ANTONIO AVENDAÑO
En materia de aborto la pregunta principal no suele ser ¿qué es lo mejor?, sino más bien ¿qué es lo menos malo? Se trata, además, de esa clase de materias que nunca van a estar resueltas en términos morales, pero que sí pueden estarlo en términos jurídicos. Aun así, no es probable que la izquierda y la derecha se pongan de acuerdo en esto, sobre todo, porque ambas creen estar hablando de lo mismo, pero en realidad están hablando de cosas distintas: la derecha cree que legislar sobre el aborto es legislar sobre la vida, mientras que la izquierda piensa que legislar sobre el aborto es legislar sobre la libertad.
En cuanto a las demás preguntas por formular, casi todas ellas resultan embarazosas, dicho sea sin ánimo alguno de hacer un chiste. Una de esas preguntas embarazosas, pero secundarias, es si pueden abortar sin permiso familiar las chicas de 16 años. Dice el Ministerio sentirse sorprendido de que el debate haya derivado hacia un asunto que es jurídica y estadísticamente muy lateral a la ley misma. Pues bien: mejor que haya sido así. Mejor, porque es cosa que tiene tan fácil arreglo como que un adulto cercano acompañe a la chica en ese tenebroso trance y asunto resuelto.
Queda por saber si el Ministerio planeó incluir ese precepto de los 16 años por motivos morales o por razones tácticas. Si fue por los primeros, el Ministerio fue sincero y erró. Si lo hizo por cálculo, fue taimado y acertó. Pero acertó entonces del mismo modo que yerraría ahora al renunciar a esa ventaja táctica en un momento todavía tan temprano de la tramitación de la ley, pues si entrega tan pronto al adversario la valiosa pieza de esa cláusula, ¿qué le quedará por entregar cuando las cosas de verdad se pongan feas en el Congreso, que es donde se dirimen las leyes, y en la calle, que es donde se dirime la moral?
ANTONIO AVENDAÑO
A una gran parte de los cofrades de a pie le ocurre lo que a la madre de los niños Andrés y Javier que se han salvado el uno al otro gracias a la medicina. Soledad Puertas declaraba que ella es católica, pero normal, es decir, que no confunde la teología con la medicina, ni el catecismo con un tratado de genética, y por eso prefiere encomendar a sus hijos a los doctores de la Ciencia y no a los doctores de la Iglesia.
Pues bien, mientras las bases cofrades son católicas, pero normales, los capitanes de las hermandades son católicos, pero excepcionales: católicos que creen ser más católicos que nadie, aunque en realidad son otra cosa: son simplemente personas de derechas. Y tienen todo el derecho a serlo, pero no el derecho a convertir las hermandades que presiden en arietes de su ideología camuflados con los ropajes de la santidad.
La campaña contra el aborto promovida por los altos funcionarios de Iglesia ha fracasado entre las cofradías y se ha quedado en meras oraciones y proclamas porque los hermanos mayores saben que sus organizaciones están llenas de gente católica, pero normal, y que si tensaban en exceso la cuerda de su santa indignación, habrían desatado una contienda civil en el pueblo cofrade, que tiene mucho más de pueblo que de cofrade.
La propia Iglesia sospecha que los fastos de Semana Santa encarnan un peculiar catolicismo que no es de mentira, pero que tampoco es de verdad, de manera que mejor no ponerlo en la tesitura de declarar si es una cosa u otra. Así pues, tengamos la fiesta en paz.
ANTONIO AVENDAÑO
Los periodistas somos una gente algo peculiar. Nos parece escandaloso que jueces, abogados y fiscales violen el secreto de sumario, pero esa violación sería imposible de no haber periodistas de por medio. Si hay filtraciones judiciales decimos que la justicia no es seria (particularmente si las filtraciones se las hacen a la competencia). Y si no las hay, acusamos a la justicia de opaca y secretista. Lamentamos que casos como el de Marta se conviertan en un circo, pero no admitimos que nosotros mismos somos los enanos sin los cuales no podría haber circo alguno. Lamentamos que la ciudadanía se inflame y se desconcierte ante las contradictorias versiones de los asesinos, pero quienes publicitamos alegremente tales versiones somos nosotros.
Realmente, no es cierto que haya periodistas dispuestos, a cambio de un scoop, a vender a su madre: sólo están dispuestos a alquilarla, si bien con la condición de que la pobre mujer les conceda una entrevista en exclusiva donde relate su experiencia como madre alquilada por su propio hijo.
El caso de Marta nos está sobrepasando a todos: jueces, fiscales, ciudadanos, periodistas. Bueno, lo de periodistas lo retiro: a nosotros no nos sobrepasa ni Dios, quede claro. Se entiende que haya gente, entre ella la familia de Marta, que crea que los malos se están riendo de la justicia, pero no es verdad. No son tan listos como para eso. Lo único que hacen es lo que han hecho siempre todos los malos y muchos buenos: escurrir el bulto, negar los hechos, culpar a otros, mentir a todos. No quieren reírse de los demás: quieren salvarse de sí mismos. Pero es poco probable que lo consigan. Ni siquiera contando como cuentan con la ayuda inestimable de los periodistas.
ANTONIO AVENDAÑO
Hacer leyes en las que no se cree o se cree a medias o se cree únicamente cuando conviene, acaba siendo un mal negocio legislativo, un pésimo negocio político y un feo negocio ético. La Ley de Memoria Histórica fue una ley a medias inspirada por una fe a medias. En contra incluso de sectores muy significativos del Partido Socialista que consideraban temerario, o por lo menos inconveniente, internarse en ese comprometido territorio sembrado de minas y de muertos, fue el presidente Zapatero quien impulsó personalmente esa ley, y es a él por tanto a quien hay que pedir explicaciones.
Esta es la clase de ley que nunca habría hecho Felipe González, y tenía todo el derecho a no hacerla; de hecho, apenas nadie en su partido se lo reprochó. El PSOE de González estaba en otras cosas y estuvo bien que así fuera.
El mismo derecho que asistía a Felipe para no meterse en ese jardín asistía a Zapatero para hacer justamente lo contrario. El presidente quiso dar digna sepultura a quienes no la habían tenido, pero si las víctimas a quienes iba dirigida la ley fueron en su día enterradas malamente y a medias, ahora resulta que las pobres están siendo también desenterradas a medias, exhumadas a medias, dignificadas a medias. Lo único que hicieron completamente y a conciencia fue morirse.
Ayer los socialistas votaron en el Senado en contra de desarrollar la ley que ellos mismos aprobaron. Lo que proponía el voluntarioso senador Sampol era simplemente que los socialistas se tomaran en serio su propia ley, que creyeran en ella con la misma fe con que los familiares de las víctimas asesinadas creyeron en el presidente Zapatero cuando les prometió hacer una ley de verdad. En esto, como en otras cosas, Zapatero no quiso ser Felipe, y estaba en su derecho a no serlo, pero tampoco se atrevió a ser Zapatero, y no estaba en su derecho a no serlo.
ANTONIO AVENDAÑO
Hay políticos que son de derechas, políticos que son de izquierdas y políticos que son de sí mismos. El alcalde de Madrid es un político singular porque tiene la rara virtud de parecerle casi de izquierdas a mucha gente de derechas y de parecerle apenas de derechas a mucha gente de izquierdas. Un equilibrio así sólo se consigue o bien siendo un falso o bien siendo un genio. O bien ambas cosas.
Lo normal en un Estado laico de verdad es que si a un alcalde se le ocurre obsequiar a una confesión religiosa con 250.000 metros de terrenos públicos, se monte una escandalera de la de Dios es Cristo. Lo normal en un Estado laico de mentira es que ese mismo alcalde no sólo no tenga de qué preocuparse, sino que además un buen número de ateos y de agnósticos de la ciudad le den su voto y hasta lo consideren la gran esperanza blanca de la derecha del país. Un país donde el representante de la derecha más moderna hace regalos más propios de una teocracia que de una democracia es un país que tiene un problema. Un problema que, aunque parezca político, es en realidad religioso.