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Un tipo llamado Gibson, Ian Gibson

18 dic 2009
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ANTONIO AVENDAÑO

Ayer fue un día grande para el bando nacional. El lugar sagrado donde se creía que estaba Lorca es un altar vacío. Bien merecido que lo tienen los rojos resentidos que no tienen nada mejor que hacer que ir llenando España de agujeros para ganar en las cunetas lo que no supieron ganar en el campo de batalla. ¿Que de quién es la culpa? De Gibson, naturalmente. Los herederos sentimentales de quienes ordenaron matar a Lorca ya tienen de quién mofarse.
Ayer se levantó la veda contra el irlandés errante. Se lo tiene merecido, a ver quién lo manda a él, un extranjero, un apátrida, un descreído de la católica Irlanda, o peor aún, un medio inglés, a ver quién lo manda meterse donde no lo llaman, como si los españoles no fuéramos lo bastante hombres no sólo para matarnos unos a otros, sino para investigar cojonudamente y mejor que cualquier forastero dónde nos asesinamos y nos enterramos unos a otros. Hoy todas las miradas se giran hacia Gibson porque cuatro semanas de honestas y concienzudas excavaciones arqueológicas parecen haber desbaratado cuarenta años de honestas y concienzudas investigaciones históricas.
Muchas veces se ha dicho que Lorca somos todos. Pues bien: hoy es el día de proclamar que Gibson somos todos. No me llaméis Antonio, llamadme Gibson, Ian Gibson. Le debemos mucho a este tipo con aspecto de niño grande y gesto gruñón que hizo por este país lo que este país no había sido capaz de hacer por sí mismo: señalar con coraje a los malos y buscar con pasión la verdad. Creímos que la había encontrado, pero parece que no. La culpa no es de Gibson: la  culpa será, en todo caso, de la verdad, que a veces es una borde y no está donde debería. Sobre todo en España.

Lorca nos regaló un hermoso viaje

04 dic 2009
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ANTONIO AVENDAÑO

Geógrafos, arqueólogos, forenses, antropólogos, genetistas. Cámaras, radares. Periodistas. La excavación sería larga. Los miles de huesos hallados habrían de ser meticulosamente fotografiados, filmados, clasificados y analizados. Todo había sido minuciosamente preparado para celebrar en pocas semanas la gran función histórico-literaria en la que desvelaríamos al mundo uno de los secretos más feroces y vergonzantes de la historia de España: el asesinato nocturno y la sepultura clandestina del poeta García Lorca.
Por una vez mucha gente había hecho bien su trabajo. Los historiadores habían señalado, citando fuentes fiables, el lugar más probable del enterramiento de Lorca y sus acompañantes. Las asociaciones de memoria habían logrado vencer las resistencias políticas y familiares a horadar el lugar. La Consejería de Justicia y el comisario para la Memoria Histórica de Andalucía habían activado todos los medios, protocolos y precauciones aconsejables para que la investigación no se convirtiera en un circo.
Los vivos han hecho bien su trabajo, pero los muertos no han estado a la altura. No están enterrados donde debían. Para una vez que este país hace lo que hay que hacer, todo parece salir mal. La caverna se frotará las manos viendo a tanto rojo haciendo el ridículo. La maledicencia volverá a dar crédito al vil rumor de que los Lorca trasladaron el cadáver. Pues bien, y aunque no aparezca hueso alguno: hicimos lo que teníamos que hacer y lo hicimos bien. No alcanzamos las costas de Ítaca porque en Fuente Grande no había nada, pero hicimos una travesía que nos debíamos a nosotros mismos como país. Como diría Cavafis y suscribiría Lorca: “Ítaca nos regaló un hermoso viaje”.