ANTONIO AVENDAÑO
De igual modo que Fraga pensaba en el pasado que la calle era suya, la Iglesia piensa ahora que la familia es suya. Y que el matrimonio es suyo. Y, ya de paso, que el sexo no debe ser de nadie. Todo el maldito embrollo que viene organizando un grupete de familias y de jueces exageradamente católicos, con la complacencia del PP, se debe a que algunos de los manuales de la asignatura Educación para la Ciudadanía cometen el sacrilegio de tratar a los homosexuales como si fueran personas, ¿qué digo personas?, como si fueran ¡ciudadanos!, cuando todo el mundo sabe perfectamente que un homosexual es otra cosa, otra cosa respetable, eso sí, por supuesto, cómo no, faltaría más, todo lo respetable que se quiera, tan respetable que hasta puede ser considerado un hermano en Cristo, una oveja más del divino rebaño, pero ¡por Dios y por todos los ángeles y por la Santísima Virgen! no un ciudadano, carísimos hermanos, no un ciudadano, no alguien que pueda amar, casarse o criar hijos como una persona normal, ¡eso jamás!
Los objetores dicen sostener que el Estado quiere imponer una cierta ética a sus hijos, pero no saben lo que dicen, pues cuando dicen ética en realidad quieren decir sexo. El Supremo, sin embargo, ha hablado dando a Dios lo que es de Dios y al Estado lo que es del Estado. Ea pues, ha vencido la razón. Laicos, 1-Meapilas, 0. Vale. Hemos ganado. Oéee, oé, oé, oé. Y sin embargo… Y sin embargo queda en el ambiente un cierto regusto amargo, la sensación de haber dedicado ingentes esfuerzos a una victoria de gran importancia política, pero de discutible relevancia educativa. ¿Por qué discutible? Porque EpC es una asignatura cargada de buenas intenciones y sobre tales asignaturas siempre se cierne el peligro de acabar convertidas en una maría. ¿Habremos librado esta agria batalla por una futura maría? Dios no lo quiera.
ANTONIO AVENDAÑO
Tengo la sospecha de que a Mariano Rajoy le ocurre lo mismo que a mí con la trama de espionaje de Madrid: que no sabe quiénes son los buenos, quiénes son los malos y quiénes son como todo el mundo, unas veces buenos y otras veces malos. Bien. Soy un tipo lo bastante bregado en las buenas películas de cine negro como para no darme fácilmente por vencido. Si conseguí entender El sueño eterno después de verla diecisiete veces parando el vídeo para apuntar los nombres que iban apareciendo en la envenenada trama, no hay razón para que no acabe entendiendo qué diablos está pasando en Madrid.
Y no debe ser menor la confusión de los votantes de la derecha. Es evidente que los pobres no saben de qué lado tienen que ponerse ni a quién deben apoyar después de observar estupefactos a sus líderes políticos corriendo de un lado a otro como pollos sin cabeza y a sus líderes mediáticos simulando que no pasa nada pese a que se está incendiando medio Partido Popular y quien le está pegando fuego es el otro medio.
Quienes contemplamos con estupor e impotencia el descaro con que los diputados socialistas Tamayo y Sáez cometían el robo autonómico del siglo en Madrid expulsando del poder a su propio partido con la probable aunque nunca demostrada connivencia del PP, merecíamos una cierta reparación. Si no una reparación política o incluso penal, que eso todavía está por ver, sí al menos una reparación estética, un cierto desquite poético.
Los aficionados al cine que tiramos más bien a antiguos sabemos que uno de los momentos más dulces de la película es cuando los buenos les dan a los malos su merecido. Parece aproximarse ese momento. Cierto que aún no sabemos quiénes son unos y otros ni cuál es el castigo, pero es eso precisamente lo que le da emoción a la película. Que dure, que dure.
Dos recientes sentencias del Tribunal Supremo debieran de haber impedido el ridículo de Estado que empiezan a protagonizar en Bilbao los magistrados que han sentado en el banquillo de los acusados a dirigentes de los dos grandes partidos vascos que, con toda seguridad, van a verse revalidados como tales en las elecciones autonómicas del 1 de marzo.
La primera, una cuestión de procedimiento que exige la existencia de una acusación particular o fiscal para la apertura de un juicio oral, inexistente en el iniciado ayer; la segunda, una cuestión doctrinal que califica como fraude de ley el intento de controlar judicialmente iniciativas políticas como el diálogo con la izquierda abertzale, que deben ser controladas por los parlamentos. Ambos precedentes, impidieron que el banquero Botín y el presidente Zapatero tuvieran que sentarse donde se sientan Ibarretxe, López y Ares.
Es un callejón judicial sin salida jurídica alguna salvo que se agarren a la suspensión de la vista solicitada por la Fiscalía y la casi totalidad de la defensa. Porque si es coherente que siglas extremistas busquen atajos legales en la lucha contra la violencia, presentando denuncias contra políticos democráticos, mucho más lo es que los jueces recuerden que no los hay ni los habrá como no los hubo policiales. Espectáculos como el de ayer no contribuyen a la legitimidad del Estado en Euskadi. Cuanto antes terminen, mejor.
ANTONIO AVENDAÑO
Sabemos cuántos nos matamos, dónde, con qué edades, a qué velocidad. Las estadísticas son tan meticulosas que parece mentira que los mismos tipos que son tan listos haciéndolas sean tan bestias conduciendo. Sabemos cómo, cuándo, dónde y por qué nos matamos, pero no sabemos con qué coches, marcas, modelos o cilindradas. Podemos saber todo eso de los aviones que se estrellan, pero no de los coches que se accidentan.
¿Nos matamos más con los coches potentes? ¿Más con los Skoda? ¿Con los Bentley? Tráfico calla y, como todos los silencios del poder, el suyo es sospechoso pues si la marca y el modelo son estadísticamente irrelevantes, no debería haber razón para ocultarlos, y si, por el contrario, son significativos, entonces deben publicarse. Queremos saber. Quiero saber, ¿pues quién me dice que no me estoy jugando insensatamente la vida cada día con mi utilitario y no ha llegado al fin la hora de tener un Bentley, que sé que es más seguro, pero lo sé sólo de oídas? Reclamo una estadística ya. Y ya puestos, un Bentley. Una pregunta de nota: ¿qué lograré antes, el Bentley o la estadística?