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Es como si la guadaña se hubiera equivocado de espiga

14 feb 2009
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ANTONIO AVENDAÑO

Es segadora y se llama muerte. Esta seca definición del escritor de entreguerras Alfred Döblin venía planeando sobre la ciudad de Sevilla desde hacía veinte días y veinte noches. Sevilla es una ciudad indulgente y teatrera que se vuelca con sus muertos públicos de una forma desmesurada y en ocasiones impúdica. Pero por esta vez habremos de perdonárselo, aunque sólo sea porque hay un tiempo de morir y un tiempo de vivir, y el de Marta del Castillo era, naturalmente, el segundo.
Por eso nos aturde de esta terrible manera su muerte tan temprana, porque tenemos la descorazonadora impresión de que la guadaña se hubiera equivocado de espiga. De espiga, pero también de segador, pues ni el presunto homicida parecía tener edad para ocupar tan pronto el empleo improvisado y funeral de segador de vidas ajenas, ni la pobre Marta tenía edad bastante para que la muerte posara sus helados ojos en ella. Lo propio de la juventud es saberse inmortal y de ahí que cuando esa juventud muere bruscamente y sin avisar nos parezca que se tratara de una especie de muerte por partida doble, una muerte pavorosamente multiplicada por sí misma.
El niño Miguel mató a la niña Marta, y de paso se hirió de muerte a sí mismo sin saberlo, y lo hizo porque pensaba, creía y sentía que Marta era suya. Ni él ni ella lo sabían, pero la mano que ese muchacho desventurado y criminal levantó contra Marta es la misma mano que segó la vida de cerca de 90 mujeres en toda España sólo el año pasado. Normalmente, ni ellos llegan al crimen tan prematuramente ni ellas a la muerte tan temprano: por eso es tan importante que enseñemos a nuestros hijos, a nuestras hijas y a nosotros mismos que nadie es de nadie. Parece fácil de entender, pero no lo es. Esa modesta enseñanza no operará milagros, pero es lo único que podemos hacer.

La Alemania de Hitler, la Argentina de Videla, la España de Franco

09 feb 2009
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ANTONIO AVENDAÑO

Los jóvenes escolares de este conjunto borroso llamado España saben más del nazismo que del franquismo y seguramente más de la Segunda Guerra Mundial que de la Guerra Civil española. Al más torpe de los muchachos de nuestras aulas le es conocido el celo criminal con que los nazis buscaban judíos hasta debajo de las piedras para cargarlos en los trenes de Eichmann con destino al Este. O que a los judíos de Alemania les eran confiscados todos sus bienes por el mero hecho de ser judíos.
Es casi seguro igualmente que el más despierto de esos muchachos no ha oído jamás
contar que en la primera España
franquista la gente del régimen cazaba republicanos como si fueran conejos, les quitaban sus bienes y les daban muerte con la misma absoluta falta de remordimiento y de piedad con que lo habían hecho poco antes los miembros de las SS o los ucranianos comprometidos en el exterminio de los judíos europeos.
Si a cualquiera de esos chicos les pidieran que citaran algún país donde a cientos de familias derrotadas les habían robado a sus hijos para entregárselos a las familias vencedoras, puede que alguno de ellos contestara como un resorte: ¡Argentina, Argentina, eso pasó en la dictadura argentina! Si luego el profesor les explicara que esas mismas cosas abominables ocurrieron en su propio país unas cuantas décadas atrás, los pobres chicos abrirían los ojos como platos y apenas darían crédito a sus oídos. Pensarían que su profesor se había vuelto loco.
Pero no hay de qué preocuparse: nadie desconcertará a nuestros alumnos; nadie les confundirá diciéndoles que alguna vez España fue Alemania. O fue Argentina. Los chicos seguirán volviendo a casa tranquilos, con la certeza de saber que en el pasado su país habrá cometido errores, sí, pero gracias a Dios no tiene nada de qué avergonzarse. No como otros.