Es como si la guadaña se hubiera equivocado de espiga
ANTONIO AVENDAÑO
Es segadora y se llama muerte. Esta seca definición del escritor de entreguerras Alfred Döblin venía planeando sobre la ciudad de Sevilla desde hacía veinte días y veinte noches. Sevilla es una ciudad indulgente y teatrera que se vuelca con sus muertos públicos de una forma desmesurada y en ocasiones impúdica. Pero por esta vez habremos de perdonárselo, aunque sólo sea porque hay un tiempo de morir y un tiempo de vivir, y el de Marta del Castillo era, naturalmente, el segundo.
Por eso nos aturde de esta terrible manera su muerte tan temprana, porque tenemos la descorazonadora impresión de que la guadaña se hubiera equivocado de espiga. De espiga, pero también de segador, pues ni el presunto homicida parecía tener edad para ocupar tan pronto el empleo improvisado y funeral de segador de vidas ajenas, ni la pobre Marta tenía edad bastante para que la muerte posara sus helados ojos en ella. Lo propio de la juventud es saberse inmortal y de ahí que cuando esa juventud muere bruscamente y sin avisar nos parezca que se tratara de una especie de muerte por partida doble, una muerte pavorosamente multiplicada por sí misma.
El niño Miguel mató a la niña Marta, y de paso se hirió de muerte a sí mismo sin saberlo, y lo hizo porque pensaba, creía y sentía que Marta era suya. Ni él ni ella lo sabían, pero la mano que ese muchacho desventurado y criminal levantó contra Marta es la misma mano que segó la vida de cerca de 90 mujeres en toda España sólo el año pasado. Normalmente, ni ellos llegan al crimen tan prematuramente ni ellas a la muerte tan temprano: por eso es tan importante que enseñemos a nuestros hijos, a nuestras hijas y a nosotros mismos que nadie es de nadie. Parece fácil de entender, pero no lo es. Esa modesta enseñanza no operará milagros, pero es lo único que podemos hacer.









