ANTONIO AVENDAÑO
Lo peor del monumento del Valle de los Caídos es que en España sigue habiendo demasiada gente que piensa que se trata de un monumento normal erigido en un valle normal por trabajadores normales y en el cual está enterrada gente normal, entre la cual se cuenta precisamente el dictador y general africanista Francisco Franco, de quien a su vez demasiada gente sigue creyendo que fue un gobernante normal.
Esa anormal sucesión de miradas de normalidad sobre cosas absolutamente anormales se vio anormalmente truncada ayer en el Congreso de los Diputados con la aprobación de una Proposición No de Ley promovida por los diputados Joan Herrera y Uxue Barkos que insta al Gobierno a retratarse de una maldita vez en este asunto ayudando a identificar y exhumar a los muertos republicanos enterrados bajo el ominoso granito de Cuelgamuros sin el consentimiento de sus familiares. La iniciativa salió adelante porque en esta ocasión el socialismo indeciso logró decidirse y entendió que sí, que esta vez había que dar a las familias la oportunidad de normalizar sus panteones familiares enterrando en ellos a sus difuntos lejanos.
El Grupo Socialista, espoleado por ICV y Nafarroa Bai, hizo ayer bien su trabajo. Ahora tiene que hacerlo el Gobierno. Y es que con este envenenado asunto de la memoria histórica los socialistas se enfrentan al insalvable problema de querer cumplir sus promesas quedando bien con todo el mundo, y eso no es posible. No es posible gestionar con decencia la anormalidad del Valle de los Caídos quedando bien con las familias, con la Iglesia, con la derecha, con la izquierda, con el pasado, con el presente, con el futuro y, por supuesto, quedando bien consigo mismos. Eso no puede ser. Sería bonito que pudiera ser, pero no puede ser.
ANTONIO AVENDAÑO
El de ayer no parecía en absoluto el mitin de un partido con problemas, sino el de un partido a punto de arrasar en las elecciones. Los asistentes al fiestorro demostraron creer en la crisis económica, pero no en la trama Gürtel. Toda España cree en la crisis, pero apenas la mitad cree en la Gürtel: esa es la gran baza electoral del PP. Mientras Zapatero está lastrado por la crisis y lo sabe, Rajoy lo está por la corrupción pero no lo sabe. O hace como que no lo sabe.
Su actitud es la de aquel armador inglés que iba a fletar un viejo barco con emigrantes, aun sospechando que el buque necesitaba una costosa reparación; al final superó sus dudas: aquellas pobres familias merecían una oportunidad. El barco naufragó y el patrón cobró el seguro. El pensador William Clifford no dudaba de la sinceridad del armador, pero sostenía que con tales indicios “no tenía derecho a creer en su barco; no había llegado a esa convicción investigando con paciencia, sino sofocando las dudas”. Rajoy tiene indicios de corrupción, pero no quiere creerlos. La euforia de ayer fue un ejemplo más de ello. No puede ponerse ahora a reparar el partido dejando tiradas a las pobres familias devoradas por la crisis. La incógnita electoral consiste pues en saber quién hundirá antes a quién: si la crisis a Zapatero o la Gürtel a Rajoy.
ANTONIO AVENDAÑO
Todas las derechas del mundo han creído siempre que la letra con sangre entra y que el endurecimiento de las penas y la multiplicación de los escarmientos es el camino más corto para hacer justicia. Llevan razón en que se trata del camino más corto, pero no en que lo sea para hacer justicia.
Rebajar desde los 14 a los 12 años la edad penal de los menores es el camino más corto para muchas cosas: es el camino más corto para obtener votos, para satisfacer instintos vengativos o para mitigar el desconcierto de los ciudadanos ante ciertos crímenes pavorosos. Es el camino más corto para extender entre el público la ilusión vana de que existen soluciones simples a problemas complejos. Y no existen tales soluciones: si existieran, seguro que se sabría.
Incluir en la ley la opción de que un niño de 12 años que ha cometido un crimen sea encarcelado no mejora una sociedad, sino que la envilece. Y ni siquiera es eficaz para combatir esa violencia: si un menor de 14 años comete un asesinato la razón principal para hacerlo no será nunca su certeza de que no irá a la cárcel. Nadie de buena fe puede creer tal cosa.
Lo que sí cree de buena fe mucha gente es que endurecer las penas es algo bueno y eficaz, algo que hará que este mundo funcione mejor. Sin duda, multiplicar los escarmientos es algo bueno, pero lo es únicamente para la parte más vil de nosotros mismos, para la parte que exige ciegamente el ojo por ojo y el diente por diente, y que los exige no para impedir nuevos crímenes, sino simplemente para aplacar nuestro desconsuelo por los que se cometen sin que hayamos podido evitarlo. Endurecer las penas parece más eficaz, pero en realidad es sólo más egoísta. Nada más.