ANTONIO AVENDAÑO
El viejo chiste de Gila sobre los cojos es viejo, pero no envejece. “¿Usted es que es cojo, verdad? No señor, es que me fusilaron mal”. A miles de niños nacidos a finales de los cincuenta, la España de Franco no nos fusiló mal como a Gila pero nos dejó cojos,
que es un modo de fusilamiento silencioso y por lo civil,
que suele durar toda la vida.
Los pobres niños cojos de la dictadura nunca pudimos suponer que nuestra cojera tuviera algo que ver con la dictadura, sobre todo porque ni sabíamos lo que eran las dictaduras ni podíamos sospechar cómo se las gastaban las dictaduras con los niños. Sobre todo con los niños pobres, a cuyas pobres familias sin apenas instrucción nadie les dijo jamás que hacía años que ya se conocía y se inoculaba con éxito en muchos países una eficaz vacuna contra aquella enfermedad que había dejado a sus hijos baldados para siempre.
En aquellos años, el régimen era las dos peores cosas que se puede ser en esta vida: era malvado y estúpido. Aunque seguiría siendo malvado hasta el final, el franquismo empezó a dejar de ser estúpido en los sesenta: de hecho, en 1964 eran vacunados los niños masivamente. La racionalidad llegaba al fin a la política sanitaria franquista, pero llegaba demasiado tarde, cuando el virus de la polio ya había profanado los cuerpos infantiles de media España.
De aquel fusilamiento fallido del que salió vivo de milagro, Gila logró hacer un chiste indulgente y sin rencor. Durante mucho tiempo, los fusilados del 59 no estuvimos para chistes. Cumplidos los 50, ya podemos burlarnos con indulgencia de nuestra cojera pero, al contrario que a Gila, a nosotros siempre nos quedará un resto de rencor contra aquella maldad y aquella estupidez que devastaron nuestra infancia.
ANTONIO AVENDAÑO
Un violador lo es por voluntad propia o lo es porque no tiene más remedio que serlo? Todo el mundo está de acuerdo en que cualquier violador es un cabronazo, pero es difícil ponerse de acuerdo en si es un cabronazo porque quiere y porque no le importa serlo, como ocurre con tantos cabronazos, o si lo es porque es esclavo de impulsos incontrolables que le conducen fatalmente a serlo.
A las víctimas de violación o de agresión sexual les da extactamente igual esta clase de preguntas, y hacen muy bien en que les dé igual. Bastante tienen con su dolor y su humillación y su rensentimiento como para andarse con metafísicas penitenciarias. Opinan que unos tipos así deben estar encerrados de por vida porque nunca dejarán de ser lo que son.
La tenacidad ciega del comportamiento de Alejandro Martínez Singul indicaría que el tipo no es capaz de comportarse de otra manera que agrediendo a niñas en los ascensores y violando a mujeres en los descampados. Un tipo que se tira cerca de veinte años en la cárcel y al día siguiente se pone a hacer, sin mayores cautelas, las mismas cosas que lo condujeron a ella, no sólo es un tipo que no es muy listo: es alguien que no podrá reinsertarse jamás. Al pensamiento humanista de la modernidad le cuesta aceptar este hecho porque parece quebrantar la teoría general de que la gente puede reformarse porque la delincuencia tiene causas circunstanciales y no genéticas. Esa teoría general es cierta, pero es cierta en general, es decir, que a veces no lo es.
Ante estos casos parece razonable inducir la inhibición sexual del violador mediante fármacos. De hecho, es seguramente la única manera civilizada de lograr que ciertos incivilizados cabronazos dejen de serlo de una vez.
ANTONIO AVENDAÑO
Lo peor del monumento del Valle de los Caídos es que en España sigue habiendo demasiada gente que piensa que se trata de un monumento normal erigido en un valle normal por trabajadores normales y en el cual está enterrada gente normal, entre la cual se cuenta precisamente el dictador y general africanista Francisco Franco, de quien a su vez demasiada gente sigue creyendo que fue un gobernante normal.
Esa anormal sucesión de miradas de normalidad sobre cosas absolutamente anormales se vio anormalmente truncada ayer en el Congreso de los Diputados con la aprobación de una Proposición No de Ley promovida por los diputados Joan Herrera y Uxue Barkos que insta al Gobierno a retratarse de una maldita vez en este asunto ayudando a identificar y exhumar a los muertos republicanos enterrados bajo el ominoso granito de Cuelgamuros sin el consentimiento de sus familiares. La iniciativa salió adelante porque en esta ocasión el socialismo indeciso logró decidirse y entendió que sí, que esta vez había que dar a las familias la oportunidad de normalizar sus panteones familiares enterrando en ellos a sus difuntos lejanos.
El Grupo Socialista, espoleado por ICV y Nafarroa Bai, hizo ayer bien su trabajo. Ahora tiene que hacerlo el Gobierno. Y es que con este envenenado asunto de la memoria histórica los socialistas se enfrentan al insalvable problema de querer cumplir sus promesas quedando bien con todo el mundo, y eso no es posible. No es posible gestionar con decencia la anormalidad del Valle de los Caídos quedando bien con las familias, con la Iglesia, con la derecha, con la izquierda, con el pasado, con el presente, con el futuro y, por supuesto, quedando bien consigo mismos. Eso no puede ser. Sería bonito que pudiera ser, pero no puede ser.
ANTONIO AVENDAÑO
El de ayer no parecía en absoluto el mitin de un partido con problemas, sino el de un partido a punto de arrasar en las elecciones. Los asistentes al fiestorro demostraron creer en la crisis económica, pero no en la trama Gürtel. Toda España cree en la crisis, pero apenas la mitad cree en la Gürtel: esa es la gran baza electoral del PP. Mientras Zapatero está lastrado por la crisis y lo sabe, Rajoy lo está por la corrupción pero no lo sabe. O hace como que no lo sabe.
Su actitud es la de aquel armador inglés que iba a fletar un viejo barco con emigrantes, aun sospechando que el buque necesitaba una costosa reparación; al final superó sus dudas: aquellas pobres familias merecían una oportunidad. El barco naufragó y el patrón cobró el seguro. El pensador William Clifford no dudaba de la sinceridad del armador, pero sostenía que con tales indicios “no tenía derecho a creer en su barco; no había llegado a esa convicción investigando con paciencia, sino sofocando las dudas”. Rajoy tiene indicios de corrupción, pero no quiere creerlos. La euforia de ayer fue un ejemplo más de ello. No puede ponerse ahora a reparar el partido dejando tiradas a las pobres familias devoradas por la crisis. La incógnita electoral consiste pues en saber quién hundirá antes a quién: si la crisis a Zapatero o la Gürtel a Rajoy.
ANTONIO AVENDAÑO
Todas las derechas del mundo han creído siempre que la letra con sangre entra y que el endurecimiento de las penas y la multiplicación de los escarmientos es el camino más corto para hacer justicia. Llevan razón en que se trata del camino más corto, pero no en que lo sea para hacer justicia.
Rebajar desde los 14 a los 12 años la edad penal de los menores es el camino más corto para muchas cosas: es el camino más corto para obtener votos, para satisfacer instintos vengativos o para mitigar el desconcierto de los ciudadanos ante ciertos crímenes pavorosos. Es el camino más corto para extender entre el público la ilusión vana de que existen soluciones simples a problemas complejos. Y no existen tales soluciones: si existieran, seguro que se sabría.
Incluir en la ley la opción de que un niño de 12 años que ha cometido un crimen sea encarcelado no mejora una sociedad, sino que la envilece. Y ni siquiera es eficaz para combatir esa violencia: si un menor de 14 años comete un asesinato la razón principal para hacerlo no será nunca su certeza de que no irá a la cárcel. Nadie de buena fe puede creer tal cosa.
Lo que sí cree de buena fe mucha gente es que endurecer las penas es algo bueno y eficaz, algo que hará que este mundo funcione mejor. Sin duda, multiplicar los escarmientos es algo bueno, pero lo es únicamente para la parte más vil de nosotros mismos, para la parte que exige ciegamente el ojo por ojo y el diente por diente, y que los exige no para impedir nuevos crímenes, sino simplemente para aplacar nuestro desconsuelo por los que se cometen sin que hayamos podido evitarlo. Endurecer las penas parece más eficaz, pero en realidad es sólo más egoísta. Nada más.
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El auto que archiva la causa contra Camps y otros tres dirigentes del PP valenciano no merece el mínimo respeto y sienta un precedente muy grave para enjuiciar en el futuro los excesos de los cargos públicos. El tribunal confirma que el president recibió regalos de la trama corrupta Gürtel y, por lo tanto, que mintió ante la justicia y el Parlamento autonómico al asegurar que los había pagado de su bolsillo.
Sin embargo, en una pirueta argumental que insulta a la inteligencia, el escrito añade que no se puede colegir que recibiera esas dádivas en consideración de su cargo, con lo cual lo libra del delito de cohecho impropio.
Camps había pronosticado que le faltaba un “escaloncito” para poner fin a su calvario judicial. Ese peldaño era el tribunal que preside Juan Luis de la Rúa, de quien dijo en cierta ocasión que habría que buscar otra palabra en el diccionario que describa la “íntima y sentida” relación que los une. De la Rúa y su colega Ceres, con el honroso voto discrepante del magistrado Montero, han dado un abrupto carpetazo al expediente sin atender las peticiones de la fiscalía anticorrupción y el Tribunal Superior de Justicia de Madrid para que llamase a declarar a los que dieron las dádivas.
De hacerlo, quizá el cohecho impropio se habría convertido en una figura delictiva mucho más grave. La fiscalía anticorrupción ha anunciado que recurrirá. Queda esa esperanza.
ANTONIO AVENDAÑO
El urbanismo ilegal y asilvestrado tiene de malo que no tiene arreglo. Cuando se han planeado, construido, hipotecado, vendido y cobrado miles de viviendas ilegales y se ha hecho todo ello con la connivencia de un poder del Estado como es el Ayuntamiento de una ciudad, que es a su vez fuente de legalidad él mismo, la única manera de arreglar las cosas es mediante un apaño.
Ciertamente, a los apaños políticos y jurídicos no se les llama así. Ni se les llama ni se les debe llamar así, porque entonces el público podría tomarlos a chufla y los propios promotores del apaño se verían expuestos a un escarnio público que, en realidad, no habrían merecido.
Con el urbanismo ilegal no puede aplicarse la ley con severidad porque hacerlo supondría el caos. ¿Cómo derruir miles de viviendas ilegales, pero habitadas? ¿A quién pedirle cuentas? ¿Quién paga todo eso? La única manera razonable de arreglar las cosas es el apaño: hacer un plan que legalice la mayoría de las ilegalidades, estipular compensaciones en algunos casos, hacer la vista gorda en otros y, en fin, hacer borrón y cuenta nueva.
Es lo que se está haciendo en Marbella, y no es poco. De hecho la Junta de Andalucía, de color socialista, y el Ayuntamiento de la ciudad, de color popular, están sustancialmente de acuerdo en todo, aunque discrepen en algunos detalles. A la alcaldesa Muñoz le gustaría que no hubiera ninguna demolición seria, mientras que el consejero de Vivienda Espadas piensa que algo habrá que derribar para que la gente lo vea por la televisión y se entere de una vez por todas de que el urbanismo salvaje puede salir un poco gratis, que puede salir incluso bastante gratis, pero que en ningún caso puede salir completamente gratis.
Espadas es un hombre capaz que conoce bien el paño político y urbanístico. Tiene, pues, buenos motivos para pensar que el único lenguaje que algunos son capaces de entender es el lenguaje de las demoliciones, que vienen a ser como la contrapartida ética del apaño, aquello que de algún modo justifica, ennoblece y redime el apaño.
ANTONIO AVENDAÑO
Un presidente que no se avergüenza de que un contratista de su Gobierno le regale trajes de dos mil euros no tiene por qué avergonzarse de haber hecho el ridículo al intentar a su vez ridiculizar la enseñanza de una asignatura mediante el novedoso sistema pedagógico de impartirla en inglés. En su día, la peregrina propuesta de Camps de impartir en inglés Educación para la Ciudadanía suscitó grandes muestras de jolgorio entre los satíricos del bando nacional, que celebraban el gran ingenio de la derecha para burlarse de las iniciativas escolares la izquierda resentida y decadente. ¿Con que quieren enseñar a nuestros hijos que los mariconzones de los gays son personas normales y se pueden casar, verdad? ¿Eso es lo que quieren enseñarles, no? Vale, bien, pues mira lo que hacemos los castizos con esas gilipolleces: nos las pasamos por el arco y ordenamos que en nuestras escuelas se enseñe eso, sí, vale, pero ¡en inglés! ¡Toma ya! ¡Chúpate esa, María Teresa!
Bueno, fue divertido mientras duró, pero la fiesta ha terminado. Ahora la Justicia se ha puesto justa y ha dicho que bromas, las justas y que con las cosas de educar no se juega, aunque ya el propio Ejecutivo había reculado meses atrás al admitir una moratoria en la aplicación de su ocurrencia.
Ahora la Generalitat va a recurrir el fallo judicial, pero no tanto porque crea poder ganar como para que el público no note el ridículo nacional que ha hecho Camps. Aunque tampoco es muy seguro que sea por eso: quien no tiene sentido de la vergüenza no es probable que lo tenga del ridículo.
ANTONIO AVENDAÑO
Con Gibraltar ocurre todo lo contrario que con Ceuta y Melilla. En la Roca la geografía opera a favor de España, pero la demografía opera en contra, mientras que en Ceuta o Melilla sucede todo lo contrario: la geografía juega en contra de España, pero la demografía lo hace a favor. Gibraltar está en España, pero sus habitantes no quieren ser españoles, del mismo modo que Ceuta y Melilla están en Marruecos, pero sus habitantes no quieren ser marroquíes. Entre Londres y Madrid, los gibraltareños prefieren Londres, los muy cucos.
Años atrás la españolidad de Gibraltar era un asunto muy recurrente en las tertulias y discursos de aquella España despreciada en el exterior y acomplejada en el interior: los corazones de los patriotas se incendiaban de rabia al pensar en aquellos
pérfidos ingleses que no querían devolvernos ese entrañable peñasco de nuestra España querida.
Superados al fin los desprecios exteriores y los complejos interiores, los españoles hemos resuelto el problema de Gibraltar por el civilizado procedimiento de olvidarnos de él. El grito de ¡Gibraltar español! ya no enardece los corazones nacionales. Por eso resulta más bien patética la apocalíptica estrategia del PP de desacreditar la visita de Moratinos al Peñón interpretándola como una traición a la patria. El PP no entiende, o hace como que no entiende, el hecho singular de que Gibraltar ha dejado de ser un símbolo para normalizarse y convertirse simplemente en un hecho político como otros muchos: un hecho tal vez
problemático, pero en ningún caso dramático.
El Foro de Diálogo y la visita de Moratinos no son más que la traducción institucional de esa normalización.
ANTONIO AVENDAÑO
Las patrullas de civiles que conforman el difuso ejército de la Memoria vienen librando por su cuenta desde hace años una desigual guerra de guerrillas en la que sólo a base de tenacidad e ingenio han ido sorteando fosos, escalando fortalezas y ocupando almenas para hacer ondear sobre ellas la bandera de la verdad, que es una bandera que se compromete con todos, pero no se casa con nadie. Son un extraño ejército porque no tienen estado mayor ni general en jefe. Ni tampoco una estrategia definida. Lo más relevante de los guerrilleros de la memoria no son sus escuetas victorias, sino su determinación de no rendirse jamás.
El juez Baltasar Garzón, también por su cuenta, se sumó a la contienda meses atrás, pero fracasó. El centelleante magistrado que une en su persona a partes iguales la vanidad y el coraje intentó escalar en solitario el Castillo de la Memoria, pero los celosos alcaides y comendadores que guardan la fortaleza echaron abajo su intento. Otra vez será.
La justicia y la política españolas parecen compartir el mismo empeño de cerrar el paso a la verdad. Pero de vez en cuando las guerrillas populares, apoyadas por el alcalde del pueblo, alcanzan significadas victorias. La patrulla de Málaga es ejemplo para las que guerrean en otros campos de batalla. La bandera de la verdad ondeará muy pronto sobre la inmensa y desolada fosa de San Rafael. Los guerrilleros ya han rescatado restos de casi 3.000 vencidos y ahora se proponen saber quién fue cada uno de ellos y qué familia les queda en este mundo. Cuando las guerrillas ibéricas logren sumar un número suficiente de victorias es posible que entonces, y sólo entonces, hallen a alguien que quiera ser su general en jefe.