ISAAC ROSA
Hubo un tiempo en que el Primero de Mayo los trabajadores mostraban su fuerza en la calle. La manifestación más numerosa se hacía en Madrid, siempre más visible por ser la capital y la ciudad más poblada. Era sólo una vez al año, pero aún así era peligrosa. Así que los gobernantes decidieron que había que acabar con ella, o al menos debilitarla. Para ello convirtieron el dos de mayo en fiesta regional, de forma que siempre sea puente y los trabajadores se vayan a la playa o a su pueblo, pues en Madrid todo el mundo tiene pueblo.
Era una forma fácil de reventar de por vida la manifestación principal. Con tal éxito, que hay quien propone que no sólo sea festivo en Madrid: que se convierta en fiesta nacional. Por ahí apuntan las conmemoraciones oficiales en este bicentenario, convirtiendo el alzamiento popular en una muestra de exaltación españolista.
Pero para acabar con el Primero de Mayo no bastaba con instaurar un puente: aún hay trabajadores que no tienen apartamento playero ni pueblo, o que no pueden viajar. ¿Qué hacemos con ésos? ¿Cómo evitamos que salgan a la calle? Pues que trabajen ese día. Y así es: quien hoy pasee por el centro comprobará que todo está abierto, comercios y servicios, ocio y restauración que funcionan con los currantes más precarios, los que más motivos tendrían para manifestarse. Pronto, además, permitirán que los centros comerciales abran en Madrid todos los festivos, también éste. Entre todas las teorías conspirativas, ésta es mi favorita. La más verosímil.
José Antonio Labordeta
Zapatero, cuando llegó al Gobierno en el año 2004, lo primero que hizo fue traer las tropas de Irak y anular el Plan Hidrológico —hidroilógico lo llamaba un gran científico— y anular el trasvase del Ebro que era, al fin y al cabo lo que se encerraba en el plan.
Ante esas actitudes muchos, que nunca vemos claro los sinuosos caminos de la socialdemocracia, apoyamos su nombramiento como Presidente.
Durante una buena parte de esa legislatura, Zapatero fue tomando decisiones legislativas tan progresistas que llegué a decir, en una entrevista, que era el presidente más de izquierdas que había habido en la democracia esta de monarquía- republicana.
Y los sigo afirmando. Sucedió luego que le fueron poniendo palos en las ruedas una veces los suyos, otras sus aliados y siempre los del PP que nunca aceptaron haber perdido las elecciones. Lo que fue un Presidente de izquierdas se fue transformando en un personaje abatido por los encuentros y desencuentros y tuvo, al final, ante las nuevas elecciones, ceder los intereses de barones a los que les iba a deber su nuevo nombramiento.
En estas circustancias aleja de su lado a la Ministra Narbona, la mas eficiente y efectiva, la que cuando llegó al cargo sabía a que iba. Como era una ecologista radical, el presidente la mandó a casa porque Montilla quiere agua y ella no estaba por este bodrio. El señor Zapatero se ha metido más en su laberinto. Lo siento.
Alfons López Tena
Como cooperantes extranjeros de visita, se han sorprendido el presidente español y su ministra de Fomento ante la constatación de la antigüedad de las catenarias e infraestructuras de los ferrocarriles españoles en Catalunya, de más de 30 años de antigüedad, y algunas, Zapatero dixit, “de los años treinta”, aunque no concretó de qué siglo. No cabe mayor cinismo, porque ellos son los culpables, junto a sus antecesores del PSOE, del PP, de UCD, y de FET y de las JONS, del expolio sistemático de Catalunya, del robo planificado de recursos que se detraen para invertirlos en su nación, en España. Si hubieran cumplido sus propias leyes, esos ferrocarriles serían competencia catalana desde 1979, como lo serían las becas a los estudiantes, pero entonces no podrían llevarse el dinero de los catalanes para dárselo a los españoles: los estudiantes catalanes son el 14’8% del total, y sólo reciben un 4’8% de las becas. Robar exige mandar, y mandar requiere no transferir y concentrar todo el poder, incluso el del Tribunal Constitucional, que todo lo avalará al servicio del PP, del PSOE, y de España. El poder fiscal incluye el poder de destruir, como indicó el juez Marshall y afirma Hayek: “Cuando el Estado controla la vida económica es posible seguir una política de despiadada discriminación contra las minorías nacionales mediante instrumentos de política económica, sin infringir nunca la letra de protección estatutaria de sus derechos.” Esta España no es la casa de los catalanes, vayámonos.
Isaac Rosa
Tras una semana de bombardeo publicitario, pocos saben bien de qué va la nueva novela de Ruiz Zafón, pero hasta mi hija de tres años se ha enterado de los millones de libros que espera vender, y los que vendió del título anterior. Tal insistencia en las cifras millonarias es un recurso promocional, claro, pero también parece una forma indirecta de darnos otra noticia: que Zafón se ha hecho rico.
El escritor millonario se incorpora al club de los millonarios buenos, los que sirven como modelo social. Al club pertenecen los jóvenes deportistas cuyo abultado fichaje siempre es noticia, o los actores cuyo impresionante caché merece tanta atención como sus méritos artísticos. También podríamos incluir a los agraciados con la lotería de Navidad. Todos ellos son los millonarios simpáticos, frente al despreciable especulador, el parasitario heredero rico o el perverso ejecutivo agresivo.
El aspecto sencillote de
Zafón, como el origen humilde del futbolista o la imagen de los currantes bañados en cava tras el sorteo de Navidad, construyen un ejemplar relato: que cualquiera puede ser millonario, que las barreras sociales ceden ante el genio, el trabajo y la suerte, y que detrás de una gran fortuna no tiene por qué haber siempre un crimen. Sus ejemplos actúan como esos cuentos infantiles que convierten a un siervo en príncipe sólo con audacia o magia: alimentan la ilusión de que todos podemos sentarnos a la mesa. ¿Cómo cuestionar el enriquecimiento ajeno, si algún día tal vez nos toque?