La derecha no quiere tener razón, quiere ganar
ANTONIO AVENDAÑO
La guerra civil que viene librándose desde hace años en El Cabanyal entró ayer en una nueva fase. Ahora las batallas se libran calle a calle, casa a casa, cuerpo a cuerpo. El armamento utilizado hasta ahora eran las leyes, los decretos, las sentencias. Desde ayer, la artillería jurídica del papeleo ha dado paso a la artillería mineral de la piqueta. La destrucción del barrio marinero de Valencia ha comenzado.
En el pasado, la derecha sacaba la pistola cuando oía la palabra cultura; en el presente, saca la piqueta. El ruido que hacían ayer las excavadoras al derribar esas cinco casas de El Cabanyal era el ruido del pasado: con esas máquinas ciegas amparadas en una ley que va contra con la ley regresaba a la actualidad la España inculta y bravucona del pasado, la España farruca e insolente de aquellos años sesenta en que el país se destruyó a sí mismo derribando calles, plazas, patios, casas y palacios: el entramado urbano más noble y más humano de las ciudades del país. Creímos haber aprendido, pero no es así.
Como en tantas guerras civiles, los motivos que la desencadenaron ya no importan. Las autoridades del PP no quieren tener razón, quieren ganar. Ya no es un cierto urbanismo con rostro humano lo que está en juego y quieren combatir Camps y Barberá: lo que está en juego es el orgullo, la soberbia, el amor propio; lo que está en juego es dirimir quién manda aquí. El PP de Valencia opina que en Valencia manda él y está dispuesto a demostrarlo. Ayer lo hizo. Esta guerra ya no es un asunto político, es un asunto personal. Los mafiosos del pasado decían a sus víctimas: No es nada personal, son negocios. Los de ahora dicen: No son sólo negocios, es algo personal. No está claro cuáles son peores.









