Sequia y eficiencia en el uso del agua

24 Feb 2012
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A pesar del frio que vino de Siberia, lo más destacable del tiempo que hemos tenido en los últimos tres meses ha sido la inusual sequía. Al coincidir con los meses mas fríos del año, esta sequía no se percibe tanto como cuando tiene lugar en primavera y verano, pero puede poner los sistemas naturales y muchas actividades humanas en un serio compromiso. El aporte de agua y nieve durante los meses fríos es crucial no solo para bosques y matorrales sino también para muchos cultivos así como para rellenar los embalses de los que vivimos el resto del año en buena parte de la Península Ibérica.  Pero de la sequía no nos acordamos hasta que llega el calor.

La sequía en realidad no es tanto, o no solo, el resultado de lo que llueve. Es el resultado de una proporción, de un cociente entre lo que llega (sea por lluvia sea por agua almacenada) y lo que se va (sea por consumo, derroche o ineficiencias en el transporte y almacenamiento). Este cociente es universal y se aplica tanto a una ciudad, como a un país, tanto a una vivienda como a una cuenca hidrográfica. Y es tan universal que desde el origen de la vida en el Planeta ha jugado un papel crucial en la evolución de los seres vivos, de forma muy especial en su conquista del medio terrestre donde el agua es un recurso valioso y efímero. Para una planta, poder captar CO2 de la atmósfera y convertirlo en materia orgánica gracias a la fotosíntesis significa perder agua, ya que debe abrir sus estomas para captar CO2 y al hacerlo pierde agua que sale inevitablemente al exterior desde sus húmedos tejidos. Para un animal terrestre, poder realizar cualquier ejercicio a pleno sol supone perder agua también, sobre todo en organismos como nosotros que empleamos el agua para regular la temperatura corporal. Así pues, no es de extrañar que la eficiencia en el uso de agua, definida en el caso de las plantas como el carbono o la biomasa adquirida por unidad de agua perdida,  se haya maximizado a lo largo de la evolución, particularmente en aquellas plantas propias de zonas secas. Pero se da una curiosa paradoja cuando la eficiencia en el uso del agua se analiza desde la perspectiva de la dinámica de comunidades. Si una comunidad de plantas está compuesta de especies muy eficientes en el uso del agua y de especies derrochadoras,  la eficiencia en el uso del agua puede perder valor adaptativo. Si la especie que malgasta agua logra crecer mucho durante el periodo favorable de lluvias y producir muchas semillas podría tener mayor éxito ecológico que sus vecinas ahorradoras. Dicho de otra forma, si el agua no es tuya, podría no tener sentido ahorrarla, sino usarla al máximo antes de que lo hagan los vecinos. En el caso de las plantas carnosas o suculentas como los cactus, buena parte de esa agua está almacenada en sus propios tejidos, de tal forma que si son muy eficientes en el uso del agua pueden hacerla durar mucho tiempo y mejorar asi su éxito ecológico. Para un cactus si tiene sentido tener una gran eficiencia en el uso del agua. Pero en una comunidad de plantas anuales que compiten por los escasos recursos de una región árida, aquellas plantas que logren acaparar el agua rápidamente y malgastarla para crecer y reproducirse enseguida estarían desplazando a las que emplean el agua con más mesura.

Las analogías en el uso del agua entre comunidades de plantas y comunidades humanas no pueden ser mas obvias. La diferencia es que los humanos contamos con la capacidad de simular escenarios y calcular de qué forma el uso del agua puede dar mejores resultados para el bienestar de nuestra especie. Pero esa diferencia no parece que la sepamos aprovechar. Por empezar, la propia distribución de la población humana sobre el planeta es un disparate hídrico, con millones de personas viviendo en zonas áridas bordeadas de duras fronteras administrativas de las que es difícil escapar. Pero dentro de países desarrollados como el nuestro los disparates hídricos no son menores y optamos por instalar parques acuáticos, pistas de nieve artificial y campos de golf en zonas con un balance hídrico negativo, es decir, donde llueve menos de lo que se evapora y transpiran los ecosistemas. Los disparates alcanzan cotas de ridículo inusitado cuando se habla de planes hidrológicos y se reparte el agua entre cuencas atendiendo a necesidades de segundo o tercer orden y se pretende minimizar el agua que se “pierde” por la desembocadura de nuestros ríos.

El agua, en un sentido ecológico, sirve para muchas cosas y forma parte de un largo ciclo en el que la especie humana esta interviniendo acelerando su gasto precisamente en las zonas donde menos agua hay. Dado que las actividades humanas fuerzan el ciclo del agua sacando agua de acuíferos subterráneos que se rellenan lentamente o derivando rios hacia zonas de gran consumo, debemos comprender la necesidad de hacer un uso colectivo eficiente del agua. Las peleas entre comunidades autónomas y partidos políticos deben apartarse de la gestión de un recurso clave que en nuestras latitudes se ve doblemente amenazado por la presión humana directa y por el cambio climático. Y este uso eficiente del agua no debe hacerse solo en verano, más aún cuando un invierno viene tan seco como este. O lo vemos así, o algunas de las muchas  cosas que dependen del agua dejaran de funcionar y solo entonces nos daremos cuenta de su importancia real.

 


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