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Una huelga confusa contra un patrón inexistente

09 jun 2008
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ANTONIO AVENDAÑO

La última huelga del transporte es una huelga que no es una huelga contra un patrón que no es un patrón y cuyos huelguistas que no son huelguistas le exigen al patrón que no es un patrón que baje unos impuestos que no puede bajar, suba unas tarifas que no puede subir y prohíba unas prácticas desleales que no puede prohibir.
Esta huelga es una huelga desconcertante ante la que uno no acaba de saber si está a favor o en contra o qué. Antes, la gente de izquierdas siempre sabía qué hacer ante las huelgas normales: estar a favor de los trabajadores y en contra de los patronos. Era fácil: “¡El metal! ¡unido! ¡jamás será vencido!” Con los camiones todo es más complicado, sobre todo porque los hay de todo tipo: grandes, medianos, pequeños, furgonetas, carromatos.
La que comenzó ayer es la tercera huelga de transportistas y pescadores en lo que va de siglo y todas ellas fueron por la misma razón: el incremento del precio del gasóleo. Y todas se solventaron de la misma manera: concediendo el Gobierno significativas rebajas fiscales a los huelguistas. En la huelga del año 2000 las rebajas ascendieron a 120.000 millones de pesetas. En la huelga de 2005 no hubo cálculo oficial de beneficios fiscales, pero no debieron ser menores que cinco años antes. En todo caso, fueron un respiro para los más débiles. En esta huelga debería ocurrir lo mismo, sólo que esta vez todo es más complicado porque el precio del fuel es un precio imposible.
Nos confunde esta huelga porque los huelguistas son trabajadores, sí, pero son al mismo tiempo patronos. Y son patronos, sí, pero tan modestos que muchos apenas merecen el nombre de tales. Y hacen muy requetebién en exigirle cosas al Gobierno, sí, pero al mismo tiempo no hacen tan requetebién porque el Gobierno no tiene culpa alguna de que el maldito precio del petróleo haya subido de una manera tan enigmática y disparatada en tan poquísimo tiempo. Ya quisiera este Gobierno poder tener la culpa de una cosa así. Ya quisiera para sí esa culpa cualquier Gobierno en estos tiempos vertiginosos y extraños en que lo podemos casi todo y al mismo tiempo tenemos la sensación de que no podemos casi nada.
No va a serle fácil a este adormilado Gobierno de izquierdas encontrar el equilibrio de justicia social y largueza fiscal que exigen los huelguistas. Pensará el pobre Gobierno lo que piensa melancólico uno mismo: que con las huelgas del metal era mucho más fácil ser de izquierdas. Con éstas de ahora no sabes muy bien qué hacer. Salvo rascarte el bolsillo fiscal y maldecir el maldito petróleo, claro está.