Gibraltar ha dejado de ser un símbolo nacional
ANTONIO AVENDAÑO
Con Gibraltar ocurre todo lo contrario que con Ceuta y Melilla. En la Roca la geografía opera a favor de España, pero la demografía opera en contra, mientras que en Ceuta o Melilla sucede todo lo contrario: la geografía juega en contra de España, pero la demografía lo hace a favor. Gibraltar está en España, pero sus habitantes no quieren ser españoles, del mismo modo que Ceuta y Melilla están en Marruecos, pero sus habitantes no quieren ser marroquíes. Entre Londres y Madrid, los gibraltareños prefieren Londres, los muy cucos.
Años atrás la españolidad de Gibraltar era un asunto muy recurrente en las tertulias y discursos de aquella España despreciada en el exterior y acomplejada en el interior: los corazones de los patriotas se incendiaban de rabia al pensar en aquellos
pérfidos ingleses que no querían devolvernos ese entrañable peñasco de nuestra España querida.
Superados al fin los desprecios exteriores y los complejos interiores, los españoles hemos resuelto el problema de Gibraltar por el civilizado procedimiento de olvidarnos de él. El grito de ¡Gibraltar español! ya no enardece los corazones nacionales. Por eso resulta más bien patética la apocalíptica estrategia del PP de desacreditar la visita de Moratinos al Peñón interpretándola como una traición a la patria. El PP no entiende, o hace como que no entiende, el hecho singular de que Gibraltar ha dejado de ser un símbolo para normalizarse y convertirse simplemente en un hecho político como otros muchos: un hecho tal vez
problemático, pero en ningún caso dramático.
El Foro de Diálogo y la visita de Moratinos no son más que la traducción institucional de esa normalización.









