FERNANDO LÓPEZ AGUDÍN
Sólo el azar ha impedido una auténtica masacre en Pamplona. El aviso incompleto de la inexperta quinta del biberón de ETA, por nerviosismo o por maldad, ha estado a punto de provocar decenas de víctimas mortales en la Universidad de Navarra. Porque de la inexperiencia clandestina de los nuevos pistoleros al terrorismo masivo, no hay más que un paso involuntario. Ayer se quedaron al borde del precipicio.
Probablemente, esta acción terrorista haya sido su respuesta al reciente éxito policial, la detención del penúltimo comando Nafarroa, pero el telón de fondo de la larga crisis política que vive el Reino de Navarra desde hace un año no es ajeno a este atentado aquí y ahora. La secuencia es clara. El pasado martes, UPN sufre la ruptura de su coalición con el Partido Popular; el jueves, Nafarroa Bai tropieza con el coche bomba en el campus universitario.
Los navarros se encuentran cogidos entre la ceguera de ETA y la miopía del PP. Su identidad navarra es tan cuestionada violentamente, desde la ucronía de una Euskalherria mítica, como discutida políticamente desde la realidad histórica de una España preconstitucional. Así, si Patxi Zabaleta es un traidor para los cegados por la violencia, Miguel Sanz no lo es menos para los miopes del Santiago y cierra España.
Negar el hecho diferencial navarro, desde Madrid o Vitoria, puede llevar a reproducir en este territorio el mapa político vasco. Atrincherar Pamplona, en frentes identitarios ajenos a la propia identidad navarra, sería el peor escenario para los intereses del Estado.
No debería, pues, reeditar el PP la pasada sordera vasca de Jaime Mayor Oreja en la presente miopía navarra de Mariano Rajoy.
Si ya han desatascado aquel oído, urge que gradúen esta vista.
DAVID MIRÓ
Josep Lluís Carod-Rovira dirigió la primera revolución ideológica de ERC al proclamar que para ser independentista no hacía falta ser nacionalista ni, incluso, hablar catalán. Ese salto adelante, muy duro para los clásicos esencialistas, tuvo un resultado espectacular en las urnas. ERC pasó de partido marginal a árbitro de la política catalana. Ayer Joan Puigcercós puso la primera piedra de la segunda revolución.
Su discurso se refería a la R de Republicana, pero en el fondo Puigcercós le dio un repaso en toda regla a la E de Esquerra. Su reivindicación de los valores clásicos de la derecha como la familia, la cultura del esfuerzo, la disciplina y la capacidad de sacrificio tienen como objetivo centrar a un partido que no ha digerido del todo bien la transición de la agitación al coche oficial. Y ganar credibilidad entre unos sectores económicos que ayer vieron a un Puigcercós muy lejos del activista juvenil que fue.
SALOMÉ GARCÍA
Es antológica la capacidad de Mariano Rajoy para demorarse tanto en tomar una decisión como tiempo necesita un asunto para dejar de ser urgente. Es de esos que creen que los problemas o se resuelven solos o el tiempo demuestra que no tenían solución. Por eso sorprende –dentro y fuera del PP– que se haya empecinado en fabricar un problema con UPN para demostrar después su incapacidad para resolverlo.
El líder del PP convirtió en casus belli el intento de Miguel Sanz de remarcar su perfil regionalista en la negociación de los Presupuestos. Rajoy amenazó al líder de UPN con considerar traición que los dos diputados navarros adscritos al Grupo Popular rompieran la disciplina de voto, y eso que esas dos discrepancias no tenían la más mínima trascendencia en el trámite parlamentario de las cuentas del Estado. Vamos, que provocó un incendio donde sólo había un poco de acaloramiento local. Y el fuego ha terminado por arrasar un acuerdo que aseguraba la presencia del PP en Navarra desde hace 17 años.
Rajoy lleva sólo cuatro meses como líder reelegido del nuevo PP… pero ya se le acumulan los líos en Navarra, Canarias, Baleares, Valencia, Extremadura y Asturias. La unidad de la derecha que tanto costó sellar a sus antecesores comienza a resquebrajarse. Cada vez son menos los que creen que Rajoy aguantará hasta 2011 a la cabeza del partido. Aunque sea de perfil.
ANTONIO AVENDAÑO
Si hay dinero para la banca, tiene que haber dinero para la dependencia. Es cierto que con afirmaciones así no le dan a uno el Premio Nobel de Economía, pero es con afirmaciones así como se ganan y se pierden las elecciones, sobre todo ahora que el fracaso inapelable de la economía vuelve a poner de moda la fe en la política y que podemos volver a las antiguas certezas durante tanto tiempo arrumbadas en un rincón por los poderosos vientos que soplaban del oeste.
Pues bien, una de esas antiguas certezas de la política es que la derecha protege a la banca y la izquierda protege a los pobres. Por supuesto que las cosas han dejado de ser exactamente así. De hecho, la crisis actual nos ha enseñado la amarga verdad de que a la banca la protege la derecha, sí, pero también la izquierda.
Como siempre, la banca sale ganando, incluso cuando pierde. Sin embargo, la única manera que tienen los pobres de no perder siempre es teniendo gobiernos de izquierdas que los protejan, pero no únicamente de la enfermedad y de la pobreza, sino también de la propia banca.
El Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero se juega su supervivencia a una sola partida, que es la partida de la crisis económica. Y en esa partida su mejor carta es la Ley de Dependencia.
El presidente del Ejecutivo
debe saber que los pobres están al acecho. Han tomado nota de que el Gobierno de izquierdas no le ha fallado a la banca y lo aceptan, vale, presidente, vale, sin problema, aceptamos banca como víctima del capitalismo y que el Estado le inyecte miles de millones de euracos, pero no aceptamos que el carro de la Ley de Dependencia, que es tu ley y nuestra ley, se atasque en los barrizales del
Estado autonómico, pues si se atasca no preguntaremos de quién es la culpa, pero sabremos perfectamente a quién echársela.
ANTONIO AVENDAÑO
Cuenta Rafael Sánchez Ferlosio en uno de sus escritos el caso de cierto propietario de un kiosquillo de chucherías de un pueblo extremeño que, tras pillar in fraganti a un niño sisándole unos caramelos, se apresuró indignadísimo a llamar a un guardia que pasaba por allí, exigiéndole que dejara caer todo el peso de la ley sobre el maldito mocoso que había entrado a saco en su negocio para robarle parte de las existencias que tanto le había costado adquirir y con cuya venta sostenía honestamente a su familia. Cargado de razón, el propietario tenía bien cogido al chaval por el cuello para que no se le escapase, al tiempo que miraba interrogante al guardia a la espera de que actuara llevándose al ladrón hasta el cuartelillo y poniéndolo, si hubiere lugar a ello, ante la autoridad judicial para que ésta obrara a su vez en consecuencia.
Cuenta Ferlosio que el guardia miró detenidamente la escena, observó con atención al aficionado ladronzuelo y finalmente posó la vista sobre el violentado ciudadano, que seguía preguntando: “Pero bueno, agente, ¿lo detiene usted o no lo detiene?”, a lo cual el cachazudo agente respondía que lo que aquella situación requería no era la intervención de la autoridad municipal, sino de la autoridad materna. Vamos, que lo que había que hacer era llamar a la madre del chico y que ella misma le diera el escarmiento que estimara oportuno.
Si la justicia fuera entre nosotros una actividad proporcionada, probablemente el juicio de ayer por injurias del profesor Fortes contra el poeta y profesor García Montero nunca se habría celebrado. ¿Un profesor dice cosas extravagantes sobre García Lorca, otro se lo reprocha en público y ha de intervenir la justicia para dirimir esa pelea de patio de colegio mayor? Algunos jueces deberían leer más a Ferlosio. Y algunos profesores, por cierto, también.
MARCO SCHWARTZ 
Después de que el presidente de la patronal reclamara un “paréntesis” en la economía de mercado, parece que ese signo ortográfico se ha puesto de moda como recurso para afrontar crisis. Incluso políticas. El castigo bíblico que en teoría iba a infligir el PP a su partido hermano navarro, UPN, por romper la disciplina de voto en el debate presupuestario, ha quedado en eso: un paréntesis en las relaciones bilaterales.
Rajoy, que no está para atender más incendios domésticos, habrá hecho sus cálculos y llegado a una conclusión elemental: en una comunidad autónoma tan simbólica para el PP, no conviene escenificar rupturas, máxime cuando se avecina un congreso de UPN en el que se prevé que el díscolo Miguel Sanz ceda el liderazgo de la organización. Otro factor que quizá haya ayudado a atenuar la reacción de Rajoy es que la abstención del diputado de UPN no resultó decisiva para salvar las cuentas a Zapatero, pues el PSOE se había asegurado ya los apoyos del PNV y el BNG.
Abierto el paréntesis, Rajoy tiene ahora el reto de recomponer fidelidades y evitar un divorcio traumático con UPN. A un partido que ha difundido aviesamente que Zapatero iba a romper España con la “entrega” de Navarra a los vascos no le queda nada bien romperse justo en la tierra que ha erigido en quintaesencia de la integridad del Estado.
ANTONIO AVENDAÑO
Cuando hablan con tanta soltura y desahogo del dolor y de la muerte, y muy en particular del dolor y de la muerte ajenos, los obispos españoles pueden engañar a sus fieles, a su médico, a su familia, a sí mismos, pueden incluso engañar a la mismísima Roma inmortal, pero nunca podrán engañar a Internet, que viene a ser una especie de dios cotilla y por lo civil, un dios omnipresente y tecnológico que todo lo sabe porque todo lo guarda en su infinita memoria.
Antes, todo estaba en los libros; ahora, todo está en Internet. Tal vez vayamos a salir perdiendo, pero si fuera así ya no tiene remedio. Y ahí, en la Sagrada Red, está también el modelo oficial de testamento vital que la Conferencia Episcopal tiene imprudentemente colgado en su página web para que puedan utilizarlo quienes no desean que se les “mantenga en vida por medio de tratamientos desproporcionados”.
Las mismas cosas son las que dice la ley andaluza de muerte digna que tanto irrita a la Iglesia. No es preciso tener fe para compartir esos prudentes principios episcopales cuyo resumen es que todos tenemos derecho a que nuestro lecho de muerte no se convierta en el sanguinolento mostrador de una carnicería donde los médicos puedan exhibir su ciencia para alargar nuestra agonía.
Los obispos tienden a hablar del dolor ajeno con una ligereza impropia de quienes, por razón de su oficio, deberían ejercitar una simpatía universal y profunda por los que sufren hoy y por los que se niegan a sufrir mñana. Y es que lo peor del dolor no es que sea inútil como creemos los ateos o útil como cree la Iglesia: lo peor del dolor es que duele. Y por eso nadie tiene derecho a hablar de él como si no doliera. La próxima vez que un prelado tenga la tentación de hacerlo, váyase a Internet, abra la web de la Conferencia Episcopal, relea el testamento vital y guarde amoroso silencio.
ANTONIO AVENDAÑO
Es complicado mantener una conversación civilizada sobre zoología o incluso sobre gastronomía con alguien que defiende con absoluta seriedad y convicción la idea de pulpo como animal de compañía. De la misma manera, es complicado mantener una conversación civilizada sobre medicina o incluso sobre ética con alguien que defiende con absoluta seriedad y convicción la idea de que un preembrión humano fecundado unas horas atrás, congelado y sobrante de un proceso médico de fecundación in vitro es lo mismo que una persona. O, como diría un cura sensible, es lo mismo que una personita.
En el caso del pulpo, a las primeras de cambio la conversación se tornaría una locura, pues en el momento mismo en que el primer interlocutor hiciera mención a las distintas maneras de preparar el pulpo y acabara mostrando su sincera inclinación por el pulpo a la gallega, del que precisamente dos días atrás se comió una generosa ración, que por cierto estaba exquisita, el segundo interlocutor lo escucharía escandalizado para denunciarlo de inmediato la Guardia Civil acusándolo de maltrato a los animales, pues no en vano acababa de confesarle al denunciante que sólo dos días atrás había devorado sin piedad ni contemplaciones a un indefenso animal de compañía llamdo pulpo. Pues bien, cambie el lector pulpo por embrión y animal de compañía por personita y conluya él mismo el artículo, que es que a mí me da la risa.
SALOMÉ GARCÍA
Sin ser habitualmente partidaria de la venganza, debo reconocer que deseo que siga vivo alguno de los dirigentes de la Falange que busca el juez Garzón. Esos que se sumaron al golpe de Estado franquista con tal ahínco y asumieron tan hondamente su cruel esencia que se convirtieron en los tentáculos ideales para el régimen. Alcaldes y gobernadores civiles eran los jefes locales y provinciales del Movimiento. Convertidos en acusación, juez y verdugo, ¡con qué dedicación y soltura elegían a los culpables para que fueran paseados y olvidados después en una cuneta!
Deseo que alguno de ellos, bien criado al calor del franquismo, haya logrado sobrevivir hasta hoy. Me conformo con que tiemble al leer el auto del juez, con que tema verse sentado en un banquillo, con que pierda el sueño repasando sus años mozos y rememorando cuántas muertes le puede imputar el juez. Con que desee no vivir para verlo. No será ni la décima parte del dolor que han sentido estos 30 años las familias de esos 114.226 desaparecidos que ahora podrán dejar de serlo. De la amargura que han acumulado ante estas décadas de olvido, de la rabia que han tenido que destilar por sentirse estafados por la democracia.
Deseo que alguno viva aunque entiendo que, por viejo, nunca ingresará en prisión; aunque presumo que esta primera causa penal contra el franquismo nunca llegará a juicio. Sé que este sentimiento no me honra, pero no vean cómo me anima.
ANTONIO AVENDAÑO
La singularidad más sobresaliente del sistema educativo en España es que tenemos miles de colegios de pago que pagamos todos. Es verdad que no los llamamos así y que el aséptico nombre oficial que les da la autoridad educativa es el de colegios privados o colegios concertados, pero su realidad más real, inmediata y verdadera es que sólo las familias que pueden pagarlos mandan a sus hijos a esos colegios, que denominamos como privados cuando la familia paga íntegramente la factura y concertados cuando la factura la pagamos a medias entre la familia y La Peña.
Y por si todo ello fuera poco pagar, también pagamos los severos colegios de pago que separan en sus piadosas aulas a los niños de las niñas. Ahí no pagamos sólo una factura privada, pagamos también una moral privada, que además es ajena y aun contraria a la moral pública que se funda en la igualdad y que prescribe que niños y niñas anden juntos y revueltos en las aulas. Quien considere que ese saludable revoltijo de cuerpos y almas infantiles es pecaminoso o es incluso antipedagógico, tiene derecho a pensarlo, pero no a que le paguemos su pensamiento.
Y si alguna ley dice que sí tiene derecho, se coge, se pilla y se cambia la ley. Hacerlo así no sería anticonstitucional. Lo anticonstitucional, precisamente, es no hacerlo.