Por qué los etarras le tienen tanto miedo al AVE
MARCO SCHWARTZ
Se puede estar o no a favor de una infraestructura, pero en ningún caso se puede matar”. Lo dijo ayer Ibarretxe al condenar el asesinato de Ignacio Uría, cuya empresa participa en la construcción de la red de alta velocidad que unirá las tres capitales vascas. Para cualquier persona de convicciones democráticas y un mínimo de humanidad, las palabras del lehendakari constituyen una obviedad. Pero los etarras son otra cosa. La lógica –si así se puede llamar– que los anima es la del odio y la sinrazón.
Tal como afirma Ibarretxe, se puede estar en contra del AVE: de hecho, hay muchas asociaciones y personas respetables que rechazan la obra, ya sea por razones medioambientales o por convicciones sobre lo que debe ser un sistema ferroviario. Pero la oposición de ETA responde a otras motivaciones: para la banda terrorista, la denominada Y vasca persigue la “desestructuración” de Euskadi y su “dependencia” respecto a Madrid. Un lenguaje similar al que utilizaba el shogunato de Japón y al que usa hoy el régimen norcoreano para justificar su cerrazón a las contaminaciones procedentes del exterior.
Con independencia de las críticas que se le puedan hacer, el tren encierra en el imaginario colectivo una fuerte carga simbólica como portador de comunicación, de progreso y de modernidad (por eso se habla de “perder el tren de la historia”). No sorprende que, para un grupo terrorista de pensamiento atávico, este tren tenga una connotación diabólica. Como también lo tenía la autovía de Leizarán, cuyo trazado los etarras obligaron a modificar hace más de una década mediante atentados.
El AVE de Euskadi forma parte de un proyecto más amplio que unirá a Portugal, España y Francia por alta velocidad. Lo apoyan los representantes políticos de la casi totalidad de los votantes vascos. ETA ha decidido que es malo para su tierra. Tiene derecho a pensarlo. Pero no a matar.









