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Responso civil por los ‘fusilados’ del 59

19 oct 2009
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ANTONIO AVENDAÑO

El viejo chiste de Gila sobre los cojos es viejo, pero no envejece. “¿Usted es que es cojo, verdad? No señor, es que me fusilaron mal”. A miles de niños nacidos a finales de los cincuenta, la España de Franco no nos fusiló mal como a Gila pero nos dejó cojos,
que es un modo de fusilamiento silencioso y por lo civil,
que suele durar toda la vida.
Los pobres niños cojos de la dictadura nunca pudimos suponer que nuestra cojera tuviera algo que ver con la dictadura, sobre todo porque ni sabíamos lo que eran las dictaduras ni podíamos sospechar cómo se las gastaban las dictaduras con los niños. Sobre todo con los niños pobres, a cuyas pobres familias sin apenas instrucción nadie les dijo jamás que hacía años que ya se conocía y se inoculaba con éxito en muchos países una eficaz vacuna contra aquella enfermedad que había dejado a sus hijos baldados para siempre.
En aquellos años, el régimen era las dos peores cosas que se puede ser en esta vida: era malvado y estúpido. Aunque seguiría siendo malvado hasta el final, el franquismo empezó a dejar de ser estúpido en los sesenta: de hecho, en 1964 eran vacunados los niños masivamente. La racionalidad llegaba al fin a la política sanitaria franquista, pero llegaba demasiado tarde, cuando el virus de la polio ya había profanado los cuerpos infantiles de media España.
De aquel fusilamiento fallido del que salió vivo de milagro, Gila logró hacer un chiste indulgente y sin rencor. Durante mucho tiempo, los fusilados del 59 no estuvimos para chistes. Cumplidos los 50, ya podemos burlarnos con indulgencia de nuestra cojera pero, al contrario que a Gila, a nosotros siempre nos quedará un resto de rencor contra aquella maldad y aquella estupidez que devastaron nuestra infancia.

Cuando los malos no pueden dejar de serlo

09 oct 2009
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ANTONIO AVENDAÑO

Un violador lo es por voluntad propia o lo es porque no tiene más remedio que serlo? Todo el mundo está de acuerdo en que cualquier violador es un cabronazo, pero es difícil ponerse de acuerdo en si es un cabronazo porque quiere y porque no le importa serlo, como ocurre con tantos cabronazos, o si lo es porque es esclavo de impulsos incontrolables que le conducen fatalmente a serlo.
A las víctimas de violación o de agresión sexual les da extactamente igual esta clase de preguntas, y hacen muy bien en que les dé igual. Bastante tienen con su dolor y su humillación y su rensentimiento como para andarse con metafísicas penitenciarias. Opinan que unos tipos así deben estar encerrados de por vida porque nunca dejarán de ser lo que son.
La tenacidad ciega del comportamiento de Alejandro Martínez Singul indicaría que el tipo no es capaz de comportarse de otra manera que agrediendo a niñas en los ascensores y violando a mujeres en los descampados. Un tipo que se tira cerca de veinte años en la cárcel y al día siguiente se pone a hacer, sin mayores cautelas, las mismas cosas que lo condujeron a ella, no sólo es un tipo que no es muy listo: es alguien que no podrá reinsertarse jamás. Al pensamiento humanista de la modernidad le cuesta aceptar este hecho porque parece quebrantar la teoría general de que la gente puede reformarse porque la delincuencia tiene causas circunstanciales y no genéticas. Esa teoría general es cierta, pero es cierta en general, es decir, que a veces no lo es.
Ante estos casos parece razonable inducir la inhibición sexual del violador mediante fármacos. De hecho, es seguramente la única manera civilizada de lograr que ciertos incivilizados cabronazos dejen de serlo de una vez.