otro y trituraban a mi primogénito para hacer con él hamburguesas del Tercer Reich. Otra, el bebé tenía la frente escalonada. Una madrugada, un juez me condenó a la silla eléctrica en octubre. Y en la última, mi mujer y yo contemplábamos una barriga gestante, autónoma, girando como una lavadora en una esquina de la habitación.

Pese a que me despertaba sobresaltado en mitad de cada noche, las recuerdo con enorme ternura. No se han vuelto a repetir. No he vuelto a tener pesadillas. Ni a soñar. De hecho, no he vuelto a dormir. O por lo menos a lo que entendía antes como dormir. He llegado a la conclusión de que mi hijo, hoy, para evitarme malos tragos nocturnos, interrumpe todas mis fases REM para protegerme de ellas.

Curiosamente, durante el “pico de pesadillas” no hubo ninguna que presagiara un futuro sin ellas. Nunca creí que se las pudiera echar de menos.

 

ORDENADOR – ¿Habla usted mi idioma?

10 sep 2011
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Berto Romero

El cursor parpadeaba expectante tras una c mayúscula, dos puntos y una barra inversa. Era la primera vez que se iba a comunicar con su PC, de modo que el chiquillo saboreó un poco el momento. Escogió mentalmente su petición durante unos segundos y tecleó decidido: “Ordenador, ponme la musiquita de Superman”. Presionó ENTER. La respuesta de la computadora fue un enigmático y seco “Syntax error”. Aquella máquina resultó ser un poco extraterrestre también, como el propio hombre de acero. Al parecer había que hablarle en su idioma, el exótico BASIC.

Con menos literatura, esta anécdota nos la contó un amigo en el bar de la facultad. En esos días ya habíamos superado la etapa de los primeros PC con MS-DOS. Los Commodores y Spectrums se perdían en la niebla de la memoria y nos relacionábamos con las máquinas a través de entornos más o menos amigables con iconos y menús desplegables. Anda que no nos reímos en el bar de la ingenuidad de aquel crío. Vaya ocurrencia: “Ponme la musiquita de Superman.”

Y a día de hoy resulta que la puerta de entrada principal en la red es google. Los anglosajones han acuñado incluso un término para referirse a su uso: “to google”. Que aquí no lo usamos, porque sería “googlear” y nuestro aparato fonador no está preparado para imitar el canto del pavo. Lo cierto es que, cada vez más, el modo más sencillo de encontrar la información es preguntando de forma simple y directa. Por ejemplo, si quiero saber cómo se construye una casita para pájaros lo más fácil será escribir “¿Cómo se construye una casita para pájaros?”. El buscador recopilará por similitud todas las veces que otros usuarios de la red formularon esta duda antes que yo en foros sobre el tema.

Hoy le pido disculpas a aquel niño por las risas echadas a su costa. No era un alma cándida sino un visionario, un adelantado a su tiempo. Todo parece indicar que la tendencia llevará a un momento en que la mejor manera de escuchar la banda sonora de Superman será tecleando: “Ordenador, ponme la musiquita de Superman”. ENTER.

ELENA ANAYA – Daños colaterales.

03 sep 2011
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Berto Romero

Hay imágenes que se te quedan clavadas en el cerebro y reverberan durante días. Al final del verano me topé con una de ellas. Una foto sucia. Hablo de la visión de la novia de Elena Anaya, desnuda y en cuclillas, vista desde detrás.

Aparece en la revista Cuore, la más osada de las revistas del corazón, la que explora con mayor curiosidad y amplía con mayor ferocidad los límites de su territorio. También es la más peligrosa, pues viste el traje de la candidez. Es la que se expresa con mayor desparpajo, descaro y buen rollo, la que señala los defectos físicos con una flecha y pinta bocadillos en la boca de los famosos convirtiendo la realidad en un inofensivo tebeo.

La revista acompaña las fotos robadas a la pareja en una playa nudista con un reportaje en el que repasa la trayectoria cinematográfica de la actriz. Hacen hincapié en lo mucho que sale en cueros en su filmografía, y también acostándose con mujeres, dando a entender entre líneas que la chica ya se merece un poco la violación de su intimidad y el “outing” forzoso que le hacen, por más que hubiera mantenido siempre en privado su orientación sexual.

Seguramente Elena Anaya no hablará del tema. El puyazo llega en el momento en que le toca pasearse por los medios presentando “La piel que habito”. El sentido común le dictará no referirse a ello para no desviar la atención, para no hacerlo grande. Los susceptibles a ser víctimas del corazón siempre respetan la ley de la “omertá”. Silencio para no enfurecer a la bestia rosa, para que se olvide de ti, y mire hacia otro lado.

Lo que no me saco de la cabeza es la imagen de su novia vista desde atrás. Esa exposición tan grosera y cruda de alguien “inocente”, escogida con tan mala baba, ese daño colateral tan sangrante no tiene explicación, aparte de ser un ejercicio de pura y simple maldad. Elena Anaya bromea sobre la postura de su novia en un bocadillo de cómic escrito por los redactores, “menuda foto les estás regalando a los de Cuore”, dice. Pero el texto debería ser: “por esta foto algunos irán al infierno”.

BLOG – vs redes sociales.

24 jul 2011
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Berto Romero

Hace unos días, un amigo comentaba que apenas leía ya blogs y que cuando lo hacía era movido por una cierta fidelidad al género. Al oírlo pensé que también en mi caso hacía bastante tiempo que no dedicaba un rato a leer posts interesantes. Y más aún, que ni siquiera actualizaba el mío como Internet manda, escribiendo una buena entrada original y atractiva. ¿Y desde cuándo? Haciendo memoria: desde que caí en las redes sociales. Poco a poco me he ido acostumbrando a lanzar los contenidos de forma directa, ahora una foto, ahora un pensamiento o una idea, ahora un enlace, sin desarrollarlos como hacía antes en la bitácora.

De modo que ¿social network killed the blog star? Pues podría ser. Pero de golpe he notado un vacío en el estómago. 140 caracteres es un titular, una foto, un impacto rápido y a otra cosa, un soniquete continuo, sin dejar tiempo para la pausa, la lectura y la reflexión. No me saco de la cabeza la sensación de haber salido perdiendo con el cambio.

Me he dado cuenta de que no sólo estoy comunicándome de una forma sincopada, sino que yo también estoy devorando la información más rápida y sintéticamente. He notado que pierdo antes el interés y la concentración en lo que la red me ofrece, que salto a más velocidad de una cosa a la otra. Que mi consumo digital se ha vuelto, en definitiva, más espasmódico.

El apocalíptico y el integrado que conviven bajo mi misma piel se han soliviantado y discuten a grito pelado. El segundo continúa queriendo adivinar en las redes sociales los primeros pasos hacia la creación de una conciencia global, al estilo de lo descrito por James Lovelock en su hipótesis Gaia. Intuye mareas de pensamiento, flujos de opinión y fantasea con la construcción de una mente colmena planetaria que potencie el cerebro humano hasta límites insospechados. El primero, el apocalíptico, se hace un ovillo tembloroso en el suelo y advierte que ¡arrepentíos! que ¡el fin está cerca! y que el siguiente paso de este camino es más distópico que utópico: es algo parecido a Matrix.

SMARTPHONES – Apéndices culpables.

17 jul 2011
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Berto Romero

Durante el primer y segundo plato los comensales les dedican simplemente alguna mirada furtiva, aprovechando los momentos en que el peso de la charla se desplaza hacia los sectores más lejanos de la mesa. El que lo tiene junto al panecillo le va dando de vez en cuando algún toque. Desliza el dedo y accede rápido a la aplicación de su red social preferida. Echa una ojeada fugaz a las novedades y vuelve a la conversación como si tal cosa. Ajeno al discurso, sonríe con ojos de vaca.

El que lo lleva en el bolsillo lo enfunda y desenfunda a golpe de vibración y lo contempla sin sacarlo de debajo de la mesa. Está siguiendo una conversación paralela a ritmo de sms y los escribe a toda velocidad. Le suelta latigazos oculares a su mano, convertida ahora en una tarántula epiléptica. Todos se levantan para ir al baño a ritmo de metrónomo y cuando vuelven, como si de repente cayeran en ello, presentan al grupo alguna curiosidad recién recibida por correo electrónico.

Una lluvia fina de vino tinto ha ido calando en los comensales y, en el momento en que han acabado con los postres y esperan los cafés, se posa sobre la mesa un extraño ángel. Durante un interminable minuto y medio todos dejan de mirarse, se callan y se concentran cada uno en su dispositivo. Solo se oyen respiraciones y tecleos. Nadie finge ya.

Hasta que la pompa estalla y todos vuelven a mirarse los unos a los otros. De golpe salen del autismo y esconden los teléfonos con las orejas calientes y las mejillas rojas. Esconden el apéndice culpable, como si fueran adolescentes sorprendidos masturbándose que ahora se guardan azorados el pene en la bragueta. Sienten vergüenza pero a la vez disfrutan de una rara complicidad que amortigua lo incómodo del momento.

Se justifican glosando las maravillosas capacidades de sus aparatos hasta que alguien saca otro tema de conversación. Todos se enzarzan en él furiosamente, entre sonoras risas.

Traen los cafés. Y una mano se desliza hacia el bolsillo atraída por una vibración.

ZIMMER – Habitaciones disponibles.

10 jul 2011
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Berto Romero

Hace más de diez años, cuando empezaba en lo del teatro, con mis compañeros de compañía viajaba con frecuencia a Girona. Actuábamos en una sala llamada Platea, con la que nuestro manager tenía tratos y donde nos conseguía unos cuantos bolos al mes.  De la misma manera, como acabábamos tarde de trabajar, y el pueblo nos pillaba a dos horas de coche, nos reservaba unas habitaciones en una pensión modesta pero limpia y tranquila en la ciudad. Esto nos daba una excusa excelente para irnos de picos pardos tras la función.

La hora de recogerse se resistía cada semana un poco más. Y llegábamos a la pensión con el amanecer en los talones, escurriéndonos por la puerta como sombras culpables hacia las respectivas habitaciones. Borrachuzos disimulando la verticalidad y forzando la pronunciación del “buenash noshe” ante el recepcionista. Andando rápido y esquivando miradas,  como espías de la KGB en misión especial o criminales mafiosos en busca y captura.

En la pequeña marquesina metálica sobre la puerta principal leíamos cada madrugada la palabra “Zimmer”. De modo que, durante años, nos referimos a la pensión por su nombre, la pensión “Zimmer”. Nos parecía exótico y sugerente. “A ver qué habitación me toca esta semana en la Zimmer”, “¿oye, pasaremos por Zimmer antes de ir a la sala a dejar la bolsa?”. Recuerdo cómo se la recomendamos a algunos amigos que nos pidieron consejo para alojarse en la ciudad. “Nosotros siempre vamos a pensión Zimmer. Está bastante bien”, decíamos.

Hasta que los azares de una de aquellas noches nos llevó a entrar por el lado opuesto de la marquesina, donde pudimos leer “Rooms”. Eh, alto, alto -exclamó una voz entre el grupo-, nuestra pensión se llama “Zimmer”, no “Rooms”. “No nos estemos equivocando”.  Nos dio entonces por mirar el tercer ángulo de la marquesina que no habíamos visto. Allí ponía “Habitaciones”.

Y esta es la historia de cómo descubrí que “Zimmer” en alemán significa “Habitaciones”, y que resulta conveniente y a veces sorprendente cambiar el ángulo desde el que se miran las cosas.

SANDALIAS – Hay una metáfora dentro.

02 jul 2011
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Berto Romero

En junio de 2007 me compré unas sandalias. De cuero marrón, dos tiras sobre el empeine y una tercera sobre el talón, cada una con su correspondiente hebilla metálica. Eran de una marca alemana, y me sentí confiado. A las pocas horas de calzarlas, su duro cuero comenzó a sajarme la piel, irritándola primero y abriendo herida más tarde. Pensé que tenían que darse de sí.

Tracé un mapa de tiritas en mis pies, estratégicamente dispuestas de modo que protegieran las zonas de contacto directo con la piel. Doblé y redoblé con las manos las tiras de cuero con la intención de ablandarlas. Continué esta lucha durante días, en lo que recuerdo como un traumático y raro desafío del hombre contra el calzado. Apliqué calor y grasa en las partes de la sandalia que rozaban mi carne, y nada. Caminé un par de semanas con esfuerzo, sangrando sobre brasa y cristal, asaeteado a cada paso, intentando doblegar a mis torturadores alemanes con sólo la fuerza de mi voluntad y mi orgullo. Finalmente me rendí. Las metí en su caja e intenté olvidarlas.

Las recuperé al año siguiente y me sorprendió el buen estado en que se encontraban. ¡Están como nuevas! pensé. No recordaba lo ocurrido. Me las volví a calzar y me volvieron a abrir los pies en canal. Una nueva edición del holocausto pedestre. Al año siguiente ni siquiera las saqué del armario. Y en 2010 me las puse una única tarde y las descarté. La anécdota recurrente dio lugar a un celebrado chiste en casa: “Son alemanas: deben estar pensadas para usarlas con calcetines”.

Hasta este verano. Volví a probarme las sandalias. Al segundo día de dolor y sangre, ya medio embrutecido en una nueva espiral de tiritas, se me ocurrió algo nuevo: aflojar un agujero la hebilla de la correa central. Inmediatamente se convirtieron en las sandalias más cómodas que he calzado en mi vida.

Aparte de la sorprendente constatación de la magnitud de mi propia estupidez, intuyo que hay una metáfora muy potente dentro de esta historia. Y estoy seguro de que la encontraré, aunque me tire pensando cuatro años más.

MUDANZA – Herida abierta.

25 jun 2011
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Berto Romero

Dentro de poco se cumplirá el primer aniversario de mi última mudanza. Por suerte, no he llevado a cabo demasiadas en mi vida. Siempre digo que una mudanza es una de las tres principales causas de estrés, junto con la pérdida del trabajo y una ruptura sentimental. No sé dónde lo leí o si me lo he inventado, pero lo creo. No me gusta mudarme, y por suerte no me he visto obligado a hacerlo con frecuencia. Para mi generación mudarse es más habitual de lo que fue para mis padres o abuelos. Hace un siglo aún era común poder pasar toda una vida en una misma casa. O luciendo un mismo reloj, o conduciendo un mismo coche. De todos modos, sea cual sea la causa, existen personas para las cuales mudarse no resulta tan traumático como para otras. No para mí.

Reconozco que una mudanza es una experiencia higiénica. Pero también dolorosa. Una casa en mudanza se convierte en una herida abierta. Un TAC de todos los años vividos en ella. Lonchas de experiencias descongeladas se despliegan ante tus ojos. Supura un pus de recuerdos en diferentes estados de descomposición. Es un tocón de ti mismo en el que analizar cada anillo de aquello en lo que te has ido convirtiendo.

Recuerdo estar hace un año haciendo cajas, sumergido en una montaña rusa emocional. Cada objeto, cada foto, disparaba un recuerdo asociado a un sentimiento. Para más riesgo, mientras lo hacía sonaba el iPod en el que guardo la música de toda mi vida en modo aleatorio. Cada canción me transportaba a su vez a un estado de ánimo distinto, a veces acorde con el sugerido por los objetos, a veces contrario. Viví semanas convertido en un pelele de mis propias emociones.

Un año después, aún conservo una caja sin abrir de esa mudanza. Está en el altillo y no sé bien qué contiene. Hablando con amigos he sabido que a todo el mundo le pasa. Que cada mudanza que se realiza en el mundo se salda con una caja sin abrir, una cápsula del tiempo de la vida pasada. Creo que hasta que esa caja no se abre, la mudanza no se ha acabado del todo. Un cordón umbilical que te mantiene aún unido al útero anterior.

 

CONFUSIÓN – Sobre “eso”.

19 jun 2011
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Berto Romero

Perseguir al alcalde Gallardón hasta la puerta de su casa e increparle junto a su familia no fue una buena idea. Zarandear, tirar objetos y marcar con spray a diputados que intentaban entrar al Parlament tampoco. Coincidimos casi todos en que el arma más poderosa de “eso” que nació el 15M era su profunda convicción no violenta, tras la cual nos abanderábamos en masa con la feliz ilusión de provocar “a lo Ghandi” una reacción en los políticos. Y coincidimos también en que esta semana muchos se han (nos hemos) podido sentir decepcionados al intuir que las protestas de los indignados podían estar derivando hacia líneas más agresivas.

Cuidado con la confusión que provocan las etiquetas. ¿“Movimiento 15M”? ¿“Indignados”? ¿Todos son la misma cosa? ¿Qué cosa? La necesidad de poner nombre a “eso” es grande. Cuanto antes se catalogue antes se podrá desarmar. Muerto el perro se acabó la rabia. Y a lo mejor no existe tal perro, y es tan sólo una acumulación de rabia. Que yo recuerde, precisamente “eso”, lo que echó a la gente a la calle hace un mes no tenía organización, ni dirección política, ni tan sólo portavoces oficiales. Yo les voy a llamar “eso”, ¿de acuerdo? Una etiqueta recién puesta y aún sin connotar.

El debate se centra ahora en si “eso” se ha vuelto Chuck Norris o si son policías secretas infiltrados en sus filas los que inician los altercados. “Eso” es informe, inconcreto y da miedo. Tiene una apariencia mutante, ora perroflauta, ora encapuchado sediento de sangre. Y es útil. La ceremonia de la confusión es conveniente. En Barcelona ayudó a poner sordina al brutal recorte social en educación y sanidad llevado a cabo dentro del Parlament.

“Eso” se prepara para tomar otra vez la calle mañana, 19J, contra el pacto del euro. Mantiene sus razones intactas. Porque lo que no ha cambiado en este último mes es la actitud de la inmensa mayoría de la clase política. La vergonzosa realidad es que sigue mirando para otro lado mientras la calle pide cambios a gritos cada vez más fuertes.

SAMPLER – Elogio del plagio.

12 jun 2011
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Berto Romero

Pues que se ve que el último single de Coldplay suena parecido a “ritmo de la noche”, aquel hit veraniego cuyo eco resuena a cubata y tortillaza de sudor en la camisa. “Tan tan tan-tan…” ¿te acuerdas? Pues es bien igual. Y esa es la cosa ahora, averiguar si han plagiado o no el tema en cuestión. Porque, claro, parece ser que han pagado los derechos para samplear el piano, pero vete tú a saber. Ya se dijo que en “Viva la vida” habían fusilado otro tema y tal. Aunque vaya, no sé de qué te sorprendes, ejemplos de estas prácticas los hay a puñados y… Bueno, ya está bien. ¡Qué cansino llega a resultar el tema del plagio!

¿Cuándo es plagio, copia, inspiración, reinvención o interpretación? ¿Quién va a dibujar esas fronteras? ¿Qué loco se consagraría a una tarea que se acerca a lo físicamente imposible? Por supuesto que los hay. Hay jueces, peritos y gestores de derechos que inventan métodos para determinar cuántas notas separan un plagio de una melodía simplemente parecida.

Pero la realidad es que no se pueden poner puertas al campo y las esporas viajan libremente llevadas por el aire. No sólo en música, también en televisión, teatro, cine, y por extensión en cualquier oficio artístico. El contagio no sólo es inevitable sino deseable. Ya sea voluntario o accidental, lo del plagio es un concepto cada vez más antiguo. Nos movemos en un magma creativo sin precedentes en la historia de la humanidad. Las membranas que separan las creaciones artísticas y los artistas son permeables y mutables. Gracias a Dios, ¿qué clase de mundo sería este si el arte no se contagiara como una fiebre? Todos somos producto de la digestión de lo que tragamos. Y cuando no es consciente, la copia se produce de forma espontánea, ya sea porque desembocamos al mismo tiempo que otros en una idea similar, llevados por los mismos ríos de pensamiento, alimentados por manantiales de ideas comunes, o porque nuestro subconsciente regurgita mezclas desde rincones insospechados del alma.

Es la era del sampler, el puzzle y el collage. Años de elogio del plagio.