A pesar del frio que vino de Siberia, lo más destacable del tiempo que hemos tenido en los últimos tres meses ha sido la inusual sequía. Al coincidir con los meses mas fríos del año, esta sequía no se percibe tanto como cuando tiene lugar en primavera y verano, pero puede poner los sistemas naturales y muchas actividades humanas en un serio compromiso. El aporte de agua y nieve durante los meses fríos es crucial no solo para bosques y matorrales sino también para muchos cultivos así como para rellenar los embalses de los que vivimos el resto del año en buena parte de la Península Ibérica. Pero de la sequía no nos acordamos hasta que llega el calor.
La sequía en realidad no es tanto, o no solo, el resultado de lo que llueve. Es el resultado de una proporción, de un cociente entre lo que llega (sea por lluvia sea por agua almacenada) y lo que se va (sea por consumo, derroche o ineficiencias en el transporte y almacenamiento). Este cociente es universal y se aplica tanto a una ciudad, como a un país, tanto a una vivienda como a una cuenca hidrográfica. Y es tan universal que desde el origen de la vida en el Planeta ha jugado un papel crucial en la evolución de los seres vivos, de forma muy especial en su conquista del medio terrestre donde el agua es un recurso valioso y efímero. Para una planta, poder captar CO2 de la atmósfera y convertirlo en materia orgánica gracias a la fotosíntesis significa perder agua, ya que debe abrir sus estomas para captar CO2 y al hacerlo pierde agua que sale inevitablemente al exterior desde sus húmedos tejidos. Para un animal terrestre, poder realizar cualquier ejercicio a pleno sol supone perder agua también, sobre todo en organismos como nosotros que empleamos el agua para regular la temperatura corporal. Así pues, no es de extrañar que la eficiencia en el uso de agua, definida en el caso de las plantas como el carbono o la biomasa adquirida por unidad de agua perdida, se haya maximizado a lo largo de la evolución, particularmente en aquellas plantas propias de zonas secas. Pero se da una curiosa paradoja cuando la eficiencia en el uso del agua se analiza desde la perspectiva de la dinámica de comunidades. Si una comunidad de plantas está compuesta de especies muy eficientes en el uso del agua y de especies derrochadoras, la eficiencia en el uso del agua puede perder valor adaptativo. Si la especie que malgasta agua logra crecer mucho durante el periodo favorable de lluvias y producir muchas semillas podría tener mayor éxito ecológico que sus vecinas ahorradoras. Dicho de otra forma, si el agua no es tuya, podría no tener sentido ahorrarla, sino usarla al máximo antes de que lo hagan los vecinos. En el caso de las plantas carnosas o suculentas como los cactus, buena parte de esa agua está almacenada en sus propios tejidos, de tal forma que si son muy eficientes en el uso del agua pueden hacerla durar mucho tiempo y mejorar asi su éxito ecológico. Para un cactus si tiene sentido tener una gran eficiencia en el uso del agua. Pero en una comunidad de plantas anuales que compiten por los escasos recursos de una región árida, aquellas plantas que logren acaparar el agua rápidamente y malgastarla para crecer y reproducirse enseguida estarían desplazando a las que emplean el agua con más mesura.
Las analogías en el uso del agua entre comunidades de plantas y comunidades humanas no pueden ser mas obvias. La diferencia es que los humanos contamos con la capacidad de simular escenarios y calcular de qué forma el uso del agua puede dar mejores resultados para el bienestar de nuestra especie. Pero esa diferencia no parece que la sepamos aprovechar. Por empezar, la propia distribución de la población humana sobre el planeta es un disparate hídrico, con millones de personas viviendo en zonas áridas bordeadas de duras fronteras administrativas de las que es difícil escapar. Pero dentro de países desarrollados como el nuestro los disparates hídricos no son menores y optamos por instalar parques acuáticos, pistas de nieve artificial y campos de golf en zonas con un balance hídrico negativo, es decir, donde llueve menos de lo que se evapora y transpiran los ecosistemas. Los disparates alcanzan cotas de ridículo inusitado cuando se habla de planes hidrológicos y se reparte el agua entre cuencas atendiendo a necesidades de segundo o tercer orden y se pretende minimizar el agua que se “pierde” por la desembocadura de nuestros ríos.
El agua, en un sentido ecológico, sirve para muchas cosas y forma parte de un largo ciclo en el que la especie humana esta interviniendo acelerando su gasto precisamente en las zonas donde menos agua hay. Dado que las actividades humanas fuerzan el ciclo del agua sacando agua de acuíferos subterráneos que se rellenan lentamente o derivando rios hacia zonas de gran consumo, debemos comprender la necesidad de hacer un uso colectivo eficiente del agua. Las peleas entre comunidades autónomas y partidos políticos deben apartarse de la gestión de un recurso clave que en nuestras latitudes se ve doblemente amenazado por la presión humana directa y por el cambio climático. Y este uso eficiente del agua no debe hacerse solo en verano, más aún cuando un invierno viene tan seco como este. O lo vemos así, o algunas de las muchas cosas que dependen del agua dejaran de funcionar y solo entonces nos daremos cuenta de su importancia real.
Nos hemos acostumbrado al calentamiento. Por un lado porque nos gusta solearnos cuando entra el invierno, y periodos soleados como los que hemos tenido en el interior de la Península durante Diciembre y Enero nos han hecho disfrutar del aire libre y olvidarnos un poco de las penurias no precisamente climáticas por las que pasamos. Por otro lado, porque llevamos dos décadas escuchando el término calentamiento global y, quien más quien menos, lo hemos incorporado a nuestro repertorio cotidiano. Tanto es así, que cuando viene el frío nos pilla a contrapié y pensamos que algo raro debe estar pasando, a pesar de que esta ola de frío esta ocurriendo en el periodo habitualmente más frio del invierno. Y para completar el desconcierto, la prensa busca titulares y acuña términos y frases que hacen temblar, y no solo de frío, a quien lee sobre el viento desolador que nos llega de Siberia. Recuperemos, aunque solo sea por un momento, la calma, y empleemos, aunque solo sea por otro momento, el sentido común. Armados de estas dos sencillas, eficaces pero muy poco utilizadas armas podemos entender mejor si esta ola de frio siberiano que acecha a Europa es el comienzo del fin del mundo o todavía puede quedar mundo para un buen rato. Veamos tres cosas: 1, la confusa percepción humana de lo que es frío, 2, la reducida capacidad histórica para juzgar lo inusual de eventos climáticos concretos, y, 3, cómo se combina frio con calor, cómo podemos entender que las olas de frío no son una contradicción con el calentamiento global del planeta.
Los que vivimos en latitudes inferiores a los 40-42 grados (sobre todo en el hemisferio Norte, en el Sur deberíamos hablar de 30-32 grados) no sabemos en realidad lo que es frío. Cuando las mínimas andan entorno a cero ya empezamos a prepararnos para una glaciación. Pero si hablamos con alguien de Finlandia o Canadá, ellos empiezan a preocuparse cuando las temperaturas bajan de -20. Andar entorno a cero es muy llevadero. Los problemas físicos y logísticos con el frio empiezan, de verdad, muy por debajo de cero. Y en esta ola de frío los sitios y los momentos en que se ha bajado de cero no son tantos ni tan relevantes (hablo de esta bendita región por debajo de esos 42 grados de latitud en la que nos ha tocado vivir). Un punto que confunde la percepción del frío, más aun que la temperatura a la que estamos acostumbrados, es la humedad del aire y la intensidad del viento. Ambas cosas hacen que una misma temperatura baja se perciba como más fría. Una nevada ejemplifica el frío y con todos los trastornos que conlleva en nuestras latitudes es la viva imagen del “crudo invierno”. Sin embargo, las temperaturas suelen ser bastante mas bajas cuando no nieva, aunque no las percibamos y tengamos que recurrir al termómetro o a ver el agua congelada en los desagües para sospechar que esta haciendo bastante frío. Los pasados meses de diciembre y enero los hemos percibido como calentitos, cuando las temperaturas registradas estaban en el rango del frío normal para estas fechas. Y las hemos percibido así porque se han dado acompañadas en amplias zonas de la Península de cielos despejados, aire seco y sol, condiciones que atenuaron mucho la tasa de intercambio de calor y que nos permitieron ir en mangas de camisa a mediodía a pesar de que el termómetro no subiera de 7 u 8 grados centígrados. Si hubo algo raro en el tiempo atmosférico de los últimos meses fue mas bien la sequia que las bajas temperaturas que ahora ocupan las portadas de los periódicos. Primera reflexión: somos malos como termómetros.
Nuestra memoria se mueve en el corto plazo, es muy subjetiva y está muy influenciada por como experimentamos las cosas. Si un invierno cogemos una faringitis fuerte, tenderemos a recordarlo como más frío que los demás, al igual que si esa semana de aquel año que fuimos a esquiar no pudimos hacerlo porque las estaciones estaban cerradas por la ventisca. Cuando la tecnología y el conocimiento agrícolas eran mas precarios que en la actualidad, los eventos climáticos causaban mayores impactos en las cosechas, pero no porque fueran mas fuertes. Además, los registros climáticos no se extienden todavía por periodos de tiempo tan largos como necesitaríamos para hacer buenas comparaciones y estudios. En muchos lugares se tienen apenas 20 o 30 años de datos, cuando se precisan al menos 40 para capturar las oscilaciones básicas derivadas de la actividad solar. Y en España muchos registros históricos se interrumpieron o se perdieron durante la Guerra Civil. Si contrastamos una ola de frío actual con lo que un español de 90 años recuerda de como eran los inviernos de su infancia tenemos que aplicar tal número de correcciones que sería mejor emplear métodos de extrapolación e interpolación y aplicar cálculos y modelos para cubrir estas lagunas temporales. Segunda reflexión: somos malos almacenadores de información y peor aun cuando la información se extiende a escalas temporales largas.
Si existe mayoría absoluta entre los científicos sobre la veracidad del dato de que el planeta está sufriendo un calentamiento global, ¿cómo es posible que se estén registrando olas de frío intenso? Dejando a un lado las teorías de las glaciaciones acopladas al calentamiento que se mostraron en alguna famosa película sobre el día de después, una atmósfera mas caliente, tal como se ha medido a lo largo del último siglo, almacena más energía. Una atmósfera energizada genera eventos mas extremos, los vientos aumentan de intensidad, la fuerza de los huracanes y la intensidad de las tormentas incrementan y las olas de frío y de calor se hacen mas frecuentes e intensas también. Todo esto es lo que se conoce como variabilidad climática. El cambio climático lleva consigo no solo un aumento de la temperatura media sino de la variabilidad en las temperaturas y en toda una serie de parámetros climáticos. Tercera reflexión: el cambio climático no es solo calentamiento, implica un aumento en la variabilidad climática y ello conlleva que los eventos extremos del tipo que sea vayan siendo mas frecuentes.
Como corolario, lo lógico de un invierno es que haga frío. Lo lógico de un meteorólogo es que mida y registre el frío. Lo lógico de un científico es que estudie sus causas. Lo lógico de un periodista es que quiera hacer noticia de una ola de frío… No se si lo lógico, pero si lo deseable, de los ciudadanos es que integremos estas diferentes piezas de información y destilemos qué hay realmente de nuevo en este frio siberiano, comprendiendo, al menos en lo general, hasta qué punto todo ello se relaciona con el cambio climático. Y que nos abriguemos bien, que la enfermedad nubla el entendimiento.
El golf es una actividad relajante que se realiza con frecuencia sobre idílicas praderas verdes. Originado en el siglo XV en las húmedas campiñas escocesas, el golf es el único deporte que se ha jugado en la Luna, durante la misión Apolo 14 en 1971. Rodeado en la actualidad de una imagen de actividad elitista, sirvió, sin embargo, para que nobles y plebeyos del reino, por aquel entonces desunido, compitieran deportivamente entre ellos durante mucho tiempo. Esta actividad tiene hoy en día un lado cada vez más oscuro: los campos de golf generan un alto número de problemas ambientales. La producción y empleo de fertilizantes, el uso de mucha maquinaría, la introducción de especies exóticas de hierbas que invaden zonas adyacentes y el consumo elevado de agua son algunos de los más conocidos problemas ambientales de estas superficies destinadas al ocio de unos pocos. Uno podría pensar que al ser superficies verdes, capaces por tanto de fijar carbono por fotosíntesis, podrían compensar este lado oscuro funcionando como buenos sumideros de carbono. Pero no es así. Estudios recientes sobre el balance carbono de los campos de golf muestran que no son buenos sumideros de carbono. En el trabajo publicado por Bartlett y James en junio del 2011 se muestra cómo a pesar de haber un alto número de factores que afectan al funcionamiento fotosintético de los campos de golf, estos campos son emisores netos de CO2, y no sumideros como cabría esperar. Esto se observó para una amplia mayoría de condiciones y cuando se tienen en cuenta todos los procesos implicados en el mantenimiento de la cubierta verde de césped.
El problema principal de los campos de golf, no obstante, es su demanda de agua, algo que no era limitante en la Escocia donde se originó el deporte, pero que si lo es, y mucho, en los sitios donde se practica hoy en día con intensidad creciente: lugares de clima templado o caluroso y con muchas horas de sol. En estos ambientes el agua es un bien escaso que se ve amenazado por el cambio climático y por la creciente demanda humana. En ambientes áridos como muchas zonas del Mediterráneo, por ejemplo, el problema del agua no es ni mucho menos trivial, ya que el agua empleada en los campos de golf se detrae del riego de campos agrícolas e incluso del abastecimiento de colegios y hospitales.
Los griegos y después los romanos idearon numerosos deportes, algunos de ellos similares al golf pero lógicamente bien adaptados a un clima seco donde no se puede contar con extensas praderas verdes durante todo el año. Algunos de aquellos deportes han ido derivando hasta juegos actuales como el de la petanca, cuya huella ambiental es mínima y desde luego su consumo de agua es nulo, al desarrollarse sobre suelos desnudos y arenosos. Lástima que en este impredecible mundo de las modas y caprichos que rigen el ocio del Homo sapiens del siglo XXI la petanca no se haya hecho tan o mas popular que el golf. Hay caprichos que le salen muy caros al planeta.
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Referencia citada
Bartlett, M.D. & James, I.T. 2011. Are golf courses a source or sink of atmospheric carbon dioxide? A modelling approach. Proceedings of the Institution of Mechanical Engineers Part P-Journal of Sports Engineering and Technology 225 (P2, Special Issue): 75-83 DOI: 10.1177/1754337110396014