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Ola de frio, calentamiento y cambio climático

09 feb 2012

Nos hemos acostumbrado al calentamiento. Por un lado porque nos gusta solearnos cuando entra el invierno, y periodos soleados como los que hemos tenido en el interior de la Península durante Diciembre y Enero nos han hecho disfrutar del aire libre y olvidarnos un poco de las penurias no precisamente climáticas por las que pasamos. Por otro lado, porque llevamos dos décadas escuchando el término calentamiento global y, quien más quien menos, lo hemos incorporado a nuestro repertorio cotidiano. Tanto es así, que cuando viene el frío nos pilla a contrapié y pensamos que algo raro debe estar pasando, a pesar de que esta ola de frío esta ocurriendo en el periodo habitualmente más frio del invierno. Y para completar el desconcierto, la prensa busca titulares y acuña términos y frases que hacen temblar, y no solo de frío, a quien lee sobre el viento desolador que nos llega de Siberia. Recuperemos, aunque solo sea por un momento, la calma, y empleemos, aunque solo sea por otro momento, el sentido común. Armados de estas dos sencillas, eficaces pero muy poco utilizadas armas podemos entender mejor si esta ola de frio siberiano que acecha a Europa es el comienzo del fin del mundo o todavía puede quedar mundo para un buen rato. Veamos tres cosas: 1, la confusa percepción humana de lo que es frío, 2, la reducida capacidad histórica para juzgar lo inusual de eventos climáticos concretos, y, 3, cómo se combina frio con calor, cómo podemos entender que las olas de frío no son una contradicción con el calentamiento global del planeta.

Los que vivimos en latitudes inferiores a los 40-42 grados (sobre todo en  el hemisferio Norte, en el Sur deberíamos hablar de 30-32 grados) no sabemos en realidad lo que es frío. Cuando las mínimas andan entorno a cero ya empezamos a prepararnos para una glaciación. Pero si hablamos con alguien de Finlandia o Canadá, ellos empiezan a preocuparse cuando las temperaturas bajan de -20. Andar entorno a cero es muy llevadero. Los problemas físicos y logísticos con el frio empiezan, de verdad, muy por debajo de cero. Y en esta ola de frío los sitios y los momentos en que se ha bajado de cero no son tantos ni tan relevantes (hablo de esta bendita región por debajo de esos 42 grados de latitud en la que nos ha tocado vivir).  Un punto que confunde la percepción del frío, más aun que la temperatura a la que estamos acostumbrados, es la humedad del aire y la intensidad del viento. Ambas cosas hacen que una misma temperatura baja se perciba como más fría. Una nevada ejemplifica el frío y con todos los trastornos que conlleva  en nuestras latitudes es la viva imagen del “crudo invierno”. Sin embargo, las temperaturas suelen ser bastante mas bajas cuando no nieva, aunque no las percibamos y tengamos que recurrir al termómetro o a ver el agua congelada en los desagües para sospechar que esta haciendo bastante frío. Los pasados meses de diciembre y enero los hemos percibido como calentitos, cuando las temperaturas registradas estaban en el rango del frío normal para estas fechas. Y las hemos percibido así porque se han dado acompañadas en amplias zonas de la Península de cielos despejados, aire seco y sol, condiciones que atenuaron mucho la tasa de intercambio de calor y que nos permitieron ir en mangas de camisa a mediodía a pesar de que el termómetro no subiera de 7 u 8 grados centígrados. Si hubo algo raro en el tiempo atmosférico de los últimos meses fue mas bien la sequia que las bajas temperaturas que ahora ocupan las portadas de los periódicos. Primera reflexión: somos malos como termómetros.

Nuestra memoria se mueve en el corto plazo, es muy subjetiva y está muy influenciada por como experimentamos las cosas. Si un invierno cogemos una faringitis fuerte, tenderemos a recordarlo como más frío que los demás, al igual que si esa semana de aquel año que fuimos a esquiar no pudimos hacerlo porque las estaciones estaban cerradas por la ventisca. Cuando la tecnología y el conocimiento agrícolas eran mas precarios que en la actualidad, los eventos climáticos causaban mayores impactos en las cosechas, pero no porque fueran mas fuertes. Además, los registros climáticos no se extienden todavía por periodos de tiempo tan largos como necesitaríamos para hacer buenas comparaciones y estudios. En muchos lugares se tienen apenas 20 o 30 años de datos, cuando se precisan al menos 40 para capturar las oscilaciones básicas derivadas de la actividad solar. Y en España muchos registros históricos se interrumpieron o se perdieron durante la Guerra Civil. Si contrastamos una ola de frío actual con lo que un español de 90 años recuerda de como eran los inviernos de su infancia tenemos que aplicar tal número de correcciones que sería mejor emplear métodos de extrapolación e interpolación y aplicar cálculos y modelos para cubrir estas lagunas temporales. Segunda reflexión: somos malos almacenadores de información y peor aun cuando la información se extiende a escalas temporales largas.

Si existe mayoría absoluta entre los científicos sobre la veracidad del dato de que el planeta está sufriendo un calentamiento global, ¿cómo es posible que se estén registrando olas de frío intenso? Dejando a un lado las teorías de las glaciaciones acopladas al calentamiento que se mostraron en alguna famosa película sobre el día de después, una atmósfera mas caliente, tal como se ha medido a lo largo del último  siglo, almacena más energía. Una atmósfera energizada genera eventos mas extremos, los vientos aumentan de intensidad, la fuerza de los huracanes y la intensidad de las tormentas incrementan y las olas de frío y de calor se hacen mas frecuentes e intensas también. Todo esto es lo que se conoce como variabilidad climática. El cambio climático lleva consigo no solo un aumento de la temperatura media sino de la variabilidad en las temperaturas y en toda una serie de parámetros climáticos. Tercera reflexión: el cambio climático no es solo calentamiento, implica un aumento en la variabilidad climática y ello conlleva que los eventos extremos del tipo que sea vayan siendo mas frecuentes.

Como corolario, lo lógico de un invierno es que haga frío. Lo lógico de un meteorólogo es que mida y registre el frío. Lo lógico de un científico es que estudie sus causas. Lo lógico de un periodista es que quiera hacer noticia de una ola de frío… No se si lo lógico, pero si lo deseable, de los ciudadanos es que integremos estas diferentes piezas de información y destilemos qué hay realmente de nuevo en este frio siberiano, comprendiendo, al menos en lo general, hasta qué punto todo ello se relaciona con el cambio climático. Y que nos abriguemos bien, que la enfermedad nubla el entendimiento.

El lado oscuro del golf

02 feb 2012

El golf es una actividad relajante que se realiza con frecuencia sobre idílicas praderas verdes. Originado en el siglo XV en las húmedas campiñas escocesas, el golf es el único deporte que se ha jugado en la Luna, durante la misión Apolo 14 en 1971. Rodeado en la actualidad de una imagen  de actividad elitista, sirvió, sin embargo, para que nobles y plebeyos del reino, por aquel entonces desunido, compitieran deportivamente entre ellos durante mucho tiempo. Esta actividad tiene hoy en día un lado cada vez más oscuro: los campos de golf generan un alto número de problemas ambientales. La producción y empleo de fertilizantes, el uso de mucha maquinaría, la introducción de especies exóticas de hierbas que invaden zonas adyacentes y el consumo elevado de agua son algunos de los más conocidos problemas ambientales de estas superficies destinadas al ocio de unos pocos. Uno podría pensar que al ser superficies verdes, capaces por tanto de fijar carbono por fotosíntesis, podrían compensar este lado oscuro funcionando como buenos sumideros de carbono. Pero no es así. Estudios recientes sobre el balance carbono de los campos de golf muestran que no son buenos sumideros de carbono. En el trabajo publicado por Bartlett y James en junio del 2011 se muestra cómo a pesar de haber un alto número de factores que afectan al funcionamiento fotosintético de los campos de golf, estos campos son emisores netos de CO2, y no sumideros como cabría esperar. Esto se observó para una amplia mayoría de condiciones y cuando se tienen en cuenta todos los procesos implicados en el mantenimiento de la cubierta verde de césped.

El problema principal de los campos de golf, no obstante, es su demanda de agua, algo que no era limitante en la Escocia donde se originó el deporte, pero que si lo es, y mucho, en los sitios donde se practica hoy en día con intensidad creciente: lugares de clima templado o caluroso y con muchas horas de sol. En estos ambientes el agua es un bien escaso que se ve amenazado por el cambio climático y por la creciente demanda humana. En ambientes áridos como muchas zonas del Mediterráneo, por ejemplo, el problema del agua no es ni mucho menos trivial, ya que el agua empleada en los campos de golf se detrae del riego de campos agrícolas e incluso del abastecimiento de colegios y hospitales.

Los griegos y después los romanos idearon numerosos deportes, algunos de ellos similares al golf pero lógicamente bien adaptados a un clima seco donde no se puede contar con extensas praderas verdes durante todo el año. Algunos de aquellos deportes han ido derivando hasta juegos actuales como el de la petanca, cuya huella ambiental es mínima y desde luego su consumo de agua es nulo, al desarrollarse sobre suelos desnudos y arenosos.  Lástima que en este impredecible mundo de las modas y caprichos que rigen el ocio del Homo sapiens del siglo XXI la petanca no se haya hecho tan o mas popular que el golf. Hay caprichos que le salen muy caros al planeta.

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Referencia citada

 Bartlett, M.D. & James, I.T. 2011. Are golf courses a source or sink of atmospheric carbon dioxide? A modelling approach. Proceedings of the Institution of Mechanical Engineers Part P-Journal of Sports Engineering and Technology  225  (P2,  Special Issue): 75-83   DOI: 10.1177/1754337110396014  

 

 

La paradójica relación de Estados Unidos con un planeta cambiante

26 ene 2012

Los Estados Unidos de América fueron pioneros en la conservación de la naturaleza. Como país en estrecho contacto con un medio natural agreste y extenso, sobre todo en sus primeros años como nación y muy especialmente en la mitad occidental del continente, fuel el primero en declarar un parque nacional para la conservación de un espacio conocido como Yellowstone. La extraordinaria sensibilidad de este país por la naturaleza se refleja de manera muy especial en las también pioneras fotografías en blanco y negro de Ansel Adams, asi como en la cantidad y calidad de asociaciones y clubes naturalistas que durante mas de un siglo han recopilado de forma muy complementaria a los proyectos científicos valiosa información sobre la flora, la fauna y el paisaje de Estado Unidos.  Este país se preocupó de forma modélica por contener y atenuar la catástrofe generada por el derrame de petróleo en las costas de Alaska tras el naufragio del Exxon Valdez en 1989, derrame monumental y auténtico record mundial de tragedia ambiental de la que aun se perciben los efectos y que llevó no solo a desarrollar tecnologías nuevas sino a cambiar las leyes.

     Un país con esta sensibilidad y con alguno de los mejores científicos en el campo de la ecología, así como en la física atmosférica y en la dinámica planetaria, muestra al mundo una imagen esquizofrénica al  negar en ocasiones el cambio climático cuando son precisamente sus científicos los que lideran el estudio de l cambio climático y de sus impactos. La priorización de aspectos económicos sobre la conservación del medio natural ha llevado a situaciones paradójicas, pero quizá la mas paradigmática se da con el cambio climático. Cuando la administración Bush quiso apoyarse en sus científicos para obtener  un informe que justificara su desapego al protocolo de Kioto y a cualquier restricción derivada de admitir la huella humana en el calentamiento global se encontró con lo contrario de lo que necesitaba. Los científicos le presentaron pruebas aun más profundas y sólidas de nuestra injerencia en el clima y, como reacción, G. W. Bush encontró la forma de expulsar de la Academia a algunos científicos destacados, aunque no logró que la evidencia científica quedara sobre la mesa y que instituciones tan emblemáticas como la NASA colgaran en sus páginas web oficiales todo tipo de imágenes y pruebas de los cambios en el clima y la señal humana en esos cambios. Estados Unidos que invierte una parte significativa de su presupuesto en minimizar los impactos ambientales, no sólo bloquea  negociaciones internacionales sobre cambio climático como las de Durban, sino que sigue mirando a otro lado cuando los negacionistas del cambio climático proponen enseñar este negacionismo en el colegio.  Y para profundizar mas en esta actitud de Dr. Jekill y Mr. Hyde, mientras todo esto ocurre, el país sufraga el Instituto interamericano para la investigación del cambio global, y lidera programas internacionales de gran importancia para coordinar la ciencia del cambio global como el programa biosfera geosfera  (IGBP de sus siglas en ingles).

     Estados Unidos ha dado ejemplos pioneros en la protección del medio ambiente. De ese país han salido muchos premios Nobel y alguno de los mejores científicos del mundo. Estados Unidos, que reconcilia de forma sorprendente  el puritanismo espiritual con la libertad completa del individuo, nos muestra ahora resultados dramáticos de su esquizofrénica relación con la ciencia. Un país basado en el conocimiento científico ha dado lugar al creacionismo y en varios colegios e instituciones se explica el creacionismo en lugar de la teoría de la evolución como la entienden y suscriben la inmensa mayoría de los científicos. Ahora se agarran al resquicio legal de que no es inconstitucional enseñar mala ciencia para ilustrar en los colegios las ideas negacionistas sobre el cambio climático, suscritas por menos de un 3% de los científicos del mundo, incluyendo entre los mejores a muchos norteamericanos. Estados Unidos que nos ha contagiado un capitalismo virulento y un modo de hacer política basado en la critica del contrario (y no en los méritos propios) y en un estéril bipartidismo, ¿nos va contagiar ahora su esquizofrénica actitud ante el cambio global?.

Historias de optimismo

12 ene 2012

En su reciente libro, Eduardo Punset nos invita a un viaje hacia el optimismo con la idea de que cualquier tiempo pasado fue peor. Yo, que me considero un optimista, encuentro que los mensajes positivistas sin una argumentación convincente tienen el efecto contrario al deseado y por ello busco con cuidado las razones para una mirada optimista ante lo que se ve como un turbio futuro. El 2012 ha arrancado todo lo mal que podía arrancar, al menos en cuanto a presagios y perspectivas. No sólo tenemos una crisis económica que se suma a la crisis crónica de tipo ambiental, sino que tenemos una crisis política y social monumental, en la que los partidos socialistas adoptan medidas neoliberales y los partidos conservadores las amplifican aderezándolas de una pretendida austeridad y reclamando el sacrificio de los mas sacrificados, todo lo cual genera críticas y desazón en propios y extraños. Y por si fuera poco, el paro sigue aumentando, los recortes nos dejan con poca ciencia y cultura y algunos medios de comunicación emblemáticos  cierran o a punto están de hacerlo. Si en el marco del cambio global miramos por ejemplo el reciente fiasco de la cumbre de Durban sobre cambio climático o nos fijamos en el ritmo al que los países en desarrollo destruyen recursos y biodiversidad, las cosas pintan negro oscuro para este año que arranca. No obstante, mientras hay vida hay esperanza. Y los sistemas naturales tienen aun mucha vida.

Las cinco grandes crisis de diversidad que ha sufrido el Planeta se llevaron por delante el 99% de las especies conocidas (las que seguimos vivas en la actualidad representamos menos de un 1% del total). Sólo en la primera gran extinción que ocurrió hace mas de 400 millones de años en el Ordovícico  se perdió el 85% de las especies de aquel entonces, sobre todo marinas. Los bosques tropicales representan, junto a los arrecifes de coral, los principales reservorios de riqueza biológica del Planeta.  Un reciente estudio ha mostrado que algunos bosques tropicales son  mas resistentes ante el cambio climático de lo que se pensaba. Una de las bases sobre las que se asienta la gran biodiversidad de estos ecosistemas es su estabilidad temporal, manifiesta sobre todo en las escasas oscilaciones climáticas experimentadas tanto a escala geológica (por ejemplo, quedaron en general poco afectadas por las glaciaciones) como a escala ecológica (por ejemplo, escasa estacionalidad de las temperaturas). En un reciente congreso científico sobre cambio climático y deforestación en bosques tropicales de África se establecieron  importantes diferencias entre éstos  bosques y los que se encuentran en otras zonas tropicales de la Amazonía o Indonesia. Se mostró como estos bosques aunque son menos ricos en especies son más productivos y cuentan con árboles más grandes. Y lo que es mas importante, parecen mucho mejor preparados para responder al acelerado cambio climático. Estos bosques han sufrido varias oscilaciones climáticas en el pasado. En los últimos 4000 años han pasado por varias catástrofes climáticas que han tenido el doble efecto de reducir la diversidad y de prepararlos para tolerar mejor las sequías y calentamientos que se están haciendo más frecuentes e importantes cada día. Esto se resume en un término cada día más común en ecología, la resiliencia de los ecosistemas. Resiliencia es un término  que lleva mucho tiempo usándose en psicología para definir la capacidad del ser humano para hacer frente a las adversidades de la vida, superarlas, y ser transformado positivamente por ellas.

      Si el optimismo se apoya en cómo vemos las cosas y no en cómo son las cosas, al final poner buena cara a las amenazas de origen humano que se ciernen sobre la naturaleza podría apoyarse en una mayor valoración de ecosistemas no muy biodiversos pero bastante resilientes. Y de este tipo de ecosistemas vamos teniendo, nos gusten o no, cada vez mas.

 

 

Sin ministerio… ¿sin rumbo?

22 dic 2011

Acabamos de saber la composición de ministerios del nuevo gobierno y una novedad destacada es la desaparición de la Ciencia… Tras matrimonios de mayor o menor conveniencia con la Educación o con la Tecnología, la Ciencia ya no figura en ningún ministerio. Esta desaparición contrasta con el fuerte peso social y económico que la ciencia tiene en nuestros días. Pero la preocupación que nos divorcia del medio ambiente también nos divorcia de la investigación y de la búsqueda del conocimiento. La preocupación de traer dinero al sistema ha llevado a poner a banqueros, llamados eufemísticamente “tecnócratas”, que son responsables de los problemas de deuda que arrastramos todos, que no han sabido anticipar los bandazos bursátiles, y que para mayor ironía provienen alguno de ellos de las mismas entidades que dieron lugar a la actual crisis económica global. En el mejor de los casos, estos “tecnócratas” lograran cuadrar las cuentas y pagaremos las facturas internacionales a costa de empobrecer el país. Eso, en el mejor de los casos. Cuando logremos llegar a ese final del túnel donde parece que hay una luz nos daremos cuenta de que los demás países no nos estaban esperando. Alemania por ejemplo sigue invirtiendo mucho en investigación, su locomotora científica estará aun mas lejos de lo que está hoy, y nuestro País iniciará otra etapa de endeudamiento con los que estén en la vanguardia del conocimiento. La inversión de recursos y capital humano que plantea el nuevo gobierno no nos llevará muy lejos. Su horizonte es a corto plazo y así no se resuelven las carencias socioeconómicas que nos metieron en el lío. Si tenemos suerte, salvaremos los muebles pero poco más. Lo repetiremos una vez mas, un país no investiga porque es rico sino que es rico porque investiga. Quizá hablemos de distintos tipos de riqueza o quizá veamos la riqueza en escalas temporales muy distintas. De momento veamos donde encajan la famosa I+D+I y luego hablaremos de donde y como queda la investigación en cambio global…

 

 

El planeta olvidado

15 dic 2011

Existen millones de planetas desconocidos en el Universo, pero sólo uno ha sido olvidado. El planeta azul, el planeta mutante, el tercero en el Sistema Solar, el más denso, el único que parece albergar vida, ha caído en el olvido. A pesar del aprecio de muchas culturas por la madre Tierra y el respeto que le profesamos la mayoría de los humanos a título individual, no lo tenemos presente cuando llegan los momentos clave. Las prioridades son otras y las discrepancias entre regiones y países se vuelven insalvables cuando la crisis del actual sistema económico arrecia.

     La conferencia de Durban (COP 17, Sudáfrica) sobre cambio climático reunió a mas de 10.000 profesionales y expertos, incluyendo diplomáticos, ministros, científicos, técnicos administrativos, abogados y miembros de ONGs, de un total de 194 países. Todos llegaron bien informados de las consecuencias de un clima globalmente diferente, consecuencias que ya se están experimentando y que algunos países y regiones menos favorecidas sufren de manera muy especial. Hace no mucho, el primer ministro británico David Cameron proclamaba que debíamos apoyar una nueva revolución verde y rescatar el problema del cambio climático de las manos de los pesimistas; y para dar un toque aun más heroico a sus palabras, las dijo atravesando un glaciar con un grupo de hermosos perros de trineo.  Sin embargo, las negociaciones se llenaron de pequeñas preocupaciones por lo cotidiano, olvidando el marco global que había juntado allí a todos esos miles de personas.

     En 1997 el protocolo de Kioto implicó que los países desarrollados disminuyeran en un 5% las emisiones globales para 2012 en comparación con los niveles de 1990. Tras todos estos años, el plazo se acaba; de hecho termina en dos semanas. Lejos de disminuir, las emisiones han subido mas de un 6%. Nos encontramos ante unos niveles de gases de efecto invernadero muy superiores al peor de los escenarios que barajaban los expertos del clima hace cuatro años cuando se plantearon posibles escenarios climáticos para este siglo en el último informe del panel IPCC. En 2001 el presidente de Estados Unidos George W. Bush rechazó ratificar Kioto argumentando que no había limitaciones para las emisiones de países emergentes como China o India, lo cual era cierto. Pero este argumento reveló la miopía de los dirigentes en cuestiones ambientales, que como niños pequeños no hacen algo si el otro no lo hace también… ¿miopía o intereses distintos? Quizá Bush, como ahora los políticos que influyeron en el desarrollo de la reunión de Durban, tuviera en mente otras cuestiones y había olvidado el planeta en el que vive.

     Haciendo inventario y procurando no ser muy pesimista, la conferencia de Durban ha permitido avances en la definición de los niveles de referencia de las emisiones y en cómo medir las reducciones de emisiones, particularmente aquellas derivadas de iniciativas verdes como las forestales. La conferencia ha resultado en unas débiles salvaguardias sociales y ambientales del programa pero no ha dado lugar a ningún acuerdo o progreso en aspectos de financiación a largo plazo del programa ni en compromisos concretos a corto plazo sobre las emisiones.  Si no se es capaz de recordar las amenazas que existen sobre el planeta en el que vivimos y lo único que recordamos es la factura del gas o del seguro del coche, entonces ¿ por qué nos gastamos millones de euros en megareuniones como las COPs, que, además, generan importantes emisiones adicionales de CO2 relacionadas con el transporte de todos eso miles de personas hasta la sede? Si lo que se trata es de recortar gastos podemos empezar a recortar en el paripé medioambiental.  Quiero pensar que todo ese gasto de tiempo y dinero genera al menos cierta conciencia general de que el cambio climático es algo importante. Pero no puedo evitar pensar que para ese viaje no hacían falta estas alforjas.

El problema de no ver las conexiones

08 dic 2011

La reunión de Durban, la COP 17, no progresa, algo que estamos acostumbrados a oír en todas las negociaciones internacionales de los últimos años que pretenden alcanzar acuerdos para atenuar el cambio climático. A medida que la postura de Europa se debilita, las posibilidades de alcanzar un acuerdo vinculante que limite las emisiones de gases con efecto invernadero se vuelven más remotas. Lo único que parece alcanzable es posponer acuerdos para 2015 (y no para 2020 como se planteaba inicialmente) y encontrar formas de ayudar a los países más vulnerables y necesitados con fondos verdes.

     Se alude a la actual crisis económica como explicación de por qué los dirigentes no se atrevan a comprometer reducciones en las emisiones de CO2. Y a todos nos parece razonable que se establezcan prioridades y que lo primero sea atajar el problema monetario y financiero que nos agobia. Sin embargo, resolver la economía sin tener en cuenta el marco ambiental en general y la crisis climática en particular es como intentar explicar los movimientos de la Tierra alrededor del Sol y de sí misma sin tener en cuenta los demás elementos del Sistema Solar.  Esta limitación colectiva a la hora de identificar las conexiones entre lo que ocurre en materia económica y nuestra actitud ante el medio ambiente, no por comprensible deja de tener consecuencias menos funestas. Aún en el supuesto de que sorteemos esta crisis con bajas moderadas en lo que concierne a las economías nacionales y regionales, lo habríamos conseguido aumentado la brecha que nos separa de un modelo económico ambientalmente sostenible. El Reino Unido parece haber comprendido esta conexión ya que en medio del escenario general de recortes ha gastado más de 600 millones de libras esterlinas en convencer a otros países para que se tomen el cambio climático en serio. No será casualidad que el informe Stern, aquel que nos muestra el gran coste económico de no hacer nada ante el cambio climático, se haya gestado en ese país.

   Los políticos responden a lo que perciben como prioridades para los ciudadanos que los votan. No obstante, los políticos juegan un importante papel a la hora de influir en esas prioridades. En este juego de interacciones entre políticos y ciudadanos, no todo es juego limpio. Los ciudadanos se muestran preocupados por el medio ambiente, la cultura y el arte, pero en realidad se mueven más por cuestiones económicas y de seguridad, mandando un mensaje dual y a veces esquizofrénico a sus dirigentes.  Los políticos por su parte o bien promueven informes científicos sobre cuestiones estratégicas o bien ahondan en las incertidumbres y el debate científico para tener luz verde en algunos de sus proyectos más conflictivos. Con el cambio climático este juego sucio por ambas partes es particularmente evidente, aunque quizá es más explícito en la clase política. Tal como muestran Doran y Zimmerman (2009), hay un acuerdo científico casi unánime sobre las cuatro claves del cambio climático (es real, tiene un origen humano, es grave y tiene solución), pero el reducido número de escépticos  es empleado con habilidad por los políticos para transmitir el mensaje erróneo de que no hay acuerdo entre los científicos.  En un reciente estudio realizado en EEUU y publicado en Nature Climate Change, Ding y colaboradores muestran que dado que más de un 20% de la población norteamericana es incapaz de leer y entender noticias científicas, amplios sectores del electorado son muy influenciables y no basan sus opiniones y decisiones en datos o información sino en percepciones. La administración Bush fue muy eficaz en propagar la idea de que no hay acuerdo entre los científicos del clima y el resultado hoy es que hay mucha gente que cree que ese acuerdo no existe. El trabajo muestra además que esta percepción influye profundamente en las prioridades que deben aplicarse con el dinero público y como consecuencia hay poco apoyo a políticas climáticas. No será casualidad que los principales problemas para alcanzar acuerdos en Durban los hayan generado los representantes de ese país.

     El enfoque del problema del cambio global por la sociedad de nuestros días es similar a la situación de unos niños pequeños que juegan al escondite en una casa llena de enchufes e interruptores. Si no vemos las conexiones y seguimos jugando a crear una sociedad del bienestar sin más leyes que la oferta y la demanda de los mercados corremos el riesgo de electrocutarnos.

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Los  artículos citados son:
Doran, P. T. & Zimmerman, M. K. 2009. Examining the scientific consensus on climate change. EOS Trans.AGU 90, http://dx.doi.org./10.1029/2009EO030002

Ding Ding, EdwardW. Maibach, Xiaoquan Zha, Connie Roser-Renouf & Anthony Leiserowit. 2011. Support for climate policy and societal action are linked to perceptions about scientific agreement. Nature Climate Change 1: 462–466. doi:10.1038/nclimate1295

El triste orgullo de superar a la naturaleza

01 dic 2011

La historia del ser humano es la de la lucha por dominar la naturaleza, protegerse de las inclemencias del tiempo, domesticar animales y plantas, y controlar la fuerza de los ríos y los mares. Cada año que pasa aumenta el potencial de nuestra especie en este sentido y se baten records que dejarían atónitos a nuestros antepasados no tan lejanos. Hazañas como la generación artificial de nieve no ya con cañones sino alterando  las propias nubes, algo que China ha realizado varias veces, eran impensables hace apenas unas pocas décadas. Pero también eran impensables las consecuencias, y, hasta cierto, punto aun lo son. La era de enorgullecerse de nuestra capacidad de someter la naturaleza a nuestros designios está llegando a su fin. Comienza a predominar el respeto y la apreciación por la naturaleza a la vez que crece nuestra comprensión del impacto ambiental de nuestras actividades.

En la actualidad, las emisiones humanas superan a las de los volcanes, generando en cuatro días la misma cantidad de dióxido de carbono que los volcanes generan durante todo un año. Todavía sobrecogen las espectaculares imágenes del volcán chileno Puyehue expulsando magma y vertiendo toneladas de cenizas que cubrieron extensas regiones de bosque lluvioso valdiviano, que cruzaron los Andes y llegaron a afectar el tráfico aéreo de la ciudad de Buenos Aires, a cientos de kilómetros al noreste del volcán. Cuesta creer que nuestras actividades cotidianas superen estos fenómenos naturales, pero los cálculos no dejan ninguna duda. Lo triste es que estas emisiones antropogénicas de gases a la atmósfera no tienen ningún fin en si mismas, son el resultado no deseado de nuestro estilo de vida; y es triste, porque estas emisiones no son voluntarias y tienen consecuencias no deseables para el balance energético del planeta y en definitiva para nuestra propia calidad de vida.

La construcción de las pirámides de Egipto o de la ciudad de Londres implicaron el movimiento de ingentes cantidades de materiales, que supusieron una fracción pequeña pero apreciable de los movimientos globales de materiales en el planeta. En la actualidad, el movimiento de tierra por actividades humanas supera al movimiento de tierra por agentes naturales. Lo triste es que la mayor parte de estos movimientos antropogénicos de tierra son involuntarios y tienen consecuencias negativas: mientras los movimientos intencionados suponen menos de 40 gigatoneladas de tierra al año, los movimientos no intencionados, derivados sobre todo de malas prácticas agrarias que derivan en erosión, superan las 80 gigatoneladas de tierra al año, tal como calculó Hooke en el año 2000.

Superar a la naturaleza ya no es ningún desafío. Nos hemos demostrado a nosotros mismos que somos capaces de hacerlo, podemos relajar esta obsesión ancestral. El desafío ahora es controlar este creciente poder de alterar el planeta y canalizarlo de forma que no perjudique procesos naturales clave y comprometa nuestro bienestar.

Bosques y cambio climático, pidiéndole peras al olmo

17 nov 2011

A pesar del origen presuntamente sabanoide de la especie Homo sapiens, los bosques gustan, asombran y entusiasman a personas de todas las edades, culturas y países. Pero, además, los bosques cumplen un número amplio de funciones y brindan abundantes servicios que son cada vez más demandados por la sociedad. Uno de estos servicios es la captura del CO2 atmosférico, un gas que la quema de combustibles fósiles pone en circulación a gran velocidad. Durante varias décadas en los albores del protocolo de Kyoto se pensó que los bosques podrían expiar nuestros pecados consumistas capturando ese CO2 que somos incapaces de mantener a raya. Numerosos trabajos mostraron que los bosques cumplían esa función de sumidero de carbono pero que no llegaban a compensar el rápido incremento de CO2 en la atmósfera. Además, eventos como incendios o sequías intensas han hecho del sumidero terrestre de carbono algo muy fluctuante  de año en año, con situaciones muy llamativas como la del año 2003: en este año la ola de calor en el hemisferio norte, particularmente en Europa, supuso la mayor crisis de productividad anual del planeta (y por tanto de captura de CO2 por la vegetación terrestre mundial) durante el último siglo.

     Los bosques siguen fijando carbono, y resulta intrigante que hasta los bosques más maduros y estables durante siglos, como los bosques amazónicos, continúan funcionando como sumideros netos del carbono atmosférico. Según el conocimiento clásico, si los bosques están en equilibrio, y llevan así mucho tiempo, deberían tener un stock de carbono constante de forma que las ganancias de carbono por fotosíntesis se compensaran con las pérdidas por respiración. Pero no es así. Incluso los bosques más maduros y estables muestran un desbalance en el que las ganancias predominan sobre las pérdidas o emisiones de CO2 y el stock de carbono continúa aumentando. Entender cómo es posible este desbalance es crucial no sólo para hacer buenos cálculos hoy, sino para estimar si esa función de captura de CO2 la seguirán haciendo en el futuro, bajo condiciones ambientales diferentes.  Si bien la evidencia experimental no es completa, y menos aún para todos los tipos de bosques del mundo, las revisiones de los resultados principales de varios proyectos de investigación internacionales muestran que, para nuestra tranquilidad, la producción neta de los ecosistemas forestales continuará siendo positiva e incluso aumentando ligeramente a lo largo de este siglo. No se comprenden bien los procesos implicados, pero por ejemplo en zonas boreales se ve que el calentamiento afecta poco a la liberación de CO2 en los suelos por respiración de microorganismos y raíces mientras que hace aumentar la ganancia de carbono por fotosíntesis en los árboles, explicando este desbalance al menos en parte.

    Ante la abundancia de malas noticias  en relación al cambio global, el que los bosques sean capaces de mantener e incluso aumentar su función de sumidero de carbono en escenarios climáticos futuros es todo un alivio. Pero recordemos que esta función de los bosques no compensa ni mucho menos las crecientes emisiones. Aunque cubriéramos el 100% de la superficie terrestre de árboles no compensaríamos completamente el carbono emitido por nuestras actividades industriales y de transporte; y no parece que vayamos cubrir el planeta entero de bosques precisamente ya que más bien están desapareciendo y, sobre todo en varias zonas tropicales importantes, a gran velocidad. Debemos tener en cuenta, además, que a los bosques les pedimos muchas cosas y todas a la vez. Les pedimos que sean buenos sumideros de carbono, pero también que regulen el ciclo hidrológico, atenuando riadas y dando buen agua para beber y regar; que sean refugio de muchas especies de flora y fauna, sobre todo de aquellas amenazadas o emblemáticas, y que sean asimismo espacios recreativos de calidad. Si recordamos que los bosques mas productivos, y por tanto más capaces de fijar carbono y actuar como buenos sumideros, no son los que albergan mayor biodiversidad ni los más apreciados para actividades recreativas, quizá estemos pidiéndole peras al olmo en el caso de los bosques y el cambio climático. No es tanto que este olmo no pueda dar peras, sino que no las da todo lo grandes, variadas y apetecibles que nos gustaría.

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Mas información en:  Freer-Smith, P. Broadmeadow, M.S.J. & Lynch, J.M. 2009. Forestry and Climate change. CABI. Cromwell Press Group, Trowbridge, UK.

 

 

Ciencia puntera en tiempos de crisis: investigando el cambio global sin gastar mucho

11 nov 2011

En la actual situación de crisis económica, no sólo gobiernos y hogares se aprietan el cinturón. La financiación de la ciencia y del arte, algo que muchos perciben como superfluo, está siendo menguada, tal como se ha hecho en todas las crisis económicas de la era contemporánea. Los recortes se dejan notar en todos los frentes: cuantía y número de proyectos, número de becas y contratos para hacer tesis doctorales y hasta centros de investigación que se cierran o se dejan sin presupuesto. El CSIC ha cerrado o reagrupado varios institutos para ahorrar y ha recortado el presupuesto de todos sus centros, pero quizá uno de los casos más preocupantes ha sido el del Centro de Investigación Príncipe Felipe (CIPF) de Valencia, donde su investigación de calidad en biomedicina se ve amenazada por un expediente de regulación de empleo (ERE) que deja en la calle a mas de 100 personas, cerrando 16 laboratorios y 14 líneas de investigación, así como por la reducción de entre un 30 y un 60% de los salarios de aquellos que no se vayan a la calle. Estas medidas tan drásticas no cuentan con precedentes en la historia de España y, lo que es más preocupante, son inéditas en el marco general de los países desarrollados. Países como Japón, Alemania o EEUU siempre han mantenido e incluso fortalecido su investigación en tiempos de crisis, y precisamente por eso son países fuertes e influyentes y no al revés: un país es rico porque investiga, no investiga porque es rico.  Pero esto es lo que hay. Recortes en ciencia. Lo tomas o lo dejas. Así las cosas, los científicos que logramos ir sobreviviendo en nuestros puestos podemos perder el tiempo lamentándonos o bien aguzar el ingenio y buscar alternativas que permitan mantener activas ciertas líneas clave, al menos en parte.

       La investigación del cambio global  requiere series temporales largas y datos precisos con frecuencia apoyados en instrumentación compleja y, en general, obtenidos de forma simultánea en muchos lugares. En principio estas son condiciones clave para realizar una investigación rigurosa que nos permita entender qué cambios ambientales están ocurriendo y qué impactos tienen.  Pero asegurar estas condiciones cuesta bastante dinero. Sin embargo, la ciencia del cambio global tiene otro ingrediente importante, la coordinación de grupos de investigación y la integración de datos procedentes de diversos puntos de observación. Y este ingrediente puede resolverse de forma económica, eso sí, con dosis extra de  creatividad. Graham y colaboradores publicaron en 2010 una idea interesante en la prestigiosa revista Global Change Biology. Los autores muestran como el uso de cámaras de video públicas conectadas a internet puede emplearse como un potente sistema de monitorización del cambio global. Graham y colaboradores emplean estas cámaras para estudiar la fenología de las plantas, es decir, el estado de desarrollo de la vegetación a lo largo de los días y las estaciones del año. Con este tipo de estudios se puede cuantificar qué especies y en qué medida adelantan la producción de hojas, flores o frutos y extienden su periodo de crecimiento en respuesta al calentamiento global de la atmósfera. Las imágenes de estas cámaras tienen menos precisión que las monitorizaciones manuales en las que científicos u observadores se desplazan a los lugares de estudio, pero tienen un potencial mucho mayor al trascender de lo local a lo regional e incluso a lo global. Además, su resolución espacial y su utilidad es mucho mayor que las imágenes de satélite: en un estudio con 1100 cámaras georeferenciadas en  EEUU, estos autores vieron que el número de días con errores instrumentales o causados por nubes o baja visibilidad fue muy inferior usando cámaras que usando imágenes satelitales. Esta investigación, que encontró significativos avances en el calendario de la aparición de la primavera y unos fuertes patrones latitudinales en estos cambios de ritmo de la vegetación, implica tanto un gran ahorro en la investigación de los cambios fenológicos como una mejora técnica de los estudios de fenología habituales al combinar una buena resolución con una escala espacial potencialmente muy amplia. Un buen ejemplo de cómo aprovechar y poner en valor inversiones realizadas con otros  propósitos.

     Ante los recortes económicos, los científicos podemos ponernos a llorar, podemos echar mano de la creatividad o, mejor aún, podemos encarnar una lucha personal por mantener la ciencia activa a pesar de todo. Esta última parece ser la opción de Consuelo Guerri, investigadora del CIPF que para aliviar las penurias económicas por las que pasa su centro donó los 25.000 euros del premio Manfred Lautenschlager que le fue recientemente concedido, y que, como otros científicos apasionados y luchadores, no se rinde ante la adversidad económica. La adversidad económica  no es nada nuevo para la ciencia; es algo que amenaza la exploración de los límites del conocimiento de forma más o menos recurrente desde los albores de la investigación científica.

 

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El artículo citado es:  Graham, E. A., E. C. Riordan, E. M. Yuen, D. Estrin, and P. W. Rundel. 2010. Public Internet-connected cameras used as a cross-continental ground-based plant phenology monitoring system. Global Change Biology 16:3014-3023.