La paradójica relación de Estados Unidos con un planeta cambiante

26 ene 2012
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Los Estados Unidos de América fueron pioneros en la conservación de la naturaleza. Como país en estrecho contacto con un medio natural agreste y extenso, sobre todo en sus primeros años como nación y muy especialmente en la mitad occidental del continente, fuel el primero en declarar un parque nacional para la conservación de un espacio conocido como Yellowstone. La extraordinaria sensibilidad de este país por la naturaleza se refleja de manera muy especial en las también pioneras fotografías en blanco y negro de Ansel Adams, asi como en la cantidad y calidad de asociaciones y clubes naturalistas que durante mas de un siglo han recopilado de forma muy complementaria a los proyectos científicos valiosa información sobre la flora, la fauna y el paisaje de Estado Unidos.  Este país se preocupó de forma modélica por contener y atenuar la catástrofe generada por el derrame de petróleo en las costas de Alaska tras el naufragio del Exxon Valdez en 1989, derrame monumental y auténtico record mundial de tragedia ambiental de la que aun se perciben los efectos y que llevó no solo a desarrollar tecnologías nuevas sino a cambiar las leyes.

     Un país con esta sensibilidad y con alguno de los mejores científicos en el campo de la ecología, así como en la física atmosférica y en la dinámica planetaria, muestra al mundo una imagen esquizofrénica al  negar en ocasiones el cambio climático cuando son precisamente sus científicos los que lideran el estudio de l cambio climático y de sus impactos. La priorización de aspectos económicos sobre la conservación del medio natural ha llevado a situaciones paradójicas, pero quizá la mas paradigmática se da con el cambio climático. Cuando la administración Bush quiso apoyarse en sus científicos para obtener  un informe que justificara su desapego al protocolo de Kioto y a cualquier restricción derivada de admitir la huella humana en el calentamiento global se encontró con lo contrario de lo que necesitaba. Los científicos le presentaron pruebas aun más profundas y sólidas de nuestra injerencia en el clima y, como reacción, G. W. Bush encontró la forma de expulsar de la Academia a algunos científicos destacados, aunque no logró que la evidencia científica quedara sobre la mesa y que instituciones tan emblemáticas como la NASA colgaran en sus páginas web oficiales todo tipo de imágenes y pruebas de los cambios en el clima y la señal humana en esos cambios. Estados Unidos que invierte una parte significativa de su presupuesto en minimizar los impactos ambientales, no sólo bloquea  negociaciones internacionales sobre cambio climático como las de Durban, sino que sigue mirando a otro lado cuando los negacionistas del cambio climático proponen enseñar este negacionismo en el colegio.  Y para profundizar mas en esta actitud de Dr. Jekill y Mr. Hyde, mientras todo esto ocurre, el país sufraga el Instituto interamericano para la investigación del cambio global, y lidera programas internacionales de gran importancia para coordinar la ciencia del cambio global como el programa biosfera geosfera  (IGBP de sus siglas en ingles).

     Estados Unidos ha dado ejemplos pioneros en la protección del medio ambiente. De ese país han salido muchos premios Nobel y alguno de los mejores científicos del mundo. Estados Unidos, que reconcilia de forma sorprendente  el puritanismo espiritual con la libertad completa del individuo, nos muestra ahora resultados dramáticos de su esquizofrénica relación con la ciencia. Un país basado en el conocimiento científico ha dado lugar al creacionismo y en varios colegios e instituciones se explica el creacionismo en lugar de la teoría de la evolución como la entienden y suscriben la inmensa mayoría de los científicos. Ahora se agarran al resquicio legal de que no es inconstitucional enseñar mala ciencia para ilustrar en los colegios las ideas negacionistas sobre el cambio climático, suscritas por menos de un 3% de los científicos del mundo, incluyendo entre los mejores a muchos norteamericanos. Estados Unidos que nos ha contagiado un capitalismo virulento y un modo de hacer política basado en la critica del contrario (y no en los méritos propios) y en un estéril bipartidismo, ¿nos va contagiar ahora su esquizofrénica actitud ante el cambio global?.